Estas son algunas de las preguntas que se plantea un documento elaborado por científicos finlandeses de la unidad de investigación de BIOS, y preparatorio del Informe Global de Desarrollo Sostenible de la ONU 2019. Básicamente sintetiza y presta base científica a algunas de las ideas que sustentan el debate sobre la nueva gobernanza y las herramientas necesarias para la transición económica y energética a nivel mundial.

El capitalismo ha muerto

El documento tiene como eje fundamental la idea de que el capitalismo ha muerto, o cuanto menos está tocado de muerte: las ideas económicas imperantes se han sustentado en un sistema de abundancia de materias primas y de energía. Las teorías económicas dominantes y las políticas económicas se basan en la presuposición de un crecimiento energético y material continuo. Si bien estas teorías fueron cuestionadas solo temporalmente por las crisis petroleras de los años setenta y noventa, no se hicieron cambios teóricos o políticos significativos.

Al mismo tiempo, tampoco se han desarrollado modelos económicos ampliamente aplicables para un trasfondo de agotamiento de recursos y de costes hundidos como el cambio climático y que puedan ayudar a los gobiernos a canalizar las economías hacia actividades que reduzcan la carga sobre los ecosistemas naturales y, al mismo tiempo, garanticen más oportunidades para mayor calidad de vida.

Podría decirse sin dudar que no existen modelos económicos que puedan aplicarse a la nueva era”, señalan los autores del trabajo.

Los autores del trabajo apuestan por un enfoque postkeynesiano, desde el convencimiento de que los mercados por sí mismos no conducen a resultados sociales ni medioambientales deseables sino que precisan de activa intervención política. Para ello aportan el toque finlandés en su sugerencia de impulsar una política llamada “garantía de trabajo” (que garantizaría que todas las personas capaces y dispuestas a trabajar pudieran obtener un trabajo permanente, financiado por el Estado y administrado localmente.

Esta recomendación a mi juicio, no está exenta de voluntarismo, no tanto porque efectivamente estos trabajos podrían modelarse para servir a la transición hacia la sustentabilidad y desarrollar capacidades para adaptarse al cambio climático, sino porque sugieren que la garantía de empleo podría lograr el pleno empleo.

De igual modo, los autores apuestan por un cambio en el modelo de consumo. Para ello ponen como ejemplo, el caso de las energías renovables. Con un EROI (energy return on investment) más bajo que las energías basadas en combustibles fósiles y diferentes requisitos técnicos, como la necesidad de construir instalaciones de almacenamiento de energía, satisfacer los niveles crecientes de necesidad energética en las próximas décadas con soluciones bajas en carbono será muy difícil, por lo que será necesario reducir el consumo total de energía.

Una nueva gobernanza política

A partir de aquí, se vaticina la necesidad de una nueva gobernanza política, más fuerte, para lograr las transiciones clave.

La acción basada en el mercado no será suficiente: para lograr una transición sistémica se requiere una acción global y coordinada, que no puede recaer únicamente en la innovación ni en la reparación por el Estado de “las fallas del mercado”.

El documento cuestiona las teorías clásicas sobre la limitación de la intervención del Estado, y pone como ejemplo la falta de eficacia de la fijación de los precios del carbono como una política «menos intervencionista y económicamente más eficiente para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero”. Una de las razones de la falta de eficacia del precio del carbono ha sido que los estados no lo han implementado en un nivel suficiente  por temor a la fuga de industrias hacia países con regulaciones ambientales más débiles. De ahí la necesidad de una fijación de los precios del carbono a escala global.

Herramientas para la transición

Si como herramienta de política, el precio del carbono carece del elemento de coordinar un conjunto diverso de actores económicos hacia un objetivo común, se proponen el concurso de más herramientas pero también compromisos políticos profundos y una gobernanza proactiva de la transición económica.

Entre las primeras, el trabajo apunta escenarios de:

  • menos transporte”  que conllevará la electrificación de la producción de vehículos, y en la infraestructura de transporte;cambios en la planificación de las ciudades con más transporte colectivo y menos contaminante, y una racionalización considerable del  transporte internacional de carga y la aviación.
  • El comercio internacional de alimentos recuperará su posición como un componente crucial de la seguridad alimentaria en lugar de servir como un mercado de productos básicos, donde los países en desarrollo deberían diversificar su fuentes de nutrición y de ese modo al mismo tiempo aumentar las oportunidades de subsistencia locales y mejorar las condiciones materiales de su población en general. Y en general, donde las prácticas de producción y consumo evolucionen desde los productos lácteos y la carne hacia dietas basadas en vegetales.
  • El cambio hacia edificios de madera de larga duración desde una industria de la construcción dominada por el hormigón y el acero, cuya fabricación y otros procesos del ciclo de vida son muy intensivos en energía y causan niveles importantes de emisiones y desechos.
Concluyen los autores que “la opción más probable para iniciar las transiciones hacia la sostenibilidad sería que un grupo de países progresistas” asumiera el liderazgo, con grandes programas de inversión pública combinados con fuerte regulación y limites medioambientales por otro.

En la necesaria transición económica, los estados son los únicos agentes con capacidad –“y legitimidad (sic)”- para financiar y organizar las transiciones a gran escala.

En este punto el documento no hace justicia al empuje de movimientos activistas y ciudadanos, como Fridays for Future y Extinction Rebellion, que han conseguido que algunos gobiernos e instituciones declaren el “estado de emergencia climática” y sean un revulsivo para una mayor conciencia medioambiental y una transición económica imperiosa.

Tampoco incluye la necesaria reforma de los acuerdos comerciales internacionales para que el libre comercio internacional, se convierta en otra palanca de cambio. La inclusión de cláusulas sociales y medioambientales en los acuerdos de inversión y en los tratados regionales de comercio, constituyen un poderoso incentivo para esa acción coordinada que reclama el documento. Aunque fuera con trazo muy grueso, el presidente Macron nos lo recordaba recientemente cuando en medio de la cumbre del G7 en Biarritz, amenazaba con bloquear el acuerdo con Mercosur por los incendios en la Amazonia brasileña.

En definitiva, a la espera del informe Global de la ONU, este documento aporta más argumentos científicos para avanzar hacia una urgente transición económica.