El 6 de agosto de 1945, apenas pasadas las 8:00 horas de la mañana, el bombardero militar estadounidense Enola Gay dejaba caer sobre la ciudad de Hiroshima la bomba de uranio Little Boy. Con cuatro toneladas de peso, la bomba detonó a 600 metros de altura sobre la ciudad, estallando con una fuerza equivalente a 12.500 toneladas de explosivo altamente destructivo. La ciudad quedó devastada y se estima que murieron más de 140.000 personas. Tres días después, el 9 de agosto, una segunda bomba atómica bautizada como Fat Man fue arrojada sobre la ciudad de Nagasaki y causó también la destrucción de la ciudad y la muerte de alrededor de 100.000 personas.

Como consecuencia de la detonación sobre Hiroshima, una enorme bola de fuego envolvió la ciudad y provocó enormes temperaturas. Algunos edificios se derritieron; muchas personas se volatilizaron, dejando sus sombras pegadas sobre calles y muros. Estas “sombras muerte” son dibujadas cada año por los habitantes de la ciudad como una conmemoración de los que así fallecieron. Muchos murieron por el extremo calor. Otros lo hicieron en el corto plazo como consecuencia de alteraciones de la salud: síndrome agudo de radiación, diarreas, hematomas, disminución de glóbulos blancos en la sangre, etc. Los supervivientes de estos bombardeos se llaman a sí mismos Hibakusha, y muchos de ellos sufren graves afecciones de salud como leucemia y diversos tipos de tumores, anemia, y trastornos psíquicos.

 

Un peligro nuclear muy real

Hace dos décadas que finalizó la Guerra Fría y sin embargo los arsenales nucleares mundiales siguen siendo enormemente elevados: hay más de 20.000 cabezas nucleares, de las que unas 4.800 son consideradas operativas. Unas 2.000, en Rusia y EE.UU., están en máxima alerta y podrían utilizarse en un plazo muy breve. A los cinco países nucleares reconocidos por el Tratado de no Proliferación (TNP), EE.UU., Rusia, China, Francia y el Reino Unido, se han unido otros como Israel, India, Pakistán y Corea del Norte.

Por otro lado, las presiones para frenar el programa nuclear iraní se ven obstaculizadas por los dobles estándares que se aplican desde la comunidad internacional: de los ocho países mencionados, dos (India y Pakistán) tienen armas nucleares pese a no ser potencias reconocidas por el TNP, y uno (Israel) no es parte del Tratado.

Además, el hecho de que las potencias nucleares reconocidas por el TNP (las cinco primeras del listado) no den pasos efectivos hacia el desarme condiciona su credibilidad cuando pretenden disuadir a otros países de obtener capacidad nuclear.

“El día de Hiroshima debe servir para recordar los terribles efectos del armamento nuclear y para animar a los responsables políticos a avanzar hacia el desarme y la no proliferación. Los peligros del armamento nuclear no son cosa del pasado sino un problema muy actual que la comunidad internacional debe afrontar”, ha señalado Mabel González Bustelo, responsable de Conflictos y Medio Ambiente de Greenpeace. “Esto debería estar aún más claro este año, cuando el terrible accidente de la central de Fukushima, en Japón, ha puesto de manifiesto los peligros intrínsecos de la tecnología nuclear, ya tenga fines civiles o militares”, afirma Raquel Montón, responsable de la campaña de Cambio climático y Energía.

Precisamente este año, el alcalde de Nagasaki ha anunciado que centrará su declaración anual por la paz del 9 de agosto (en la conmemoración del bombardeo de su ciudad) en la reclamación del fin de la energía nuclear y la apuesta por fuentes de energía renovables y seguras. Se trata de la primera vez que esto ocurre, ya que tradicionalmente la declaración ha pedido la abolición de las armas nucleares.

 

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