En su blog Aguas Internacionales, el periodista español Ramón Lobo refiere el diálogo entre un periodista de la televisión francesa y su jefe. El primero pretendía hacer un reportaje relacionado con los estragos que produce el paludismo en quienes lo padecen. Su jefe le preguntó: “¿Es una enfermedad que afecta a blancos?”. El reportaje nunca se realizó.
En cambio, la malaria sí fue noticia en el año 2011, y todo gracias a un connotado hombre blanco. Durante un viaje a Sudán, el actor estadounidense George Clooney fue atacado por el parásito Plasmodium, causante de la malaria. Su atractivo, riqueza y glamour resultaron exiguas credenciales frente a los síntomas típicos de esta enfermedad: dolor de cabeza, vómitos, fiebre, escalofríos y diarreas, entre otros. En este caso, el ilustre ciudadano del primer mundo (Clooney) devino en anónimo tercermundista, respecto a una enfermedad cuyo ensañamiento se especializa en países pobres.
Según la organización humanitaria Médicos Sin Fronteras, la malaria forma parte de las mal llamadas “enfermedades olvidadas”, junto al sida pediátrico, la enfermedad del sueño, el kala azar, la tuberculosis y el mal de Chagas. “No hay enfermedades olvidadas, lo que hay son enfermos olvidados”, corrige con acierto Raquel González, de Médicos Sin Fronteras en España. Y, a manera de repeler los frecuentes olvidos a los que se entrega Occidente, una estadística brutal: las seis enfermedades en cuestión matan a 8.000 personas por día, con África a la cabeza con el mayor número de víctimas. Solo de malaria se cuentan más de 700.000 muertes al año.
Ganancias. En esta dinámica de olvidos, enfermedad y cruenta mortandad, las ganancias son un tema ineludible. Para las grandes empresas farmacéuticas llamadas también las “Big Pharma”, las “enfermedades olvidadas” no son rentables para una industria que llega a facturar hasta 700.000 millones de euros. Quienes las padecen, en cambio, son habitantes pobres de un Tercer Mundo muy poco lucrativo. Según estudios de Médicos Sin Fronteras, el 90% del dinero invertido en investigaciones se enfoca en enfermedades que afectan solo al 10% de la población mundial.
Una enfermedad “olvidada” es al mismo tiempo una enfermedad evitable. Pero las crisis de los países pobres se invisibilizan, en una lógica cuyo desquiciado orden de valores privilegia las ganancias frente a la salud y la vida misma. Para ilustrar, un ejemplo: el día 14 de septiembre del 2008, en tanto que la agencia de las Naciones Unidas FAO informaba que se necesitaban $30.0000 millones para salvar la vida de 1.000 millones de personas hambrientas, Estados Unidos, la Unión Europea, Suiza, Canadá y Japón, por medio de sus bancos centrales, destinaban $180.000 millones como salvamento para la banca privada en crisis.
Las llamadas “enfermedades olvidadas” no son más que enfermedades ignoradas. De tanto en tanto, los países ricos, por algún influjo mediático, las descubren. Y a veces intervienen económica y mediáticamente.
Después de un tiempo se apartan para seguir perpetuando el ciclo de olvido e indiferencia. Y ya ni el bueno de George Clooney, desde su lecho de convaleciente en algún próspero (y privado) hospital primermundista, puede dejar de recordarnos el riesgo de ser inmunes al dolor ajeno.



