Fátima Fernández Méndez es una artista visual, escritora y docente. Su trabajo atraviesa distintas disciplinas, siempre guiado por una mirada poética y profunda curiosidad por los lenguajes del arte. Licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Castilla-La Mancha (Cuenca), ha desarrollado una trayectoria plural que abarca la pintura, la literatura y la educación artística.
Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en distintas regiones de España, incluyendo una muestra de videocreación en el Centro de Arte Reina Sofía (El país de los tuertos, 1994) y ha colaborado con galerías, publicaciones y proyectos culturales alternativos.
Compagina su labor artística con la docencia en Educación Secundaria y Bachillerato desde 2006 y con una destacada carrera como autora de literatura infantil, con más de 26 libros publicados en países como España, China, Italia, Francia, Chile, Bélgica, Francia y Estados Unidos, traducidos a más de una docena de idiomas.
Algunos de estos títulos han recibido premios nacionales e internacionales, y el espectáculo teatral basado en su libro “Nora, la niña de sal” –cuyo guión también coescribió-, fue nominado a los Premios Max como Mejor Espectáculo Revelación.
Entiende la creación como una forma de estar en el mundo, de contemplarlo, interrogarlo y transformarlo, siempre desde el diálogo de la materia, intuición y pensamiento.
Además, de este breve currículum personal, Fátima Férnandez Méndez es profesora de Artes Plásticas desde hace más de 18 años en la Fundación Santo Domingo de Oviedo (FESDO) compartiendo su trabajo personal con el mundo de la docencia y haciendo algo bastante complicado en nuestros días como es motivar e involucrar a los alumnos en proyectos artísticos.
Benedicto Cuervo Álvarez- ¿Dónde naciste? ¿Alguno de tus padres se dedicaban al arte?
Fátima Férnandez Méndez- Nací en Puerto de Vega, un pueblo costero del occidente de Asturias. Sin embargo, cuando tenía apenas un año, mi familia se trasladó a Tudela en Navarra. Desde entonces, viví en diferentes lugares: Pamplona, Alcañiz, Cuenca, Madrid… y no fue hasta los 23 años, ya independizada, cuando volví a vivir en Asturias. Esa diversidad de entornos ha marcado mi forma de ver el mundo y, en parte, también mi manera de crear.
Mi madre era artista, y aunque exploró distintas técnicas, se especializó en el esmalte al fuego. Crecí rodeada de artistas y artesanos, de manera muy natural, sin grandes etiquetas. El arte formaba parte del día a día, como algo tan cotidiano como cocinar o leer. Supongo que por eso, para mí, crear nunca fue algo extraño ni distante.
P- ¿En qué momento de tu vida sentiste el deseo de dedicarte a las artes plásticas?
R- No recuerdo un momento concreto en el que decidiera dedicarme al arte, porque para mí siempre fue algo natural, casi inevitable. Como te decía, crecí rodeada de artistas y artesanos, y pasé muchas horas en talleres, acompañando a mi madre o simplemente quedándome horas en el suyo, experimentando con todo lo que tenía a mi alcance. La creación no era una actividad aparte, sino parte de lo cotidiano: una forma de estar en el mundo.
Tuve la suerte de explorar muchas técnicas desde niña, de ver cómo se trabajaba el esmalte al fuego, la cerámica, la pintura, incluso procesos más artesanales o manuales que, sin saberlo, iban sembrando algo en mí. Mi madre tenía su propio taller, y eso me dio un espacio real para jugar, ensayar, equivocarme, repetir… Hoy, al mirar atrás, me doy cuenta de lo afortunada que fui por tener ese lugar propio desde tan pronto. Siempre supe, de alguna forma, que ese era mi lugar, mi sitio.
Acrílico sobre lienzo
P- ¿Dónde estudiaste Bellas Artes? ¿Estabas a gusto con el aprendizaje recibido?
