Personalmente, aún conociendo a personas que lo han perdido todo a fuerza de arriesgar, desconozco la efectividad real de estos supuestos métodos para conseguir dinero fácil. Pero hay algo que me molesta especialmente, y no es solo que intenten hacer picar a personas que quizás se encuentren en dificultades: lo que me rebela es su mensaje, asumiendo que la avaricia no tiene rival y que, de alguna forma, todos tenemos un precio, porque el valor fundamental es el dinero.

Pienso, al ver estos anuncios, en cuántas veces se da por hecho que todos quisiéramos ser “El lobo de Wall Street” u otro personaje parecido y hacernos ricos sin el menor escrúpulo; siempre que no nos pillaran, por supuesto.

Me da la impresión, una vez más, de que para muchos aquello tan parcial de que “el hombre es un lobo para el hombre” representa una ley universal.

Lo sé, como comentaba en unas líneas anteriores sobre la última película de Scorsese, es obvio que hay más de un lobo en este bosque. No se puede negar. Pero somos muchos más los que sabemos que el dinero fácil esconde, en realidad, la ruina de otras personas, y que lo que se construye en un día tiene pocas posibilidades de durar y de aportar valor real. También que la economía es relación entre personas y que, si intentamos ignorarlo, el boomerang acabará volviendo hacia nosotros y sufriremos en carne propia las consecuencias de no haber actuado antes como personas.

La mayoría quiere ganarse la vida honradamente y, si es posible, mejorar el mundo con su trabajo, a través de su empresa o mediante la implicación con su comunidad cuando termina la jornada. Por eso, creo que no podemos callar más, pienso que tenemos que alzar la voz cuando se da por sentado eso tan típico, casi una frase hecha, de “si tú pudieras, también lo harías”. La picaresca ha tenido un coste desmesurado para la sociedad: es el momento de decir, “yo no”.

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