Consideren el título elegido para el artículo como un recurso literario- poético. La obra homónima de John Le Carré transcurre precisamente en Panamá, en los días en que Estados Unidos tuvo que devolver su codiciada presa a los panameños. Un hombre llamado Pendel y a quien sus habilidades con la tijera le han convertido en el sastre del presidente panameño y de los personajes más influyentes de Panamá, se ve envuelto en una torpe circunstancia de espionaje. Pero Pendel tiene un pasado y conoce todos los entresijos y negocios más o menos limpios de sus clientes y ahí está el nudo gordiano de la novela. Tal vez no tenga nada que ver con el artículo, pero me ha parecido un inicio recurrente para lo que les voy a narrar.

Como les contaba, el esfuerzo de Panamá para que su canal esté al día les llevó a pergeñar un programa de ampliación del mismo, consistente en la construcción de dos nuevos complejos de esclusas de tres niveles, uno en el lado del Pacífico y otro en el lado del Atlántico. El proyecto incluía también el ensanche y la profundización de los cauces de navegación existentes del Lago Gatún y de las entradas del mar del Pacífico y del Atlántico, así como la profundización del Corte Culebra. Además, para conectar las esclusas del Pacífico con el Corte Culebra se precisaba de la excavación en seco de un nuevo cauce de acceso de 6.1 km de largo.

En 2009 un  consorcio llamado  “Unidos por el Canal”, erótico nombre,  logró llevarse la licitación para la construcción de gran parte de la obra al presentar la mejor oferta económica, por la nada despreciable cifra de  5.250 millones de dólares (unos 4.032 millones de euros)

El consorcio ganador estaba comandado por la empresa española Sacyr Vallehermoso, acompañada de la italiana Impregilo, la belga Juan de Nul y la panameña Constructora Urbana. El éxito mereció el aplauso de políticos y empresarios. Empezaban a notarse los efectos de la crisis y a Sacyr, propietaria de Vallehermoso, en pleno declive, le iría muy bien el pedido.

Lo primero fue encontrar financiación y avales. Así que la  Compañía Española de Seguros de Crédito a la Exportación (CESCE), o sea, el erario público, presentó un aval de 160 millones de euros para el concurso. Luego sabríamos que el Tribunal de Cuentas puso en cuestión en un informe el “respeto al marco legal contractual” del aval a Sacyr.

Con los avales del CESCE, pese a las reservas del Tribunal de Cuentas, “Unidos por el Canal”, se llevó el gato al agua y empezó sus trabajos. Sin embargo el pasado 30 de diciembre, el grupo enviaba un escrito de preaviso a la Autoridad del Canal de Panamá (ACP) con el anuncio de suspensión de la continuidad de las obras  del tercer juego de esclusas, si no se aceptaba un sobrecoste de más de 1.600 millones de dólares. Teniendo en cuenta que el importe en particular  de tales  esclusas era de 3.118 millones, lo que se solicitaban era más del 50% del costo presupuestado. El motivo aducido era que la Autoridad del Canal  entregó a Sacyr información geológica equivocada y que esa era la principal causa del exagerado sobrecosto económico.

El asunto era excusable, no tenían un sastre en Panamá que le hubiera tomado bien las medidas al canal, tampoco un espía que les informara que debajo del terreno de las esclusas había barro. ¿Pero no tienen técnicos en Sacyr?, se preguntaran ustedes. Pues claro, ingenieros de caminos, canales y puertos y supuestamente especialistas en esclusas y barros como podrán comprobar.

Les voy a contar algo digno de una novela de Le Carré. Un joven llamado Manuel Manrique Cecilia, nacido en el  1954 en Navas de San Juan, en Sierra Morena, e ingeniero de caminos, encontró en la empresa donde trabajaba – Ferrovial – a un par de colegas y un buen jefe. José Manuel Loureda Mantiñan, Luis del Rivero y Félix Riezu, también ingenieros de caminos, canales y puertos decidieron, aprovechando el boom de la construcción – era la segunda mitad de los prósperos años ochenta -, montar su propia empresa. Así nació Sacyr, Sociedad Anónima de Caminos y Regadíos, cuyo primer presidente fue José Manuel Loureda. Luis Fernando del Rivero,  jefe directo de Manuel,  fue su avalador para participar en la nueva sociedad. Posteriormente, una operación de ingeniería empresarial y financiera, se cargó a Loureda, que pasó a ser consejero de Repsol y Del Rivero – actualmente imputado en el caso Bárcenas por un contrato de basuras – fue nombrado presidente. Siete años después –en el 2011-, tuvo que dejar la presidencia a Manuel Manrique que, ya por aquel entonces,  figuraba en la lista de los más ricos del  mundo hispano, con una fortuna valorada en 1.600 millones de euros.

En las hemerotecas encontraran ustedes mucha información sobre la cantidad de líos que ha tenido Sacyr, les aparecerán los nombre de Dragados, Eiffage, Repsol, Iberpistas,  Somague, ENA, Europistas, la propia Vallehermoso o lo de Pemex, que le costó la presidencia a Del Rivero. Parece ser  que los barros les son familiares, aunque no me hagan demasiado caso, ¿qué sabrá un simple sastre de la alta confección?

Pero volviendo a los cortes de trajes, quiero decir a Panamá, de inmediato el gobierno ha corrido para asegurar, no podía ser de otra forma, que las obras continuarán. La ministra Pastor visitó la presidente panameño y en una posterior rueda de prensa en la Embajada de España, declaró estar satisfecha por la buena disposición del grupo  “Unidos por el Canal” – joder con el nombrecito -, para dialogar  y tratar de evitar la paralización de las obras. ¡Faltaría más!

Me temo que de nuevo – ayer fueron los bancos y hoy serán las grandes empresas – hay que salvar a las grandes fortunas, mantener los privilegios y paliar los presuntos chanchullos empresariales. Porque tengo serias dudas sobre la capacidad los ingenieros de Sacyr en valorar la dificultad de una obra, a menos de que tengan la seguridad de que, al cabo y al fin, lo arreglará la administración, es decir, todos nosotros.

Valoren ustedes lo precavida que es esta gente: el ex presidente de Sacyr, José Manuel Loureda, se está vendiendo las acciones de la empresa; pese a que su hijo es  directivo y consejero. El pasado 23 de diciembre, una semana antes del anunciado corte de tijeras del canal,  se  pulía 2,87 millones de acciones del grupo, según consta en los registros de la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Hasta este momento el 80% del capital del grupo era de los que tenían un asiento en el consejo de administración. Veremos dentro de unos meses.

Uno no puede dejar de  sospechar que tienen sus espías detrás de los probadores y que mientras el gobierno nos recorta las hechuras por enésima vez, ellos se hacen nuevos y grandes bolsillos. Lo peor de todo es que sus “diseños” están muy de moda.