1. El Mapa de los riesgos globales del World Economic Forum que dibuja un panorama de riesgos globales cada vez más complejo e impredecible.
  2. El informe Oxfam sobre desigualdad, que concluye que la desigualdad en el mundo ha alcanzado niveles sin precedentes en el último siglo y que un 1% de la población mundial acumula más riqueza que el 99% restante.
  3. El informe de la OIT, Perspectivas sociales y del empleo en el mundo – Tendencias 2016 que advierte que en 2016 aumentará el desempleo mundial alrededor de 2,3 millones para situarse en 199,4 millones, con estimaciones de que otros 1,1 millones de desempleados podrían sumarse a esta cifra en 2017. Junto al desempleo, el empleo existente es de baja calidad y un porcentaje alto de empleo informal, que supera supera el 50 por ciento en la mitad de los países en desarrollo y emergentes.

El paisaje que dibujan estos informes, si no apocalíptico, sembraría la inquietud en cualquier ciudadano con sentido de la responsabilidad y con una cosmo visión a medio plazo. ¿Están estos riesgos fuera de control?

Como ejemplo, la gestión comunitaria de la crisis de los refugiados, con su descoordinación, la lacerante tardanza de su respuesta, sus efectos colaterales en el aumento del terrorismo, la xenofobia, los controles a la privacidad (también señalados en el Informe La situación de los Derechos humanos en el Mundo 2016 del Human Rights Watch, y sobre todo la constante y vergonzante sangría humana, evidencia un déficilt de gobernanza global en los asuntos y grandes riesgos transnacionales. El Acuerdo de París, abrió un atisbo de esperanza, aunque tardara varias cumbres del Clima en materializarse y sus efectos concretos sean aún más difíciles de conseguir que el propio acuerdo.

¿Qué medidas han adoptado los gobiernos y los grandes empresarios para combatir estos grandes riesgos? ¿Han de preocuparles? ¿Cuál es la papel de las empresas? ¿Y de cada empresa y empresario particular?

El empeño con el que las autoridades comunitarias parecen haberse encomendado a la persecución del fraude de las grandes multinacionales poniendo fecha y letra a los trabajos previos de la OCDE, y coto a las prácticas de elusión fiscal de grupos hasta hace poco inexpugnables, apuntan hacia una mayor concienciación de la necesidad de un reparto de las cargas (y los beneficios) de la globalización.

Pero esto debería ser sólo el comienzo.

El foro de Davos recientemente concluido, ha sido fructífero en declaraciones y predicciones de líderes de todo el mundo, pero a los efectos de la gobernanza de los riesgos globales en los próximos años queremos destacar aquí algunas conclusiones.

Como ponía de manifiesto el profesor Klaus Schwab, nos adentramos en la Cuarta Revolución Industrial, marcada por cambios trascendentales en la forma en la que producimos, consumimos y nos relacionamos:

Un nuevo ciclo económico favorecido por una nueva ola de innovación, gracias al aumento exponencial de la conectividad global y la incorporación de sensores, robots, analítica de datos tanto en la industria como en los servicios. En definitiva, la convergencia del mundo físico y virtual.

  • Un crecimiento que puede ser rápido en términos globales pero con un reparto de los beneficios muy desigual, con grandes incertidumbres sobre cómo se distribuyen esos beneficios, como se gestionan las externalidades y como asegurar que la creciente productividad y eficiencia no generen más desempleo.
  • El predominio del mundo digital, un entorno físico que se está digitalizando gracias al internet de las cosas, y la adaptación del ser humano a este entorno, con la consecuente creación de plataformas y sistemas que permiten a la gente experimentar con las nuevas tecnologías.
  • La ruptura de las estructuras de poder existentes – tanto a nivel económico, social y político-. Las crecientes disparidades en igualdad entre países, y los déficits de gobernanza internacional se saldarán con mayores amenazas y riesgos, si no se saben arbitrar mecanismos institucionales y políticas adecuadas y no parece que los estadistas se estén empleando en ello.
  • Otro de los impactos más profundos de la cuarta revolución industrial tendrá lugar en el empleo y concretamente en la demanda de nuevas habilidades y de nuevos trabajos. En Davos, dos investigadores de Oxford, Carl Benedikt Frey y Michael A Osborne, estimaron que el 47% de los empleos en EEUU están en peligro por la digitalización y automatización, y estos impactos se dejarán sentir en todas las industrias y trabajadores.

