SOY MUJER

He cuidado de mi padre enfermo durante 10 duros años y mi único hermano, ayudó como el que más. Pero sé que la corresponsabilidad en los cuidados no es la tónica general.

Soy madre, y me enorgullezco de cuidar, educar y estar al lado de mis hijos día a día junto con mi marido, con quien me reparto casi salomónicamente las tareas de la vida doméstica, laboral y lo poco que nos queda de vida social.

Soy afortunada porque tengo un trabajo estable, pero sé que tanto en la Administración pública como en el mundo de la empresa, persiste la desigualdad laboral, el techo de cristal y sesgos más o menos visibles de género.

No he sufrido nunca violencia de género, pero abomino de los maltratadores y rabio cada vez que nos asalta un nuevo asesinato o agresión. Y como tantas otros ciudadanos, he tenido demasiado cerca la violencia física o psicológica contra las mujeres.

La trata de mujeres y niños y niñas me parece una lacra propia de siglos pasados y si persiste todavía es porque hay una demanda execrable y un sistema criminal con poderosos apoyos en todo el mundo.

Pero me solidarizo con muchas mujeres preparadas que no llegan a donde quieren y deberían llegar, con esas mujeres más privilegiadas que yo que sufren a diario la desigualdad laboral y que probablemente han tenido que renunciar a gran parte de su vida privada y personal para estar donde están.

Me solidarizo con las camareras de pisos, empleadas de call centers, administrativas, empleadas de cadenas de montajes, fábricas, dependientas, y tantas otras que apenas llegan a final de mes.

Me solidarizo con tantas mujeres que querrían trabajar y no pueden. Me solidarizo con las embarazadas a quienes despiden por el sólo hecho de estarlo o con aquellas que ni se plantean siquiera formar una familia.

Me solidarizo con las mujeres, que queriendo salir a la calle el día 8, no podrán porque no pueden renunciar a un día de salario, a cuidar a sus padres, madres o hijos, o sus familiares dependientes.

Hago huelga para romper con el marco lógico que algunos y algunas representantes políticos quieren marcarnos y con el que quieren tapar una situación de ominosa y vergonzante DESIGUALDAD.

Esta huelga no tiene etiquetas; esta huelga es una reivindicación de un nuevo modelo de sociedad, más inclusiva, más igualitaria, más justa.

Me duele la violencia verbal, el lenguaje del enfrentamiento y el desprecio del discurso de algunos políticos y especialmente de las mujeres, que no bajan a la arena de la calle, de los problemas cotidianos y se quedan, una vez más, en un ejercicio de irresponsabilidad social ajeno a una democracia madura, en meros intereses estratégicos y partidistas.

Las que hacemos huelga y las que la harían si pudieran (y las que no la hacen por otras razones igualmente respetables) no somos gregarias, defendemos ideologías distintas, pero sobre todo, QUEREMOS CAMBIAR UN ESTADO DE COSAS.

La huelga hoy y siempre, es un derecho legítimo y este es el momento oportuno, más allá de postureos varios.

La huelga es un acto efímero sí, pero servirá para dar visibilidad a la necesidad de cobertura adecuada a la dependencia y a los cuidados, a la corresponsabilidad familiar, los permisos de paternidad y maternidad iguales e intransferibles (que a pesar de estar recogidos en varios programas electorales, no terminan de arrancar en el Congreso), a la lucha contra la trata de mujeres y niñas, a la lucha contra la violencia de género, y la prostitución, que oculta las más de las veces, pobreza y precariedad.

No es casualidad que ahora se oigan más voces a favor de la conciliación laboral y familiar y de la conclusión de la jornada laboral a las 6 de la tarde, pero sin un plan.

No es casualidad que los planes de igualdad, sigan siendo papel mojado. Porque en marzo de este año, la Ley de igualdad cumple once años y no hay mucho que celebrar.

