Uno de los mitos más persistentes sobre la historia de Puerto Rico es la afirmación de que España no hizo nada por la isla y que su verdadero desarrollo comenzó solamente después de la invasión estadounidense de 1898.
Esta creencia forma parte de una narrativa más amplia asociada con la Leyenda Negra, mediante la cual los errores reales cometidos por España se convierten en la afirmación absoluta de que siglos de presencia española no produjeron nada de valor.
En Puerto Rico, esa narrativa ha contribuido a borrar no solamente las obras de infraestructura construidas bajo España, sino también a los ingenieros, funcionarios municipales, empresarios, artesanos, contribuyentes y trabajadores puertorriqueños que participaron en el desarrollo de su propio país.
El antiguo Acueducto del Río Piedras constituye una poderosa refutación de ese mito.
Su existencia no demuestra que el Gobierno español fuera perfecto. No lo fue. Tampoco significa que Puerto Rico poseyera en 1898 un sistema completo de agua potable que cubriera toda la isla. No lo tenía.
Lo que sí demuestra es que el esfuerzo de Puerto Rico por desarrollar una infraestructura moderna comenzó mucho antes de que las tropas estadounidenses desembarcaran en Guánica.
Un sistema moderno de agua bajo España
Durante la década de 1840, una fuerte sequía expuso la dependencia de San Juan de los aljibes para recoger agua de lluvia, de los pozos de agua salobre y del agua dulce transportada desde lugares distantes.
La necesidad de establecer un sistema público y confiable de abastecimiento de agua se hizo cada vez más urgente.
Bajo el gobernador español Rafael Arístegui y Vélez, comenzó la planificación de un acueducto moderno que pudiera llevar agua desde Río Piedras hasta la capital.
En 1847, el ingeniero español Juan Manuel Lombera y Rivero propuso el diseño original. Lombera y Carlos Blume estudiaron algunos de los sistemas de acueductos más avanzados de su época, ubicados en Nueva York, Filadelfia y Boston.
Este detalle es importante. Los ingenieros que trabajaban en Puerto Rico no estaban actuando de manera aislada. Estudiaban la tecnología internacional y buscaban adaptarla a la geografía y las necesidades particulares de la isla.
Lombera examinó el trayecto entre Río Piedras y la ciudad amurallada de San Juan. Preparó estudios topográficos, un presupuesto, una memoria técnica explicativa y doce planos detallados de ingeniería.
Su propuesta incluía un sistema que funcionaría por gravedad, maquinaria para elevar el agua, depósitos de clarificación, instalaciones para su distribución y las estructuras necesarias para transportar las tuberías por los puentes de Martín Peña y San Antonio.
No se trataba de una obra improvisada ni primitiva. Era un ambicioso proyecto de infraestructura pública inspirado en algunos de los conocimientos de ingeniería más avanzados disponibles durante el siglo XIX.
El proyecto enfrentó graves retrasos
Esta historia tampoco debe romantizarse.
El proyecto original sufrió décadas de retrasos debido a disputas entre las autoridades municipales de San Juan y la administración colonial central. Puerto Rico tampoco contaba con una estructura bancaria y crediticia municipal adecuada para financiar grandes proyectos de infraestructura.
Incluso se desviaron hacia la construcción de otro edificio gubernamental fondos municipales que habían sido acumulados para el acueducto.
Estas fueron deficiencias reales de la administración española y deben formar parte de cualquier relato histórico honesto.
Sin embargo, los retrasos no significan que no se construyera nada.
Otros ingenieros y empresarios locales, españoles, británicos y estadounidenses continuaron revisando la propuesta. El proyecto evolucionó con el paso de los años, pero el acueducto finalmente construido siguió, en gran medida, la ruta establecida originalmente por Lombera y Blume.
El ingeniero Fernando Alameda diseñó importantes elementos del sistema durante las últimas décadas del siglo XIX. La construcción de la represa y de los edificios relacionados avanzó aproximadamente entre 1892 y 1894. Arturo Guerra y otros ingenieros participaron en trabajos posteriores.
Para 1897 ya se estaban realizando pruebas en la tubería que llevaría el agua desde Río Piedras hasta San Juan. Los relatos históricos indican que el agua llegó a la capital alrededor de 1898, mientras el médico y funcionario puertorriqueño Francisco del Valle Atiles ocupaba la alcaldía.
En otras palabras, el acueducto se acercaba a su culminación precisamente cuando Estados Unidos invadió Puerto Rico.
