La última de las metas que jalonan el Objetivos de Desarrollo Sostenible sobre educación, tiene que ver con el que quizá sea el elemento más importante para posibilitar una educación verdaderamente de calidad: el profesorado. Vivimos un momento en el que la docencia no es una profesión que se valore suficientemente, a pesar de que sobre los profesores y profesoras recaen la formación y  el futuro de nuestros hijos e hijas, de las próximas generaciones. Podría decirse, sin riesgo de resultar dramatista, que del profesorado depende el futuro del mundo.

Sin embargo, los docentes no pueden llevar a cabo su trabajo adecuadamente en clases abarrotadas, algo que sigue siendo muy común en numerosos países en desarrollo. Por ejemplo, en las escuelas de educación primaria de Uganda hay, de media, 57 alumnos por profesor, frente al ratio medio de 17 alumnos en los países de renta alta. Estas desigualdades se agravan en las zonas rurales más remotas de los países en desarrollo, donde las condiciones de los centros y una remuneración insuficiente no suponen un incentivo para los ya escasos docentes contratados en estos países.

La cualificación del profesorado supone también un problema en muchos países. Si bien la media mundial revela que el 93% de los profesores de primaria tienen las cualificaciones mínimas requeridas, este porcentaje se reduce a un 47% en países como Palestina. Los países donantes son conscientes de la importancia crucial de la formación del profesorado, y como prueba de ello han triplicado su inversión en este ámbito en la última década, destinando la mayor parte de los fondos a los países menos desarrollados. No obstante, si queremos que los niños, niñas y jóvenes de todo el mundo tengan una educación de calidad, tal y como plantea el ODS4, es necesario que esta tendencia se mantenga.

Las condiciones laborales del profesorado son otro aspecto que debe tenerse en cuenta para garantizar el cumplimiento de esta meta. No podemos olvidar que los docentes no sólo transmiten conocimientos, sino que en sus manos está educar y formar a los adultos del mañana, en definitiva a las sociedades del futuro. Por eso, la docencia debería ser una de las carreras y profesiones más valoradas socialmente, y los profesores y profesoras deben disfrutar de condiciones de empleo dignas. Sin embargo, esto no es así en muchos países. Por ejemplo, si bien la mayoría de los docentes son trabajadores públicos con contratos estables, los contratos temporales son cada vez más habituales. En lo referente a la remuneración, y aunque existen amplias disparidades entre los países, en muchos casos los salarios suponen un obstáculo para contar con profesores adecuadamente cualificados, especialmente en las zonas rurales de los países en desarrollo. Por ejemplo, un estudio realizado en trece países latinoamericanos reveló que los profesores de preescolar y primaria ganan el 76% del sueldo de otros técnicos y profesionales, un porcentaje que aumenta hasta el 88% en el caso de los profesores de secundaria. En cualquier caso, cifras insuficientes para reflejar el valor de una profesión que constituye uno de los principales pilares del futuro de cualquier sociedad.

Estos son algunos de los aspectos que los Estados se han comprometido a abordar durante los próximos quince años para garantizar que “se aumenta sustancialmente la oferta de maestros calificados, entre otras cosas mediante la cooperación internacional para la formación de docentes en los países en desarrollo, especialmente los países menos adelantados y los pequeños Estados insulares en desarrollo”. Debemos exigir a nuestros Gobiernos que hagan lo necesario para cumplir con este compromiso, pero también comprometernos, cada uno de nosotros, a valorar y defender el trabajo del profesorado todos los días.