Desde la antigüedad, el concepto de Madre ha sido venerado por la humanidad. Ya desde el paleolítico tenemos evidencias de la devoción que aquellos hombres tenían hacia la mujer gracias a la maternidad, pues se supone que era vista como la pieza clave para la supervivencia de la especie.
Por poner un ejemplo, la figura de la «Venus de Willendorf» nos habla de ello resaltando los atributos femeninos destinados a dar vida, referente obvio a la fertilidad, siendo la representación más conocida de esta época, sin olvidar las demás venus o diosas madre como las de «Brassenpouy, Lespugue, Laussel, Dolní Věstonice o Catal Huyuk», todas resaltando los mismos atributos. El nombre de «Venus» se lo dio el arqueólogo Paul Hurault al encontrar una figura femenina sin cabeza, pies ni brazos, pero mostrando abiertamente su sexo: la «Venus de Vibraye», a la que bautizó como Venus Impúdica (o Inmodesta), para diferenciarla de las Venus Púdicas clásicas que escondían su sexo.
Al comienzo de la civilización en Mesopotamia, Inanna o Ishtar representan el arquetipo de la diosa madre. Inanna era la diosa del amor, la sexualidad, la sensualidad, la fertilidad y la guerra, replicada más tarde como Ishtar por acadios, babilonios y asirios, dejándose ver su influencia en la diosa hurrita Sauska o la fenicia Astarté, diosa de la naturaleza, la vida y la fertilidad, pero también de la caza y la guerra, de quien se piensa que fue la base para el nacimiento de las diosas griegas Artemisa y Afrodita y, cómo no, la Venus romana.
En la India, Parvati es la diosa madre de la fertilidad que equilibra el mundo, diosa de la fecundidad, el amor, la belleza, la armonía o la devoción, así como de la fortaleza divina. En la mitología china, Nüwa es una figura central y multifacética que desciende de los cielos y juega roles fundamentales en la creación y el mantenimiento del mundo. Crea la humanidad haciendo figuras de barro e insuflándoles su aliento divino creador de vida, como diosa madre tiene la capacidad femenina para crear, preservar y nutrir la vida misma.
Pero si nos vamos al otro lado del mundo, tenemos la Pachamama o Madre Tierra de los pueblos indígenas andinos. A diferencia de las deidades que hemos visto hasta ahora, Pachamama es un concepto o entidad maternal, una presencia constante, tangible y cercana. Representa la tierra viva, fértil y generosa que sustenta a todos los seres, y se manifiesta como una entidad maternal que nutre, protege y renueva la vida, una deidad con la que se interactúa, pues cuida de los seres humanos, posibilita la vida y favorece la fecundidad y la fertilidad, a cambio de realizar ofrendas en su honor.
En este breve repaso que acabamos de hacer, hemos visto la importancia que para la humanidad tiene resaltar la fertilidad honrando la maternidad y elevándola a la categoría de divinidad, algo común a todas las culturas, sin importar la época o el lugar del mundo donde se desarrollan.
Pero para encontrar la primera celebración homenajeando a las madres tenemos que volver hacia el pasado y visitar el antiguo Egipto. La civilización egipcia percibía la maternidad como un don divino, un pilar esencial para la continuidad de la familia, valorando el papel de la mujer como dadora de vida, pues a diferencia de otras culturas, los egipcios partían de la dualidad, reconociéndose distintos pero iguales, conociendo además el funcionamiento de la concepción, por lo que al venerar a sus diosas rendían tributo a todas las mujeres que, como madres, eran el sostén fundamental de la sociedad.
Pero la cosa no es tan fácil porque tenemos cuatro diosas consideradas madre: Taweret, Mut, Hathor e Isis. Taweret: cuyo nombre significa “La Grande”, diosa protectora del parto y la fertilidad. Mut: diosa del cielo y esposa de Amón, su nombre significa “La Madre”; se la consideraba el origen de todo lo creado. Hathor: diosa del cielo, protectora de la maternidad y de los niños. Diosa del amor, la alegría, la música y la danza. Hija del dios del Sol, Ra, su nombre significa “La Casa de Horus”, por ser la madre y esposa de este dios y, por último, Isis: Hermana y esposa de Osiris y madre de Horus. Isis es la madre devota por excelencia, protectora, sabia, compasiva y poderosa. Su nombre deriva de la palabra egipcia “Eset”, “El Asiento”, en referencia a su estabilidad y al trono de Egipto, ya que estaba considerada como la madre de todos los faraones y por ello se celebraba un festival anual en su honor, agradeciendo su papel como madre universal, que puede considerarse como el antecedente más antiguo de las festividades dedicadas a las madres.