Los puertorriqueños participaron en su propio desarrollo
El acueducto no fue simplemente un proyecto enviado desde Madrid e impuesto sobre una población pasiva.
El Gobierno municipal de San Juan participó en su administración y financiamiento. Los contribuyentes puertorriqueños ayudaron a pagarlo. Empresas locales suministraron materiales para su construcción. Según los registros históricos, la mayor parte de los ladrillos utilizados en las obras posteriores procedió de la fábrica de Marcos Canejas en San Patricio.
Los documentos de nómina conservados en los archivos también revelan el trabajo humano detrás de los planos de ingeniería. Durante una de las etapas iniciales, se pagó a 32 carpinteros y peones por trabajos relacionados con los estudios del proyecto. Al mes siguiente aparecen otros 13 trabajadores en los registros.
Todavía no se han establecido los lugares de nacimiento de cada uno de esos trabajadores. Por lo tanto, no debemos identificarlos automáticamente a todos como puertorriqueños.
No obstante, los documentos demuestran que el proyecto dependió del trabajo organizado en la isla, de los ingresos municipales, de empresas proveedoras, de artesanos, trabajadores e instituciones públicas locales.
Además, profesionales nacidos en Puerto Rico ya ocupaban puestos de considerable responsabilidad bajo España.
Tulio Larrínaga, nacido en Trujillo Alto en 1847, estudió ingeniería civil en Estados Unidos y regresó a Puerto Rico en 1872. Se convirtió en arquitecto de la ciudad de San Juan y sirvió durante aproximadamente diez años como ingeniero jefe de las Obras Provinciales de Puerto Rico.
Su carrera profesional incluyó trabajos relacionados con acueductos, carreteras, puertos e infraestructura ferroviaria. En 1898, Larrínaga fue nombrado para ocupar un cargo dentro del Gobierno autonómico de Puerto Rico.
Su trayectoria contradice directamente la afirmación de que los puertorriqueños carecían de la educación, experiencia o capacidad institucional necesarias para participar en la modernización y administración de su país antes de la llegada de Estados Unidos.
Otra figura importante fue Timoteo Lubelza San Martín, cuyo apellido también aparece en algunos documentos como Luberza.
Lubelza llegó a Puerto Rico en 1856 y dedicó gran parte de su carrera profesional al desarrollo de la isla. Diseñó carreteras, puentes y otras obras civiles; contribuyó al desarrollo del puerto de Ponce; y trabajó en mercados públicos y teatros de Ponce y Mayagüez.
También diseñó sistemas de acueductos. En 1861 diseñó el acueducto de Mayagüez. En 1874 diseñó el Acueducto Alfonso XII de Ponce y presentó una propuesta para revisar el largamente aplazado proyecto del acueducto de San Juan.
Lubelza y Larrínaga no fueron excepciones aisladas. Formaban parte de una red existente de ingenieros, instituciones municipales, funcionarios de obras públicas, empresas y trabajadores que operaban en todo Puerto Rico bajo la soberanía española.
Un cambio de bandera no creó el acueducto
El Acueducto del Río Piedras fue inaugurado formalmente en 1899, después de que Estados Unidos tomara posesión de Puerto Rico. Durante el periodo estadounidense se instalaron componentes adicionales importantes, particularmente entre 1917 y 1918.
Esas contribuciones deben reconocerse.
Sin embargo, la fecha de su inauguración formal no debe utilizarse para transformar el acueducto en una obra creada por Estados Unidos.
Estados Unidos heredó un sistema que ya había atravesado aproximadamente medio siglo de planificación, financiamiento municipal, estudios topográficos, trabajos de ingeniería y construcción bajo España.
Un cambio de bandera poco antes de su inauguración no borró todo lo que había ocurrido anteriormente.
El acueducto había sido diseñado originalmente para abastecer a una población de aproximadamente 25,000 a 30,000 habitantes. La población de las áreas circundantes pronto superó esa capacidad. Para 1920, solamente Santurce contaba con más de 35,000 habitantes.
No obstante, el Acueducto del Río Piedras, construido durante el siglo XIX, permaneció en funcionamiento hasta la década de 1980.
Su longevidad demuestra la durabilidad de la construcción original. También plantea una pregunta incómoda: ¿por qué una infraestructura diseñada para una población mucho menor durante el siglo XIX permaneció funcionando durante tanto tiempo bajo la soberanía estadounidense?
¿Quién heredó la responsabilidad?
Los sistemas públicos de agua y alcantarillado de Puerto Rico no fueron consolidados bajo una sola autoridad hasta 1945, 47 años después de la invasión estadounidense.
