Y sin embargo, pocos economistas (si es que alguno) han alcanzado mayor celebridad en nuestro país entre el gran público. Quizás parezca paradójico, pero resulta explicable. Tanto su obra como él mismo fueron, desde hace mucho (aceleradamente desde finales de la década de 1970) alejándose de los cauces convencionales de la Economía oficial y acercándose crecientemente a la realidad de la gente normal. Al tiempo que se fortalecían su vertiente y su pasión literarias, Sampedro iba dejando poco a poco de ser un brillante economista académico, para convertirse ante todo en un pensador libre, multifacético y con un discurso progresivamente menos técnico.

Un humanista de apabullante cultura y sin pelos en la lengua que cada día quería ejercer menos de economista profesional, para oficiar en las funciones que verdaderamente le interesaban: de fascinante ensayista, de divulgador subyugante, de arrebatador conferenciante de espacios alternativos (institutos, asociaciones de barrio, centros culturales…). Ahí estribó la clave de su éxito popular: en ser para mucha gente un espécimen poco común; un prestigioso catedrático de Economía que hablaba -y maravillosamente- no sólo de economía, sino de muchas otras cuestiones; entre otras, de algo tan razonable como que lo económico no debería ser lo más importante de la vida. Y que además sabía hacerlo de forma extraordinariamente inteligible, sensata e incluso divertida. Sin duda, un portentoso mago de la palabra y de la seducción.

Se trata de una trayectoria buscada con premeditación y constancia; asumiendo por ella un precio considerable, a sabiendas de que ese precio era el ineludible pago de quien aspira a vivir la vida que desea y a buscar las verdades que le acucian. El precio de un viaje intelectual y vital de quien se consideró siempre a sí mismo un disidente.

Un viaje que comenzó muy pronto, a finales de los años 40, en sus primeros pasos como profesor, cuando empezó a desconfiar de las hipótesis básicas en que se fundamenta la Teoría Económica convencional: lo que él llamo “los mitos de la teoría” (soberanía del consumidor, individualismo extremo y racionalidad económica absoluta de los agentes económicos, competencia perfecta…). Una desconfianza que fue convenciéndole paulatinamente de la inanidad de una pretendida ciencia social que obviaba de forma radical la determinante omnipresencia del elemento para él esencial en la actividad económica: las relaciones de poder.

Es esta desconfianza la que le condujo hacia una forma diferente de observar, analizar y comprender la realidad económica. Una perspectiva innovadora que se materializó en su teorización del análisis estructural, firmemente consolidada ya a finales de la década de 1950 (1958): la línea de reflexión que constituye la plasmación de su ruptura con la Ciencia Económica convencional y, sin duda, su mayor aportación metodológica, que culmina en un manual que ha sido para muchas generaciones de aprendices de economistas de este país la refrescante ventana que permitía intuir que había otra forma de entender la economía (1969).

Se trata de una visión que aplicaría Sampedro a diferentes ámbitos de la realidad, pero muy especialmente al estudio del desarrollo y del subdesarrollo: el campo en el que se consolidaría prioritariamente el alejamiento de Sampedro del simple oficio de economista (1972).

Primero, porque advierte la importancia nuclear de los factores sociales y políticos en el mantenimiento y aún en la generación del subdesarrollo, cada vez más claramente percibido por él como un subproducto inevitable del modelo de desarrollo dominante, que tiene su raíz en la dependencia estructural de los países pobres.

Pero también porque llega a la conclusión de que para comprender el subdesarrollo no basta con incorporar sólo variables sociales y políticas. Sin minusvalorarlas, pensaba que el problema tiene raíces más hondas, que remiten al propio concepto de desarrollo y al modelo de desarrollo dominante. Porque es ese mismo modelo el que genera inevitablemente subdesarrollo, y no sólo en los países pobres. En éstos produce subdesarrollo material, porque es un modelo indefectiblemente desigual. Pero también en los países formalmente “desarrollados” el desarrollo genera subdesarrollo: un subdesarrollo de otro tipo, eminentemente cultural, que deriva del sesgo brutalmente material que le caracteriza. Porque es un desarrollo que sólo aspira al crecimiento económico y que, en esa medida, prioriza desequilibradamente la vertiente económica, pero a costa de otras facetas esenciales, como la naturaleza y la dimensión interior.

Es esta percepción la que le induce a centrar crecientemente su atención en esta distorsión materialista del desarrollo y del propio sentido de la vida. Una distorsión producida por una civilización enferma, desequilibrada, que confunde trágicamente las finalidades esenciales de la vida, y a la que no es ajena la corriente principal de la Ciencia Económica, racionalizadora del crecimiento económico como finalidad absoluta y justificadora del olvido de que el verdadero desarrollo debe entenderse como un continuo perfeccionamiento del hombre, y no como un crecimiento material indefinido que sólo tiene como objetivo la multiplicación de mercancías.