Su relevancia fue incrementándose con el pasar del tiempo, llegando a levantar templos propios en su honor, pero si algo sobresale de ella es su naturaleza universal; con la llegada a Egipto de los griegos, su culto se va helenizando y exportando hacia diversos lugares del Egeo. Posteriormente, ya en el Imperio Romano, tuvo una suerte variada, pasando de su prohibición a su aceptación, llegando a ser una divinidad tan popular que trascendió no solo los límites geográficos, sino también el temporal, dejándose sentir su influencia hasta en el cristianismo.
En la Grecia Clásica, la diosa Rea era la madre de los dioses Zeus, Poseidón, Hades, Hera, Deméter y Hestia. Asociada con la fertilidad, la maternidad y la renovación. Durante las Dionisias, festivales en honor del dios Dionisio, se rendían homenajes a Rea en reconocimiento a su papel fundamental en el panteón griego como madre de los dioses.
Roma simplemente heredó la celebración en una fiesta llamada las Hilarias (las alegres), que se celebraba el 25 de marzo en honor a Cibeles, conocida como la Gran Madre o Magna Mater frigia. Pero volvemos a complicar la cosa, pues Roma ya tiene tres diosas madre: Venus, diosa del amor, la belleza y la fertilidad. Terra, llamada Terra Mater (Madre Tierra), equivalente a Rea y, por lo tanto, diosa de la tierra, de la fertilidad y del renacer, y Vesta, diosa del fuego familiar, representa el valor de la protección maternal, siendo la protectora de la humanidad.
Los griegos habían recogido el culto frigio a la diosa Madre Tierra que tenía su origen en la ciudad de Pesinunte, antigua ciudad de Anatolia, hoy Turquía, donde había caído el betilo (piedra sagrada habitada por la deidad), llamado Kubele, que da origen al nombre Cibeles, que habían adoptado, identificándola con Rea.
Los romanos, prácticos en todo, pero muy supersticiosos, lejos de imponer un único sistema de creencias, permitieron que los pueblos que conquistaban continuaran venerando a sus propias deidades siempre que no fuera un peligro contra el sentimiento nacional y la seguridad del Estado, siendo características propias romanas la permeabilidad y el sincretismo que les llevó a adoptar aquellos cultos que consideraban convenientes o que concebían como poderosos. Lo interesante es que, pese a que la mujer en la sociedad romana tenía una posición jurídica y social restringida, sin acceso a numerosos derechos ni participación política, la figura materna continuaba teniendo un papel simbólico de gran relevancia. Así, el culto a Cibeles se transformó en un medio por el cual, de forma ritual y colectiva, se reconocía el papel crucial de la maternidad como pilar espiritual, otorgador de vida y fuerza de regeneración del mundo.
La ascensión del cristianismo a religión del Imperio no supuso al principio ningún cambio espectacular en la sociedad romana; poco a poco pasó a combatir los rituales paganos apropiándose de símbolos y figuras con un gran arraigo espiritual en el pueblo y aquí es donde entra la figura materna sagrada que pasó de las diosas como Isis o Cibeles a la Virgen María, madre de Jesús, aunque no como diosa, pero con el mismo concepto de madre por excelencia.
De manera que todo cambió, para que nada cambiara; a través de María se siguió homenajeando la maternidad; simplemente había cambiado el concepto. El concilio de Éfeso, celebrado en el año 431, declaró oficialmente a María la madre de Dios, y a partir de aquí María asimiló muchos atributos de las diosas precristianas y sus santuarios consagrados a las deidades femeninas pasaron a dedicarse a ella. A lo largo de la Edad Media, el culto se fue afianzando; mayo se adoptó como el mes de María, tradición heredada de Roma y su culto a Minerva, y el 8 de diciembre consagrado a la Inmaculada Concepción se convirtió en el homenaje a la Madre.
Más tarde aparece un nuevo concepto, el de Iglesia Madre, término que describe a la Iglesia cristiana como una madre que sustenta y protege al creyente. Con este concepto, en la Inglaterra e Irlanda del siglo XVII aparece el «Mothering Sunday», donde a los sirvientes de las grandes casas y palacios que vivían lejos de su familia se les permitía regresar a visitar su parroquia local, en la cual habían sido bautizados, el cuarto domingo de cuaresma. Con el tiempo, esta celebración acabó convergiendo también como una celebración hacia las madres biológicas.
Hagamos un salto hacia delante para irnos a mediados del siglo XIX. En plena Guerra de Secesión de los Estados Unidos, encontramos a una mujer, Ann Reeves Jarvis, que organizó en West Virginia unos grupos de madres que atendieron a los heridos sin importar el bando en el que estuvieran. Ya antes de la guerra había trabajado en cuestiones de salud y de seguridad social de las mujeres trabajadoras. Al finalizar la contienda, empezó a reunir a las madres de soldados, naciendo las «Mother’s Day Meetings» (Reuniones del Día de la Madre), donde insistía en que debía existir un día de reconocimiento para las madres trabajadoras y el servicio que éstas prestan a la humanidad.