Ante este nuevo contexto, ¿qué se pide a gobiernos y a empresas?

Estos problemas y riesgos globales exigen una rápida reorganización empresarial y políticas públicas audaces y sobre todo, indicadores que midan un nuevo contexto económico y social. Stiglitz reconocía también en el Foro de Davos, lo que viene siendo ya un discurso demasiado antiguo y que no termina de cimentarse en las políticas públicas: “Lo que medimos conforma lo que hacemos. Y si estamos midiendo de manera equivocada, nos equivocaremos en nuestras decisiones”.

Joe Biden, vicepresidente de los EEUU, reconocía también la frustración de las clases medias, hablando de promesas rotas: “Solía haber un en los países industrializados: si contribuías al éxito y rentabilidad de tu empresa, participabas de esa rentabilidad, de esos beneficios” pero ahora “hay una brecha creciente entre la productividad y los salarios que lleva, al menos en mi país y en el de algunos de vosotros, al estancamiento económico“.

En su opinión, esa revolución exigirá compromisos de los gobiernos y un replanteamiento definitivo de la cultura corporativa de las empresas, superador ya del mantra del beneficio accionarial:

  • El compromiso de los gobiernos por la educación para todos y todas y para las empresas un compromiso continuo con la formación y la actualización de las competencias de sus trabajadores y trabajadoras (los entornos se mueven más rápidamente que las estructuras empresariales).
  • Asegurar una protección básica para los trabajadores y trabajadoras (vía salario mínimo, renta básica universal, o un impuesto negativo sobre la renta recomendado por Manuel Escudero) y el reconocimiento y garantía real de sus derechos básicos.
  • Impuestos progresivos y la reforma de la cultura corporativa que tienda hacia mayor equidad salarial.
  • Mayor acceso al capital para pymes y emprendedores.

Pero además,las inquietudes de los CEO muestran cambios significativos respecto a años anteriores. En una encuesta global realizada por PricewaterhouseCoopers, menos de un tercio (27%) opinan que la economía mundial mejorará en 2016 y un 66% vislumbran más amenazas que hace tres años.

Lo más destacable de la encuesta es la creencia general de que el pasado ya no es predictor del futuro.

Las tensiones geopolíticas preocupan al 74% de los líderes empresariales mientras que hace tres o cuatro años éstas no aparecían en la lista; le siguen la volatilidad de los tipos de cambio y la inestabilidad social, factores interconectados con las tensiones geopolíticas.

Y muy curiosamente con un 80%, en el primer puesto se sitúa la regulación. También destacar que en las áreas donde los CEOs tienen mayor control, las preocupaciones son menores. Y muy interesante: el 86% de los encuestados están realizando cambios en sus organizaciones sobre la forma de medir su éxito. En otras palabras, el beneficio ya no es la única medida del éxito.

La economía capitalista ya no goza del crédito que tuvo, aunque haya hecho parte de su trabajo y haya contribuido a la reducción de la pobreza, hemos pasado a otra era. Los mercados no son ni eficientes ni estables y necesitamos más cooperación que competencia, más regulación que laissez-faire. Los empresarios que sigan discutiendo sobre la retirada de la legislación –no su calidad sino su cantidad- en vez de cómo articular alianzas público-privadas, no progresarán adecuadamente. Y los equipos directivos que no incorporen estas nuevas tendencias de la digitalización, la conectividad, la innovación, y una mayor sensibilidad hacia el factor humano en su forma de hacer negocios y en su cultura empresarial, se quedarán atrás. Lo que el Profesor Schwab llamó “una nueva conciencia moral y colectiva basada en el sentido compartido de un destino.”

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