R- Me licencié en Bellas Artes en la Universidad de Castilla-La Mancha, en Cuenca, una ciudad que ya de por sí tiene algo de irreal y que acompañaba muy bien el ambiente creativo que se respiraba en la facultad. Allí tuve la suerte de aprender de artistas como Simeón Saiz Ruiz, José Maldonado o Eva Lootz, cuya forma de mirar y entender el arte dejaron una profunda huella en mí. Más allá de lo académico, fueron años de descubrimiento, de intensidad, de aprendizaje constante dentro y fuera del aula.
P- ¿Qué personas o movimiento artístico ha influido de una u otra forma en tus obras?
R- A lo largo del tiempo me han influido muchas cosas. Durante años trabajé desde lo figurativo, pero con el tiempo sentí la necesidad de ir más allá de la forma, de conectar con algo más esencial, más intuitivo. Fue ahí donde el expresionismo abstracto empezó a resonar con fuerza en mí. Me interesa lo gestual, lo corporal, lo que aparece sin buscarlo del todo. Joan Mitchell, Cy Twombly o ciertas obras de Rothko han sido referentes, no tanto por lo formal, sino por la intensidad y la verdad que transmiten. También me inspiran mucho estéticas orientales y el concepto de wa-sabi, lo imperfecto, lo efímero, lo que se escapa. Y, cómo no, algunas personas cercanas que me enseñaron a mirar más allá de lo evidente.
P- ¿Te sientes más cercanas a los grandes maestros del arte clásico o a los lenguajes contemporáneos? En tu opinión, ¿qué lugar ocupa hoy el arte clásico?
R- Siento un profundo respeto por los clásicos, y de hecho, en mi formación inicial fueron una base imprescindible. Velázquez, Tiziano, Rafael… hay una sabiduría técnica y una mirada sobre el ser humano que sigue siendo asombrosa. Pero mi camino personal se ha alejado de esa representación y acercado a lenguajes más libres, como la abstracción contemporánea. Dicho esto, creo que el arte clásico sigue siendo absolutamente vigente: no tanto por su estilo o su forma, sino por lo que despierta en quien lo contempla. Lo que cambia es la manera en que lo miramos. A veces encuentro más verdad en una pincelada suelta de un retrato antiguo que en obras muy conceptuales de hoy. El arte, clásico o contemporáneo, sirve si es capaz de conmovernos, de despertarnos algo. No depende de la época, sino de la intensidad de la mirada.
P- ¿Te sientes autodidacta o más bien sigues unas determinadas líneas o tendencias?
R- Aunque me formé en Bellas Artes y valoro mucho esa base académica, con el tiempo he ido soltando ciertos marcos teóricos para dar más espacio a la intuición y al descubrimiento personal. En ese sentido, sí me siento bastante autodidacta: aprendo mucho desde la práctica, el error, la observación y el diálogo con los materiales. No sigo ninguna corriente concreta, aunque hay lenguajes que resuenan conmigo, como la abstracción gestual o ciertas estéticas ligadas a lo oriental o lo espiritual. Me interesa crear desde un lugar honesto, no desde una tendencia. Por eso, mi trabajo quizá pueda leerse en distintos niveles: desde lo puramente visual hasta lo poético, lo conceptual o lo sensible. Me gusta pensar que quien se acerca a mis obras puede encontrar algo distinto según su propia mirada.
Acrílico sobre lienzo
P- ¿Qué materiales y colores empleas habitualmente a la hora de elaborar tus obras artísticas? ¿Te lleva mucho tiempo el finalizar tus trabajos?
R- Trabajo principalmente con acrílico, y en este momento estoy muy centrada en la pintura abstracta, en composiciones donde el gesto, el ritmo y la tensión visual son fundamentales. Aunque esa es ahora mi línea principal, sigo explorando otras vías más experimentales, como el uso del papel de arroz y seda, o la búsqueda de transparencias que permitan que la luz atraviese la obra y forme parte activa de ella.