Un poco más tarde Julia Ward Howe, escritora, poeta, abolicionista, sufragista femenina en pro del voto femenino y activista social estadounidense, fue una firme defensora de los derechos de las mujeres y del sufragio universal. Escribió una poesía en favor de la paz, la «proclama del Día de las Madres», recibiendo en 1908 el justo reconocimiento al ser la primera mujer elegida para la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras. Su marido, el médico Samuel Gridley Howe, no aprobaba su aptitud independiente, su activismo social, ni tan siquiera que ella escribiera, mucho menos que quisiera tener una carrera independiente; de manera que ella se consideraba un pajarillo en una jaula de oro. Samuel, progresista en el contexto de su época, opinaba que el papel de la mujer debía centrarse en el hogar y en el cuidado de sus hijos. Al enviudar, Julia escribió en su diario: “Inicio hoy mi nueva vida”.
¡Levántense, mujeres de hoy! ¡Levántense todas las que tienen
corazones, ya sea su bautismo de agua o de lágrimas! Digan con firmeza:
’No permitiremos que grandes asuntos sean decididos por agencias
irrelevantes. Nuestros maridos no regresarán a nosotras apestando a
matanzas, en busca de caricias y aplausos.
No se llevarán a nuestros hijos para que desaprendan todo lo que hemos
podido enseñarles acerca de la caridad, la compasión y la paciencia.
Nosotras, mujeres de un país, tendremos demasiada compasión hacia
aquellas de otro país para permitir que nuestros hijos se entrenen para
herir a los suyos.
Desde el seno de la tierra devastada, una voz se alza con la nuestra. Dice
¡Desarma! ¡Desarma!' La espada del asesinato no es la balanza de la
justicia. La sangre no limpia el deshonor, ni la violencia es señal de
Así como los hombres a menudo han dejado arado y yunque por el
llamamiento a la guerra, que las mujeres ya dejen todo lo que queda de
su hogar para un día grande y serio de consejo. Que se reúnan
primeramente, como mujeres, para conmemorar y llorar por los muertos.
Que se aconsejen solemnemente de la manera en la que la gran familia
humana pueda vivir en paz, cada uno llevando en su tiempo la impresión
sagrada, no de César, sino de Dios.
En nombre de la maternidad y la humanidad, les pido solemnemente
que sea designado un congreso general de mujeres, sin importar
nacionalidad, y que se lleve a cabo en algún lugar que resulte
conveniente, a la brevedad posible, para promover la alianza de
diferentes nacionalidades, el arreglo amistoso de cuestiones
internacionales y la gran causa universal de la paz.»
Julia Ward Howe, Proclama del día de las madres
Como vemos, Howe era una adelantada a su tiempo. En el poema no solo exalta el valor y coraje de las mujeres, sino que además las empuja a ser protagonistas de un cambio social, animándolas a reunirse con el objetivo de erradicar la violencia y abogar por la paz, una idea radical en un periodo en el que la mujer no solo no era considerada, sino que prácticamente no tenía derechos. Esta nueva visión de la maternidad sirvió como base para los nuevos movimientos feministas y pacifistas que vinieron después.
Dos años después de la muerte de Ann Reeves Jarvis, su hija Anna Jarvis comenzó una campaña para homenajearla inspirada tanto en el altruista trabajo de su madre hacia sus semejantes como en la reivindicación de Julia Ward Howe. Envió cartas a todos los congresistas, gobernadores, celebridades y personas importantes, topándose con el machismo de algunos que se burlaban diciendo que también había que instituir el día de la suegra. Pero, curiosamente, poco a poco todos los estados de la Unión fueron reconociendo el festivo hasta que el presidente Woodrow Wilson decreta el segundo domingo de mayo como Día de la Madre.
Pero ocurrió que la fiesta se desvirtuó; lo que tendría que ser un homenaje sincero de amor hacia las personas que nos dan la vida se fue convirtiendo en algo sin carga emocional, puramente comercial. Una fecha tan señalada era un excelente pretexto para vender regalos. A Jarvis no le gustó este cambio de rumbo y se convirtió en una ferviente activista en contra de la fiesta que ella misma había creado al considerar que el Día de la Madre era su “propiedad intelectual y legal”, y no parte del dominio público. Su lucha fue en vano; antes de morir, confesó a una periodista: “Me arrepiento mucho de haber creado el Día de la Madre”.
Pronto otros países fueron adoptando el mismo día para homenajear a las madres, aunque no todos; en España el Día de la Madre seguía siendo el 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción, al igual que los demás países católicos hasta ese momento.
