Entre sus libros tenemos: Colmena y pozo (1930), Llanura (1933), La noria del agua muerta (1936), Mimbres de pena (1938), Ganando el pan (1942), Poemas de la cardencha en flor (1947), La trilogía del vino (1948), Jaraíz (1950), La octava palabra (1953).
Para situar a Juan Alcaide en su generación, diré que coetáneos suyos fueron: Luis Felipe Vivanco, Carmen Conde, Eugenio de Nora, Juan Panero, Victoriano Crémer, Leopoldo Panero, Luis Rosales y el mismísimo Miguel Hernández. Son luchadores en su temática poética y en su vida rebelde. Cargan sus tintas sobre lo humano. Dicen de dolor, de interior y de espíritu. Pero, aún así, Alcaide es un poeta aparte, como poeta aparte fue también Miguel Hernández, con quien (según mi admirado amigo y profesor D. Rafael Llamazares –el más grande estudioso de Alcaide) más tiene de común; es a quién más se asemeja. Alcaide y Hernández poetas de la íntima trascendencia. Con Machado ocurre lo mismo, mantiene un paralelismo tanto en lo temático como en la defensa de sus particulares obras. En Machado es constante la intimidad melancólica; en Alcaide, el íntimo desgarro. Los dos a caballo entre lo telúrico y lo célico: Andalucía y Castilla, el primero; Andalucía y La Mancha, el segundo. Y además causas comunes: el desamor; la intimidad; el paisaje; el recuerdo; la amistad; el pueblo llano y cruel; la muerte; el luto; la esperanza; y Dios!, la injusticia; el amor deseado y no correspondido; la tierra y sus hombres; también la locura del por qué… y Dios!, según se apunta en https://juan-camacho.es/juan-alcaide-sanchez/
El libro La noria del agua muerta introduce ya una variante respecto a ese telurismo íntimo que acabamos de describir. El poeta, tiende paulatinamente a la objetivación. Es el momento de cantar a las personas, costumbres y caracteres que configuran la Mancha. De ahí la descripción del gañán, del trillador, el molinero, motivando la descripción costumbrista. Las realidades más próximas al escritor quedan reflejadas con fidelidad, captando escenas cotidianas.
El poema «Tres palabras a Dios» nos enfrenta con un vivo problema existencialista: el deseo —propio de toda condición humana— de abandonar la soledad, así como la búsqueda voluntaria y constante, febril y ciega en ocasiones, del prójimo. O, por decirlo en términos unamunianos, la búsqueda de «la otredad».
El escritor valdepeñero ha recorrido un largo camino hasta 1949, fecha de la publicación de Jaraíz. Ha hecho suyas, íntimas, todas las realidades paisajísticas manchegas, sus costumbres, sus ritos casi dionisíacos, sus tonalidades luminosas. ¿Cómo? Respirándolas desde su infancia, mediante el placer de contemplarlas, soñándolas o identificándolas con su cuerpo y alma, como acabamos de ver. Las palabras que nombran aquellas realidades mudan —sin abandonar éstas— los referentes a que en esta primera época apuntaban, como indica Carmen Montero Herrero en “Juan Alcaide, «poeta de la Mancha »”.
Autora Encarnación Sánchez. Publicado inicialmente en Diario Jaén