De esta forma, el estilo de desarrollo dominante y el crecimiento económico en el que se basa han incrementado, sin duda, los niveles de bienestar material, pero de forma muy desigual y no mayoritariamente y, además y sobre todo, a costa de tres grandes empobrecimientos:

  • En primer lugar, de los pueblos y colectivos más desfavorecidos, generando una desigualdad y una pobreza tendencialmente en aumento. Por eso, sostendrá, el subdesarrollo es un producto inevitable de nuestro modelo de desarrollo: una excrecencia ineludible que, en consecuencia, es ingenuo pensar que pueda superarse con más crecimiento, porque es precisamente el crecimiento el que la produce.
  • En segundo lugar, de la naturaleza, provocando el deterioro progresivo del capital natural del planeta y la base en que se fundamenta la vida.
  • Finalmente, el empobrecimiento también de la propia naturaleza humana, de su dimensión axiológica y espiritual.

Son empobrecimientos que comportan contradicciones y límites crecientes para el modelo de desarrollo: en primer lugar, conflictos sociales y políticos, que responden en última instancia a la desigualdad y a la pobreza que el modelo produce; por otra parte, límites estrictamente físicos; y también límites interiores, concretados en la tensión psíquica que producen el deterioro espiritual y moral y la falta de autonomía personal que cada día más acusadamente provoca el mercantilizado estilo de vida dominante.

Se trata de límites que comportan constricciones severas no sólo para el modelo de desarrollo dominante, sino para el crecimiento permanente, como viene advirtiendo el pensamiento ecologista. E incluso también -pensaba Sampedro- para el propio concepto de desarrollo y para la forma de vida en que el crecimiento se sustenta y que lo hace imprescindible. Por eso, creía, para superar esos límites haría falta un replanteamiento rotundo no sólo del modelo económico, sino también del modelo de vida: un cambio cultural y axiológico radical, un drástico cambio de valores, una forma diferente de pensar y de vivir: sin ella -pensaba- no podremos ni encontrar solución para los graves problemas de nuestro mundo ni tampoco camino para la paz interior y para el desarrollo personal pleno.

Límites, en ese sentido, que constituyen las señales crecientemente nítidas de un agotamiento general del modo de vida actual: indicadores de lo que Sampedro consideraba una crisis histórica inapelable. Una crisis de civilización que inevitablemente obligará a repensar sobre bases diferentes el futuro de la humanidad.

En esa tarea de replanteamiento general, pensaba Sampedro que sería muy especialmente necesario combatir la que consideraba una de las patologías fundamentales de nuestra civilización: su carácter fáustico, ensoberbecido, su confianza ciega en el poder de la técnica, mientras rechaza cada vez más la sabiduría, su prioridad absoluta por el tener en perjuicio del ser, su obsesión angustiada con crecer, su olvido del sentido de los límites.

Por eso le parecía tan importante recuperar una virtud malsonante hoy por el uso torticero que de ella han hecho las élites políticas y económicas: la austeridad (es decir, la sobriedad, la frugalidad, la moderación, la mesura, la templanza…). Una virtud en su opinión imprescindible para la superación de la ansiedad personal obsesionada enfermizamente con consumir y tener cada día más, pero también de la no menos enfermiza ansiedad social por crecer económicamente de forma permanente.Así, pensaba que la austeridad debería convertirse en el eje de un nuevo modelo de desarrollo y de vida, que necesariamente debería ser más equilibrado a nivel internacional, más consciente de los límites naturales y más respetuoso de las necesidades interiores del ser humano y hacia el que sólo se podrá avanzar dedicando una atención preferente al frente cultural, porque es en él “…donde tiene que librarse la batalla para generalizar la toma de conciencia y la actitud de rechazo hacia el sistema (1983). Todo en una dirección lúcidamente precursora de las teorías más recientes sobre desarrollo alternativo, postdesarrollo y decrecimiento, desde su convicción de la imposibilidad de un crecimiento material ilimitado en mundo físicamente limitado.

Pero Sampedro no era un ingenuo. Nunca olvidó que ese modelo de vida y ese modelo de desarrollo no se han consolidado en el vacío ni son el fruto de la casualidad histórica: son el producto de un sistema social que los genera e incentiva inexorablemente. Es decir, producto del capitalismo. Ese sistema que “… contempla el mundo como un objeto explotable” (1982) y que es “el gran corruptor”, porque todo lo convierte en mercancía.