Fue Julio Menéndez García, poeta y funcionario de correos de Carlet (Valencia), quien, inspirado en Anna Jarvis, escribió una poesía, el «Himno de la madre», publicada en 1925, proponiendo la creación de un día para homenajear a las madres en todos los países hispanoamericanos, petición hecha al Gobierno, a la Iglesia y a la Prensa, quien recogió su iniciativa reseñada en un artículo publicado en la revista “La Unión Ilustrada” o el diario “La Libertad”, entre otros medios de la época que la apoyaron, también el vespertino “La Voz”, aunque este lo hizo con cierta sorna.
A pesar del apoyo de la prensa, la iniciativa de Menéndez no tuvo una acogida entusiasta, pues, entre otras razones, los países hispanoamericanos imitaban la iniciativa estadounidense, pero tampoco cayó en saco roto.
Recogida por la “Federación Ibérica de Sociedades Protectoras de Animales y Plantas”, la incluyó en un proyecto denominado “Semana de la Bondad”, con motivo del 700 aniversario de la muerte de San Francisco de Asís, de manera que el 4 de octubre de 1926 se celebró en Madrid el que puede considerarse el primer Día de la Madre; en él se dio a los niños más pobres flores para que se las entregaran a sus madres como señal de cariño y respeto, se instalaron ese día más de una docena de puestos que repartieron en total 35.000 ramos, según el periódico “La Correspondencia militar” en su nº. 14.527 de ese día.
Si este fue el primer Día de la Madre en España, no fue el definitivo. Un año más tarde, el periódico “Nuevo Mundo” proponía adherirse a la fecha de EEUU; de hecho, ciudades como Zaragoza, Logroño o Málaga lo hicieron por su cuenta, pero habrá que esperar a 1936, cuando el poeta canario Félix Duarte Pérez proponga en una sesión del pleno del ayuntamiento de Breña Baja (La Palma) la celebración de un día para homenajear a las madres, convirtiéndose en el primer municipio español en celebrar este día de forma oficial.
Al finalizar la Guerra Civil, Falange Española Tradicionalista y de las JONS, único partido permitido durante la dictadura franquista, a través de su Frente de Juventudes impulsa en 1939 la celebración del Día de la Madre, volviendo a hacerla coincidir con la fiesta de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre, recuperando de esta forma la tradición católica.
Y así continuó hasta los años cincuenta, donde la recuperación económica de España permitió un auge comercial sin precedentes. Pepín Fernández, creador de los grandes almacenes Galerías Preciados, había emigrado de niño a Cuba; de allí pasó a México, regresando a La Habana dos años más tarde, comenzando a trabajar en los almacenes El Encanto, donde aprendió el negocio, iniciando una carrera meteórica que culminó como gerente de dichos almacenes. Entre sus muchas e innovadoras medidas, introdujo normas para el control de los empleados, fomentó las relaciones públicas e incorporó celebraciones como estímulo para las compras, entre ellas la del Día de la Madre, que ya se celebraba el segundo domingo de mayo como reflejo del de EE.UU.
Genio del márquetin y con una aguda visión comercial, de regreso a España implantó dicha celebración a imagen y semejanza de la cubana el segundo domingo de mayo, desechando diciembre por entender que estaba comercialmente saturado por la Navidad, uniéndose de esta manera al movimiento del resto de países que ya celebraban dicha fiesta ese día, aprovechando astutamente que en España, mayo estaba vinculado a las celebraciones marianas, lo que favorecía su aceptación.
La jugada fue todo un éxito, al que rápidamente se sumó su gran competidor El Corte Inglés, que pugnaba por mantener la fecha del 8 de diciembre, generando una guerra comercial sin precedentes que mantuvo durante un tiempo las dos fechas a la vez. Finalmente, en 1965, se establece el Día de la Madre el primer domingo de mayo, decisión apoyada por el régimen franquista y la Iglesia, que veían con buenos ojos su vinculación al mes mariano.
Y así hasta el día de hoy, aunque hay que aclarar que esta celebración en España no se ha declarado oficialmente y que su carácter es meramente popular.
Desde los albores de la humanidad, la figura de la madre ha sido mucho más que una mera función biológica, encarnando el misterio de la creación, siendo símbolo de fertilidad y de continuidad de la vida, aparte de su dimensión cósmica, espiritual y cultural. Personifica los mismos valores, los mismos ideales en todas las culturas, tal y como hemos visto desde las antiguas diosas, pasando por la Virgen María cristiana, hasta la actualidad, combinando historia, devoción y emociones, aunque hoy su celebración esté desvirtuada por el consumo.
Buscando en el fondo de nuestros corazones hallamos la gratitud y el cariño hacia aquellas que nos dieron la vida, que nos aman ciegamente, con un amor altruista por encima de todo, aquellas que nos moldearon, nos formaron y educaron, aquellas que nos vieron partir con el corazón roto, pero nos recibieron siempre con los brazos abiertos, sin preguntas ni reproches. Aquellas a las que, tanto tiempo después, seguimos echando de menos.
