Hace unas horas, mientras navegaba por las redes sociales, me encontré con una publicación que inmediatamente captó mi atención. La publicación hacía una pregunta simple, pero profundamente provocadora:
“¿A quién votarías, a Pedro Sánchez o a Franco?”
A primera vista, la pregunta en sí me resultó inquietante. No porque la crítica política esté mal la crítica es parte de la democracia sino por lo que la comparación representaba psicológicamente. Un lado representaba la España democrática moderna bajo Pedro Sánchez. El otro representaba a Francisco Franco, una de las figuras más controversiales de la historia moderna española.
Pero lo que realmente llamó mi atención no fue solamente la redacción.
Fueron las reacciones.
Los emojis de corazón.
El apoyo emocional abrumador.
La normalización de la comparación en sí.
Y por un momento, eso obliga a uno a detenerse y pensar: ¿Cómo llega una sociedad al punto donde grandes sectores comienzan nuevamente a romantizar la imagen del liderazgo autoritario?
Ahora bien, para ser justos, no creo que todas las personas que reaccionaron positivamente hacia Franco estén pidiendo el regreso de la censura, la represión, la persecución política o una dictadura. Sería intelectualmente deshonesto afirmar algo así. Lo más probable es que muchas personas estén expresando frustración con la política moderna, la inestabilidad económica, la corrupción, la polarización, la división cultural o la desconfianza hacia las instituciones gubernamentales.
Pero la historia nos enseña algo importante.
Las sociedades bajo presión muchas veces comienzan a buscar símbolos de “orden”, “fuerza” o “estabilidad”, especialmente cuando las personas sienten que las instituciones ya no las representan. Y a veces, con el paso del tiempo, periodos históricos peligrosos comienzan a recordarse selectivamente enfocándose en la sensación de orden mientras se olvida el costo que acompañó ese orden.
Mientras seguía reflexionando sobre la publicación, no pude evitar pensar en el clima político actual de Puerto Rico.
No, Puerto Rico no vive bajo una dictadura. Puerto Rico todavía funciona bajo elecciones democráticas, protecciones constitucionales, partidos de oposición, periodismo y protestas públicas. Esa diferencia es importante y jamás debe ignorarse.
Pero aun así, cada vez más puertorriqueños utilizan lenguaje asociado al autoritarismo cuando describen el ambiente político actual.
¿Y por qué?
Porque muchas personas sienten frustración.
Ven una creciente hostilidad entre funcionarios públicos y periodistas. Ven leyes controversiales que muchos consideran reducen la transparencia o favorecen intereses políticos y económicos sobre las comunidades comunes. Ven escándalos, acusaciones de represalias, patronazgo político y una creciente percepción de que el ciudadano promedio tiene menos influencia mientras ciertos círculos poderosos continúan protegiéndose entre sí.
Que uno esté de acuerdo o no con esas percepciones no es el punto.
El punto es que la percepción misma moldea la cultura política.
Y una vez las sociedades comienzan a ver emocionalmente la política como una batalla entre “el pueblo” y “el sistema”, la polarización se profundiza rápidamente.
Eso fue precisamente lo que hizo tan interesante psicológicamente la comparación en aquella publicación sobre España.
Porque realmente la publicación no trataba solamente de Franco o Sánchez. Reflejaba algo mucho más grande que está ocurriendo en muchas partes del mundo: personas perdiendo confianza en las instituciones y gravitando cada vez más hacia narrativas políticas emocionales y extremas.
Y eso me lleva quizás al pensamiento más controversial de todos.
Si Puerto Rico ya experimenta este nivel de desconfianza política bajo su estructura democrática actual, ¿qué ocurriría durante una transición política mayor como la independencia?
Eso no es una predicción.
No es alarmismo.
Y tampoco es un ataque hacia quienes apoyan la independencia.
Es simplemente una pregunta que merece analizarse honestamente.
Porque a través de la historia, las naciones recién independizadas han tenido resultados muy distintos. Algunas desarrollaron instituciones democráticas fuertes. Otras experimentaron corrupción, movimientos autoritarios, inestabilidad política, crisis económicas o concentración de poder.
Por eso, quizás la verdadera pregunta que los puertorriqueños deberían estar discutiendo no es solamente identidad, soberanía o estatus político sino fortaleza institucional.
¿Qué salvaguardas existirían?
¿Cómo se controlaría la corrupción?
¿Qué tan independientes permanecerían realmente los tribunales?
¿Qué protecciones tendría el ciudadano contra represalias políticas?
¿Cómo evitaría Puerto Rico el extremismo político en tiempos de crisis económica o tensión social?
¿Fortalecería la independencia la democracia?
¿O expondría debilidades que ya existen debajo de la superficie?
Son preguntas incómodas. Pero muchas veces las preguntas incómodas son precisamente las más necesarias.
Porque las democracias no desaparecen de un día para otro. Las culturas políticas evolucionan gradualmente a veces a través del miedo, la frustración, la polarización, la desconfianza y el agotamiento emocional.
Y quizás esa es la verdadera lección escondida detrás de una simple publicación de redes sociales llena de emojis de corazón.
A veces, lo más revelador de una sociedad no es lo que dice abiertamente sino aquello que poco a poco comienza a normalizar emocionalmente.
Soy Edwin Ortiz, y esto es Puerto Rico Abran los Ojos. Suscríbete, dale like, comparte y apoya nuestro canal para más contenido. ¡Nos vemos pronto!