La creación de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados de Puerto Rico unificó los sistemas públicos bajo una sola institución y fue seguida por una expansión e inversión considerables.
Sin embargo, esa expansión también estuvo acompañada por inestabilidad institucional, endeudamiento, mantenimiento insuficiente, fallas operacionales y retrasos en el reemplazo de infraestructura envejecida.
Actualmente, Puerto Rico pierde una proporción extraordinaria del agua que produce.
Este problema debe describirse con precisión. La expresión “agua no contabilizada” o “agua que no genera ingresos” no se refiere exclusivamente al agua que se escapa por tuberías rotas. También puede incluir medidores defectuosos o inexactos, consumo no autorizado y agua tratada y distribuida que nunca se registra o factura correctamente.
Cualquiera que sea la combinación de fallas que produzca el porcentaje final, el resultado continúa siendo inaceptable. Puerto Rico trata y distribuye enormes cantidades de agua que no generan ingresos y que, en numerosos casos, tampoco se traducen en un servicio confiable para sus residentes.
Pero esta crisis moderna no puede atribuirse en partes iguales a dos gobiernos diferentes.
España dejó de gobernar Puerto Rico en 1898. Estados Unidos ha ejercido soberanía sobre la isla durante los 128 años transcurridos desde entonces.
España debe ser evaluada por lo que construyó, retrasó o no logró completar durante el periodo en que gobernó Puerto Rico. Estados Unidos y las instituciones territoriales puertorriqueñas deben ser evaluados por lo que heredaron, ampliaron, mantuvieron, descuidaron o no reemplazaron durante el siglo siguiente.
La responsabilidad debe corresponder al control ejercido.
El acueducto no fue una obra aislada
El Acueducto del Río Piedras no debe presentarse como la única obra pública significativa desarrollada por España en Puerto Rico.
Forma parte de un legado material mucho más amplio que incluye carreteras, puentes, puertos, ferrocarriles, mercados, hospitales, escuelas, edificios gubernamentales, defensas militares, instituciones municipales y otros sistemas de acueductos.
Red de ferrocarriles en servicio y en proyecto en 1898, y en la actualidad
Mayagüez, Ponce y Guayama desarrollaron sus propios sistemas de agua durante el periodo español. La famosa Carretera Central de Puerto Rico, construida a través de una geografía montañosa extraordinariamente difícil, fue completada sustancialmente bajo España.
Los municipios funcionaban, recaudaban fondos, encargaban proyectos y empleaban profesionales mucho antes de 1898.
El propósito de recuperar esta historia no es afirmar que todas las regiones de Puerto Rico estaban igualmente desarrolladas ni que la administración española había resuelto todos los problemas sociales, políticos y económicos de la isla.
El propósito es rechazar la afirmación igualmente deshonesta de que España no construyó nada, que los puertorriqueños no administraron nada y que la soberanía estadounidense creó al Puerto Rico moderno desde una base completamente vacía.
La historia escondida a plena vista
Las ruinas del Acueducto del Río Piedras exponen dos formas de borrado histórico.
La primera es material: el deterioro, abandono o desaparición de las estructuras físicas que documentan el desarrollo de Puerto Rico durante el siglo XIX.
La segunda es intelectual: la eliminación de la memoria pública de los ingenieros, funcionarios municipales, contribuyentes, proveedores, artesanos y trabajadores que planificaron, financiaron y construyeron esas obras.
La historia moderna de Puerto Rico no comenzó cuando las tropas estadounidenses desembarcaron en Guánica.
Antes de la invasión, los puertorriqueños ya se desempeñaban como ingenieros, arquitectos, alcaldes, legisladores, administradores, empresarios, artesanos especializados y trabajadores.
Construían carreteras, puentes, puertos, acueductos, mercados, hospitales, escuelas, teatros, ferrocarriles e instituciones municipales.
No eran espectadores pasivos esperando ser rescatados o modernizados por otro país.
El antiguo Acueducto del Río Piedras no demuestra que España causara la crisis actual del agua en Puerto Rico.
Demuestra que el esfuerzo por construir una infraestructura pública moderna en Puerto Rico comenzó mucho antes de que la bandera estadounidense fuera izada sobre la isla y que los puertorriqueños ya participaban en el desarrollo de su propio país.
La afirmación de que España no construyó nada en Puerto Rico no es historia.
Es un mito sostenido por todo lo que ha sido escondido, minimizado o borrado.
