Reivindico “hispana” porque vengo de Hispania —España— por la historia, la lengua y por Puerto Rico.
Crecí en Mayagüez, Puerto Rico. Me formaron maestros que defendían el español y sabían de dónde veníamos. Para mí, “hispano” no es una etiqueta impuesta: es el hilo que nos nombra desde Hispania y nos une con España. Entiendo que muchos rechazaran “Hispanic” en los 80–90 por verlo burocrático; respeto esos debates. Pero mi respuesta es sumar, no borrar: puertorriqueña e hispana. Negar “hispano” sería negar, en gran parte, a mi Madre Patria.
Aclaro algo esencial: no soy antiamericana. Vivo en Estados Unidos, educo aquí y agradezco lo bueno. Tras 128 años de un arreglo colonial sin representación plena, Puerto Rico tiene derecho a decidir si desea regresar a su Madre Patria. España es mi Madre Patria; EE. UU., desde 1898, fue nuestro padre patrio.
Los nombres importan porque cuentan historias. Decir “hispano” me recuerda cuatro siglos de vínculos, la Carta Autonómica de 1897, el golpe de 1898, la ciudadanía estadounidense concedida en 1917, sin voto directo del pueblo puertorriqueño… y, pese a todo, la continuidad de la lengua española. Por eso, cuando subí al Comité de Descolonización de la ONU (2024, 2025 y 2026), no fui a insultar a nadie: fui a nombrar lo que somos y a pedir una opción democrática y pacífica —la reunificación con España—.
No es romanticismo vacío: es gratitud y pertenencia. El “buenos días” y el “te quiero” que aún nos decimos piden sintonía entre cultura y estatus. Yo elijo la palabra que no me encoge, la que me reconoce: hispana. Y el futuro que anhelo para mi isla: volver a casa, a España, con la frente en alto.