En este sentido, las contradicciones y los límites del crecimiento, del modelo de desarrollo y del estilo de vida reflejan, para Sampedro, contradicciones y límites del propio sistema capitalista, porque es un sistema que necesita esa pulsión constante al crecimiento, sin el que no podría mantenerse el imprescindible crecimiento continuo del beneficio de los grandes poderes económicos que lo sustentan. Desde esa perspectiva, fue plenamente consciente de que esos poderes se opondrían siempre a cualquier cambio en la dirección que él propugnaba; y que, en esa medida, la transformación cultural que defendía era, también, un problema en buena medida político. En todo caso, nunca dejó de pensar en la prioridad del cambio cultural y en la necesidad de que el proyecto de cambio tuviese una base esencialmente pedagógica, sin la que la política pierde inevitablemente su potencial de cambio real.

Son éstas algunas de las cuestiones que fueron absorbiendo de forma creciente la atención de José Luis Sampedro en su madurez. Cuestiones que en buena medida trascienden a la economía y que ha dejado manifiestamente de lado la vertiente dominante de la Ciencia Económica, que -pensaba- viene desempeñando cada vez más claramente una función legitimadora del orden dominante. Es esta dejación por la que Sampedro llegó a considerar que era necesario no sólo abordar la economía desde perspectivas diferentes, sino trascenderla.

A ello responde su planteamiento de los tres niveles de la Economía (1983): el técnico (esencialmente operativo, que trabaja con variables monetarias y en el corto plazo), el social (que introduce variables sociales y políticas) y el cultural (que se preocupa también por el mundo de los valores y las creencias). Son niveles interdependientes, que no se excluyen, pero a los que corresponden diferentes tipos de economistas (que denominó “economistas financieros”, “economistas políticos” y “metaeconomistas”). Siempre, pensaba, hay que trabajar en los tres niveles: precisamente, buena parte de los errores principales de la Economía dominante radican en intentar resolver problemas de los dos últimos niveles con los métodos e instrumentos del primero, obviando variables imprescindibles para entender cabalmente la naturaleza de los problemas de esos niveles. Pero el nivel cultural, creía Sampedro, resultaba particularmente imprescindible en momentos como los actuales de crisis integral (y también de valores). Momentos frente a los que se necesitan no sólo nuevos modelos de desarrollo y de economía, sino de cultura y de vida. Momentos, diría, en los que es necesario levantar “una construcción interpretativa del mundo” diferente a la dominante y en los que, por ello, se hace en primer lugar urgente una labor básica de “descolonización cultural” que permita superar las contradicciones y los límites de la civilización industrial (1982).

Naturalmente, ese tercer nivel es en el que Sampedro quiso situarse y hacia el que quiso avanzar a lo largo de ese dilatado viaje en que consistió su trayectoria intelectual y vital. El viaje que le llevó “del cultivo de la ciencia al anhelo de sabiduría” (1987). El viaje, en este sentido, desde el mundo de la Economía oficial y académica hasta el más etéreo y mucho menos retribuido mundo de la Metaeconomía: ese amplio mundo de quien, sin olvidarse de la economía, se preocupa por lo que está más allá de ella, por lo que la transciende. Un mundo en el que inevitablemente se pierden posibilidades materiales y prestigio académico, en cuanto que quien quiera desenvolverse en él tiene que prescindir de la elegancia formal y del pretendido rigor de los otros niveles de la Economía.

Pero era ése el mundo que quería: su mundo. El único, pensaba, donde, aunque disminuya la precisión, se puede atisbar la raíz de los profundos problemas que aquejan a la humanidad en este tiempo nuestro de perturbaciones, transformaciones y desmoronamientos generales. Problemas, insistía, que no son sólo ni principalmente económicos y frente a los que no se puede encontrar remedio sólo en la limitada esfera de la economía.

Es éste el viaje que le fue alejando en buena medida de los economistas académicos y profesionales y el que, por ventura, le fue acercando a la gente normal. Un viaje para el que José Luis Sampedro utilizó en más de una ocasión una parábola que me parece la mejor forma de terminar este modesto recordatorio de ese disidente sabio que ha sido mucho más que un economista ejemplar:

“La incipiente teoría del economista disidente podría compararse a un viejo carromato… arrastrado por un jamelgo… (y que) ha de pararse en un paso a nivel. Allí mismo, ante él, se detiene un lujoso tren con todos los perfeccionamientos técnicos… Desde sus ventanillas, famosos economistas incitan a su pobre colega a subir al vagón y ponerse a disfrutar de todas las ventajas para vivir e investigar… Pero el invitado mueve la cabeza y contesta:

– No puedo acompañaros. Seguís unos carriles que os llevan hacia el norte de vuestra vieja brújula y cada kilómetro adelante os acerca a chocar con vuestros límites. Yo, en cambio, camino hacia la vida del sur, hacia el nuevo desarrollo, y aunque vaya paso a paso, mis progresos resultan positivos. Iré despacio, pero en la buena dirección: en la del cambio histórico y el progreso hacia una cultura que no nos degrade, como la vuestra, que prefiere el desarrollo de las cosas al desarrollo del hombre mismo” (1982).

José Angel Moreno (Presidente de Economistas Sin Fronteras)