En general, Estados Unidos es un país que vive y disfruta su propio mundo, sin importarle demasiado lo que sucede fuera de sus fronteras. Ellos mismos son conscientes de ese autismo provocado. Pero la sensación que comparten todos los estadounidenses (incluyendo los cosmopolitas newyorkinos) es que su país, es lo suficientemente grande como para saturar de noticias cualquier periódico o informativo, por lo que no necesitan de más.

Viendo la televisión, te puedes enterar del nombre de la niña que ha ganado el concurso anual infantil de deletreo de palabras, cómo los bomberos rescataron a un reptil que se quedó encerrado en una laberíntica red de alcantarillado, o el nombre de los diseñadores más de moda en la entrega de algún premio de un canal de televisión. Y no es ninguna exageración, el día en que la OTAN tomó el relevo del mando sobre las tropas repartidas en Afganistán, los noticiarios más importantes del país abrieron su emisión con una disputa en una cancha de baloncesto en un barrio de la ciudad de Nueva York, que se saldó con un muerto por un disparo con arma de fuego. Que no es que no sea digno de mención, pero es que la noticia de la OTAN fue omitida totalmente en dichos informativos.

Ahora, todo es mucho más proteccionista. La gente tiene miedo de lo que pasa afuera.

Por lo general, los deportes y el tiempo suelen ocupar el mismo espacio de tiempo que las noticias nacionales e internacionales. Por lo que el americano medio, tiene tanta idea de cómo va la liga de béisbol, como del tiempo que va a hacer en su ciudad o en la de sus familiares, como de todo lo que acontece en el mundo, incluyendo su propio país. Hay mucha gente que se abona a la televisión digital, sólo por la oportunidad de disfrutar de los servicios informativos de canales como la CNN.

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Toda esta situación, se ha visto agravada desde el horrible y fatídico 11 de Septiembre. El carácter de los norteamericanos, y en especial el de los habitantes de la Gran Manzana, sufrió un cambio radical después de la pérdida de miles de vidas en uno de los atentados terroristas más crueles de la historia de la humanidad (si no el que más). Ahora, todo es mucho más proteccionista. La gente tiene miedo de lo que pasa afuera. En cierta medida, el espíritu patriótico se ha visto reforzado, a la vez que se han cerrado las puertas al mundo exterior (muy semejante a lo que pasara en el Japón anterior al s.XIX, con sus fronteras cerradas a cualquier manifestación extranjera). Todos estos cambios son latentes en cuestiones como las leyes que conciernen a la inmigración, cada vez más duras y estrictas. O a la seguridad en las aduanas, con más y más controles.

Sí que es verdad que la gente de las grandes ciudades, busca algo más de información y empieza a no creerse del todo ese miedo a lo ajeno. De ahí que, a tan sólo unas semanas de las elecciones legislativas, en las que los republicanos intentarán mantener la mayoría en la Cámara Baja, los libros de corte crítico con la guerra en Irák, están teniendo un “mini – boom” alcanzando niveles de ventas sin precedentes. Bob Woodward, periodista del diario The Washington Post, que publicó “State of denial” (“Estado de negación”) esta semana, es el último en un pequeño ejército de académicos, periodistas, ex funcionarios y diplomáticos en fila, para criticar la gestión en la ya impopular guerra en Irak.

Todo el mundo se imbuye en un libro, en la música de los auriculares o en una videoconsola enana, como si nada de lo que ocurre sobre sus cabezas tuviera que ver con ellos, como si todos fueran autistas viviendo en un país que les encanta.

Los dos libros más vendidos según la lista de los “bestsellers” políticos del diario The New York Times tratan el tema de Irak, mientras que el tercero se enfoca hacia los ataques del 11 de septiembre de 2001.

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Pero la verdad de todo es que la sociedad americana siempre ha sido tremendamente gruparia. Sí que es cierto que en la misma ciudad conviven cientos de etnias diferentes, religiones, nacionalidades… de hecho, es la parte fundamental de su riqueza cultural, pero cuando termina el horario laboral, la gente vuelve a su vecindario donde viven sus iguales: los jamaicanos con los jamaicanos, los árabes con los árabes, los afro americanos con los afro americanos. Son famosas las zonas de italianos (Pequeña Italia) o de de chinos (China Town) y todas ellas están perfectamente limitadas por calles concretas que las separan. Ortodoxos, Irlandeses y Eslavos en Brooklyn, Puerto Riqueños en el Bronx… se puede decir que en Nueva York, todos están juntos, pero no revueltos.

Es gracioso comprobar como la ciudad se llena de gente cada dos por tres, reivindicando su cultura o su tradición. Por ejemplo las cabalgatas del día de la Independencia Griega (en Marzo), la de los irlandeses desfilando por la Quinta Avenida en el día de San Patricio, los Italianos en la Semana Santa o los Noruegos en el día del aniversario de su Constitución. Pero nunca (o casi nunca) se ve a la gente expresando su opinión acerca de lo que pasa en el País, en el Estado o en la ciudad. Cuando uno viaja en el metro, todo el mundo se imbuye en un libro, en la música de los auriculares o en una videoconsola enana, como si nada de lo que ocurre sobre sus cabezas tuviera que ver con ellos, como si todos fueran autistas viviendo en un país que les encanta, quieran o no quieran.