No, el 2026 no es 1898. Las circunstancias son completamente diferentes, el mundo es diferente y el periodismo moderno no es el mismo de la era de los periódicos amarillistas que ayudaron a alimentar las tensiones antes de la Guerra Hispanoamericana. Pero aun así, hay algo imposible de ignorar sobre el momento en que ocurren los acontecimientos recientes y el repentino interés que los medios estadounidenses han desarrollado hacia España.
Durante años, las controversias políticas internas relacionadas con el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, y miembros de su círculo político existieron principalmente dentro de los titulares europeos. Investigaciones, acusaciones, conflictos políticos y alegaciones de corrupción se discutían en España y en partes de Europa, pero para el ciudadano promedio en Estados Unidos, estas historias prácticamente no existían.
La mayoría de las personas en Estados Unidos sabían muy poco o nada sobre las luchas políticas internas que estaban ocurriendo en España.
Entonces, de repente, casi de la noche a la mañana, España se convirtió en noticia.
Medios estadounidenses que anteriormente prestaban muy poca atención a la política interna española comenzaron a publicar historia tras historia enfocadas en supuestos escándalos de corrupción relacionados con Sánchez, sus aliados, su partido y su familia. Los titulares aumentaron. Los comentarios crecieron. Las narrativas políticas se expandieron. España había entrado repentinamente en el foco mediático estadounidense.
Y muchas personas no pueden evitar notar lo irónico que parece el momento.
Este aumento en la atención de los medios estadounidenses ocurrió poco después de que surgieran tensiones relacionadas con la negativa de España a cooperar plenamente con Estados Unidos en asuntos militares relacionados con Irán y el uso de instalaciones militares estratégicas.
Para ser claros, este artículo no afirma que los escándalos hayan sido inventados. Tampoco acusa al gobierno de Estados Unidos de estar orquestando una campaña contra España. No existe evidencia que pruebe tal afirmación, y una discusión responsable requiere reconocer esa distinción.
El punto aquí es diferente.
El punto tiene que ver con la atención mediática en sí.
¿Por qué ciertos escándalos políticos extranjeros permanecen prácticamente invisibles para el público estadounidense durante años, solo para convertirse repentinamente en material de primera plana durante momentos de desacuerdo geopolítico o fricción diplomática?
Esa pregunta importa.
En 1898, poderosos periódicos estadounidenses como The New York Journal, propiedad de William Randolph Hearst, y The New York World, propiedad de Joseph Pulitzer, se convirtieron en actores centrales en la formación de la opinión pública contra España durante el período que rodeó la explosión del USS Maine en el puerto de La Habana. Sus titulares sensacionalistas, lenguaje emocional, ilustraciones dramáticas y cobertura constante contra España ayudaron a crear el ambiente que empujó al pueblo estadounidense hacia la guerra.
Otros periódicos importantes de la época, incluyendo The New York Times y diversas publicaciones regionales a través de Estados Unidos, también cubrieron extensamente la crisis, contribuyendo a un ambiente mediático nacional donde España comenzó a ser presentada cada vez más como el enemigo del momento.
La frase “Remember the Maine” se convirtió en mucho más que un eslogan. Se convirtió en un grito de guerra impulsado por los medios.
Nuevamente, nadie está diciendo que el 2026 sea idéntico a 1898, pero las similitudes en el comportamiento mediático son difíciles de ignorar.
Una vez más, España se encuentra bajo un intenso escrutinio de los medios estadounidenses durante un momento de desacuerdo con Washington. Una vez más, las narrativas relacionadas con España están siendo amplificadas hacia audiencias estadounidenses que anteriormente mostraban poco interés en los asuntos internos del país.
El panorama mediático moderno funciona de manera diferente a como funcionaba en la era del periodismo amarillista. Hoy, la amplificación ocurre a través de cadenas de noticias, titulares digitales, algoritmos, redes sociales, paneles de comentaristas y ciclos de noticias internacionales las 24 horas del día. Los métodos han cambiado, pero el poder de los medios para moldear la percepción sigue siendo enorme.
Las organizaciones mediáticas no necesariamente necesitan inventar historias para influir en la opinión pública. A veces, la influencia proviene simplemente de decidir qué historias reciben cobertura masiva, cuáles permanecen ocultas y cuándo una nación extranjera repentinamente se vuelve relevante para el público estadounidense.
Esa es la verdadera discusión que se está planteando aquí.
No conspiración.
No lealtades políticas.
No defender ni condenar a ningún gobierno.
Sino más bien, un análisis de cómo la atención mediática puede moldear narrativas, emociones y percepciones durante momentos de tensión internacional.
Y quizás esa sea la lección más importante que la historia continúa enseñándonos.