A día de hoy, sólo 5 de las 50 universidades de titularidad pública tienen mujeres rectoras; sólo tenemos un 22% de mujeres catedráticas; sólo el 28% de los altos cargos de la Administración en España son mujeres, las mujeres representan menos del 24% en los consejos de administración de las empresas del Ibex35; la brecha salarial entre hombres y mujeres alcanza el 30% (es decir, las mujeres deberían trabajar 109 días más para alcanzar el sueldo de los hombres) y desde la entrada en vigor de la ley el número de hombres que piden la excedencia para el cuidado de hijos aumentó un 3%, pero siguen siendo el 93,4% de las mujeres las que la solicitan.

Porque según un estudio reciente sobre la aplicación de la ley, el porcentaje de mujeres en paro a finales del 2016 era de un 20.25%, frente al 17.22% de hombres, la diferencia era la más alta de la última década.

Solo hace unos meses, el Tribunal Superior de Justicia de Canarias declaró nulo por discriminación de género el pacto salarial de un hotel de Tenerife por considerar que el plus que recibían los camareros de sala, 85% hombres, discriminaba a las camareras de piso, 92% mujeres. Una discriminación salario/hora bastante común.

Porque no fue hasta diciembre del año pasado cuando la Audiencia Nacional dictó una sentencia que obligaba a las empresas a aplicar todas las medidas de sus planes de igualdad a los trabajadores que contratan a través de Empresas de Trabajo Temporal (ETT).

Porque a pesar de estar reconocida la igualdad salarial en la Ley de Igualdad, ha sido necesaria una nueva proposición de ley de igualdad retributiva, para que las empresas indiquen los criterios y características que justifiquen la retribución de cada puesto (complementos salariales y cualquier otra retribución que es donde se esconde, en muchas ocasiones la desigualdad de retribución entre hombres y mujeres). Según CCOO, casi la mitad de esa brecha se genera por estos añadidos al sueldo base. Por no hablar de la brecha de las pensiones.

Y estos datos se generalizan a nivel global. Según el Global Gender Gap 2017, la brecha global de género global tardaría en cerrarse 100 años en los 106 países del informe, frente a los 83 años el año pasado. Las brechas de género más desafiantes permanecen en las esferas económica y de salud. Así, la brecha económica de género, tardaría unos 217 años. Sin embargo, la brecha de género específica de la educación podría reducirse a paridad en los próximos 13 años. La dimensión política actualmente tiene la brecha de género más amplia y tardaría en cerrarse 99 años.

El informe demuestra además que poder económico no es necesariamente una receta para una mejor igualdad entre los sexos. No hay ningún país industrializado del G20 en el top 10 de reducción de la desigualdad mientras que tanto Ruanda como Nicaragua se encuentran en el top 10, por ejemplo, mostrando cómo estos países distribuyen sus recursos y oportunidades relativamente bien.

Por no hablar de los costes ocultos en su vida personal que enfrentan aquellas mujeres que triunfan, como ha puesto de manifiesto un reciente artículo en The New York Times.

Pero sobre todo, porque en todo lo que divide a nuestra sociedad y las barreras que hay cambiar, ya es hora de que empecemos a hablar en términos de valor, de beneficios sociales, de aporte social. Y que hombres y mujeres, todos los ciudadanos, sepamos que lo que está en juego, no depende de descalificativos, de etiquetas, de falsos marcos.

Según la OIT, la reducción de la brecha de género solamente en la fuerza de trabajo, aumentaría exponencialmente el PIB mundial. Las más beneficiadas, las regiones con mayores diferencias entre sexos. Así, en Europa occidental la economía crecería un 2.6 % si se redujera la brecha de género, un 4% en América Latina y el Caribe, o un 9.5% en el norte de Africa.

Las mujeres están despertando y esta es una huelga SOCIAL. Y sobre todo, porque cuando los políticos no toman las riendas, es la determinación de la sociedad la que nos hace avanzar, AUNQUE no sea sobre alfombras rojas.