Si hay algunos hechos que han caracterizado este mes de Marzo en la ciudad de los rascacielos, han sido sin duda alguna, las aventuras y desventuras de los Gobernadores del Estado. Casi como si de una telenovela se tratara, todos hemos estado atentos a los medios de comunicación sin pensar si quiera, en perdernos uno de los nuevos capítulos de esta fabulosa aventura de lujo, poder y prostitución.

Todo comenzó cuando el New York Times expuso la increíble investigación informativa que involucraba al Gobernador Eliot Spizter en una trama de prostitución. La caja de Pandora no había hecho mas que empezar a dejar escapar las primeras brisas.

Spitzer, o ahora mas conocido como “cliente numero 9”, había sido desde su etapa de fiscal, un luchador acérrimo en contra de los abusos del poder corporativo. Su férreo carácter, su agudeza y su enorme ego, le habían hecho ganarse una reputación tal, que incluso mas de uno le veía como un futuro candidato a la presidencia de la Casa Blanca. Fue que su pasión por la moral, la rectitud y la honradez, le llevaron a tomar las riendas de una cruzada en contra de droga y la prostitución, asunto que encandiló no solo a los miembros de su partido, si no también a los republicanos mas conservadores.


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Esta impecable pose americana se cayó debido a una grabación telefónica en la que Spitzer acordaba ver a una prostituta en un hotel de Washington. Estados Unidos ya ha visto como carreras políticas se desvanecen de un día para otro por un asunto de estas características. Todos tenemos aun en la memoria el bochornoso asunto de Bill Clinton y su becaria. La baza de la moral es de lo mas productiva en los discursos de los políticos americanos, pero cuando a uno le descubren alguna debidilidad humana, el ridículo al que es expuesto es más que brutal.

A partir de este deshonroso descubrimiento del hobby del ex gobernador, todos los medios de comunicación se han dedicado a indagar en los detalles (escabrosos) que configuran esta historia. Pero es que en el fondo, esta es una autentica lección de lo absurdo de la famosa “doble moral americana”. Ahora sabemos que este tipo duro, abanderado de la moral familiar, llegó a pagar hasta 80.000 dólares al mismo tipo de personas que, con tanto orgullo y boato, había estado encerrando en estos 13 meses que ha durado su gobierno. No sólo eso, sino que además, había propuesto endurecer las leyes para encarcelar a clientes como él.

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Este gran escándalo ha hecho tambalear todos los cimientos de la política estadounidense, ya que por lo que parece, no es más que el principio de una caza de brujas en busca de deshonrosos funcionarios del Estado. El siguiente en caer ha sido el alcalde de Detroit, Kwame Kilpatrick, que pocos días después del caso Spitzer, fue acusado de perjurio sobre una aventura con su jefa de personal y del despido de un policía que investigaba una fiesta en su oficina con strippers incluidas. Este caso tiene si cabe, una vuelta de tuerca más, y es que Kilpatrick, pago 8.4 millones de dólares para prevenir la difusión de unos mensajes de texto comprometedores, que por cierto, han terminado siendo publicados por el diario Detroit Free Press.

Por desgracia, este tipo de episodios ha existido siempre. No nos podemos olvidar del congresista por Florida Mark Foley, el cual, era un partidario a ultranza de castigar a cualquier adulto que tuviera relaciones sexuales con menores de edad. “Son personas enfermas; necesitan supervisión psiquiátrica”, llego a sentenciar. Poco después ABC News pilló a Foley enviando mensajes de contenido sexual a menores a través de internet.

Por eso es curioso, aunque bochornoso también, ver como el nuevo gobernador del Estado de Nueva York, David Paterson, ha comenzado su periodo de gobernación haciendo declaraciones a diestro y siniestro sobre todos y cada uno de los aspectos más truculentos de su vida personal. Ya lo dice el refranero español, que es muy sabio: cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar. Paterson, ya ha aireado sus infidelidades conyugales. Pero no solo eso, sino que además, ha confesado que en el pasado también consumió drogas ilegales. Supongo que aunque no es en absoluto necesario hacer publicas semejantes confesiones, siempre es mejor curarse en salud.


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Aquí en Nueva York, todos le tenemos mucha fe a este nuevo gobernador (primer gobernador neoyorquino ciego y de raza negra) y nadie cree que sus confidencias dañen su carrera política. El ex presidente Bill Clinton, por ejemplo, admitió haber usado drogas antes de llegar a la Casa Blanca y, una vez allí, haber tenido una aventura extramarital. No pasó nada. De hecho, tanto entonces como ahora, siempre solemos inclinamos a prestar nuestro apoyo y comprensión a las mujeres de estos adúlteros. Tanto Silda Wall, santa mujer de Spitzer, como Michelle Paige, esposa de Paterson se mantienen fieles a sus respectivos cónyuges en esta vorágine de denuncias y acusaciones. Seguramente aprendieron de la conducta de la otra ex presidenta consorte engañada, a la que a la larga, no le están yendo tan mal las cosas.

David Letterman, famoso presentador de un programa nocturno americano, resumía a la perfección (y con grandes dosis de sarcasmo) esta situación que estamos viviendo en estos principios de primavera: “Este país no encuentra a Bin Laden pero (consuelo para necios) puede llegar a pincharle el teléfono al gobernador de Nueva York cuando contrata una prostituta”. Otra vez, como extranjero que soy aquí, miro con gran perplejidad toda esta marabunta, pero no puedo evitar una pequeña sonrisa al pensar en los dos millones de chistes que una España como la mía, habría hecho ya sobre una situación como esta.