En cuanto al tiempo que me lleva cada obra, es difícil medirlo solo por el resultado visible. A veces una obra se resuelve en pocos días, pero lo que no se ve –la lectura, las pruebas, los materiales que se descartan, la observación- forma parte también del proceso. Es un trabajo más amplio que incluye estar atenta de lo que no se dice. Como una obra de teatro: lo que llega al escenario es solo la punta del iceberg.
P- ¿Cómo ves el panorama artístico nacional e internacional hoy en día? ¿Hacia dónde se dirige? ¿Vamos hacia la decadencia del arte debido al auge del 3 D, los dibujos o grabados realizados por Internet o la Inteligencia Artificial?
R- El panorama artístico actual es complejo, diverso y muy dinámico. Vivimos en un momento de saturación visual, donde conviven muchas formas de creación: desde propuestas profundamente sensibles y personales hasta obras generadas por inteligencia artificial o productos diseñados para redes. No creo que estemos ante la decadencia del arte, pero sí ante una transformación que obliga a repensar qué entendemos por arte y qué valor le damos al proceso, a la mirada humana y a la experiencia directa con la materia.
Lo digital y la inteligencia artificial pueden ser herramientas, incluso lenguajes nuevos, pero no sustituyen la presencia física, la intuición, el error, lo imprevisible. Hay algo irreemplazable en el gesto de un trazo, en una textura, en la relación cuerpo a cuerpo con los materiales. Y eso sigue emocionando y sigue siendo necesario. Creo que, más que hablar de decadencia hay que hablar de responsabilidad: como artistas y como público. Saber elegir, saber mirar, y saber distinguir entre una imagen de impacto inmediato y una obra que despierta sensibilidades y que tiene hondura.
P- ¿Qué obra estás realizando en estos momentos? ¿Qué tienes pensado hacer en los próximos años?
R- Ahora estoy inmersa en una serie de obras abstractas donde el color y la transparencia tienen un papel central. Trabajo a capas, dejando que los colores interactúen entre sí. Me interesa mucho cómo la luz atraviesa la pintura, cómo ciertas zonas respiran más que otras, como el encuadre construye espacios de silencio y de voz.
Hay una apuesta fuerte por el color neón y por la saturación intensa que remite a una energía eléctrica. Busco conectar con lenguajes urbanos, digitales, incluso musicales. Me atrae, especialmente, esa tensión entre el exceso y la calma: cómo incluso el ritmo visual –cuando se trabaja desde la intención y el ritmo- pueden abrir un lugar para la contemplación, una forma inesperada de silencio.
No pienso a largo plazo en términos de “proyectos cerrados”, pero sí tengo un horizonte que voy perfilando. Me gustaría seguir desarrollando esta línea de abstracción, quizás integrando otros soportes o formas de mostrar las obras, buscando modos de exposición menos convencionales, más inmersivos o más contemplativos.También me interesa seguir profundizando en la dimensión espiritual o meditativa del arte abstracto, en cómo una imagen puede generar un estado interior. Para mí, crear no es ejecutar una idea preestablecida, sino permanecer en una escucha activa, dejar que el propio hacer me guíe, y confiar en que ahí, en ese gesto, se revela algo más grande que yo.
Estoy abierta a propuestas expositivas que conecten con esta forma de entender el arte: espacios que acojan la contemplación, el silencio o incluso el juego, y que permitan al espectador relacionarse con la obra desde otro lugar. Me interesa colaborar con quienes sientan que estas obras pueden dialogar con su contexto o su mirada.
P- ¿Dónde se puede seguir tu trabajo más reciente o estar al tanto de tus próximos proyectos?
R- Estoy compartiendo mi proceso artístico y parte de mis obras más recientes en Instagram, que es ahora mismo la plataforma donde me resulta más natural mostrar lo que hago, tanto a nivel visual como de pensamiento. Me pueden encontrar como @marianadeprusia, y desde ahí se puede ver no solo la obra final, sino también parte del camino que hay detrás.
