El último horizonte
En un mundo de sol y arena, donde los espacios parecen no tener fin y los enemigos se confunden con el propio desierto, un puñado de hombres a lomos de caballos incansables sostuvo la última frontera del Imperio español.

Bienvenidos al Refugio del Raposo, un apacible lugar desde el que intentaré contarte pedacitos de historia sin ataduras ni cortapisas.
Entra y ponte cómodo, la aventura está a punto de comenzar…
En un mundo de sol y arena, donde los espacios parecen no tener fin y los enemigos se confunden con el propio desierto, un puñado de hombres a lomos de caballos incansables sostuvo la última frontera del Imperio español.
Al evocar el Imperio español, solemos llenar la boca con gestas colosales —y no faltan, con sus luces deslumbrantes y sus sombras inevitables—, pero a menudo olvidamos un detalle esencial: los españoles, en aquel vasto entramado, éramos minoría. Incluso en los temidos tercios, la columna vertebral militar de la Monarquía, abundaban flamencos, alemanes, suizos, italianos y un sinfín de europeos que, juntos, daban forma a aquella maquinaria bélica que hizo temblar a medio mundo.
Hoy quiero contaros la historia de uno de esos hombres. Un hombre nacido en la verde Irlanda, que encontró en el ejército español no solo un refugio, sino un destino. Un soldado que, lejos de su tierra natal, terminó siendo pieza clave en la consolidación de la frontera norte del imperio, en aquel remoto y áspero septentrión hispano donde la vida pendía de un hilo y la historia se escribía entre polvo, espuelas y coraje.
No queridos amigos, no hablaremos hoy de tauromaquia, ni este es un artículo a favor o en contra de los toros. Nada de lo que aquí leáis tiene que ver con ellos… salvo el nombre. Lo que viene es otra cosa: una de las historias más fascinantes —y más desconocidas— de nuestro pasado reciente. La historia de cuando España estuvo a un paso de tener su propia bomba atómica, de codearse con las grandes potencias en plena Guerra Fría. Una historia real, sorprendente y casi olvidada.
Entre los pueblos surgidos tras la caída de Roma, los godos fueron quienes asumieron con mayor profundidad su herencia. No destruyeron el mundo romano, al contrario adoptaron sus modelos militares y administrativos, fijaron por escrito su derecho tradicional en latín —como demuestra el Código de Eurico— y sustituyeron gradualmente su lengua germánica por el latín vulgar, eje de la vida política y cultural.
Desde las brumas del norte de Escandinavia hasta su ocaso en la Hispania meridional, la epopeya de los godos suele quedar relegada a un breve paréntesis entre dos gigantes de la historia: Roma y al Ándalus. Sin embargo, su travesía fue larga y decisiva. Durante casi seiscientos años —doscientos de ellos en la península ibérica— los godos fundaron reinos, se enfrentaron a imperios y dejaron una huella profunda en la configuración política, social y cultural de Europa occidental, especialmente en la Hispania tardoantigua.
En la primavera de 1937, Pablo Picasso se enfrentaba al lienzo más grande de su vida con la mente en blanco y el ego acorralado. El gobierno de la Segunda República Española le había encargado un mural político para la Exposición Internacional de París, pero el genio malagueño —absorto en sus obsesiones taurinas, y atrapado en un desorden sentimental que lo descentraba— no encontraba el camino. Todo lo que bocetaba se le quedaba corto, ajeno, insuficiente para la magnitud del encargo.
Fue la masacre del 26 de abril en la villa de Guernica la que lo arrancó de esa parálisis. El bombardeo, brutal y metódico, le devolvió un propósito. Y al volcar sobre la tela la misma violencia descarnada con la que despedazaba a sus musas en la intimidad, Picasso no solo creó su obra cumbre: alumbró el manifiesto antibélico más poderoso del siglo XX.
Una obra maestra que nació incomprendida porque no mostraba ni soldados ni héroes, sino la radiografía desnuda del horror moderno.
Durante generaciones se ha repetido que la batalla de Trafalgar fue el golpe final al poder naval español, el instante preciso en que España dejó de contar en los mares. Como si, tras aquella derrota, la Armada hubiera desaparecido de un plumazo del mapa marítimo, borrada sin más de la escena internacional.
La realidad, sin embargo, es bastante más compleja. Y, como tantas veces, la historia se empeña en desmontar simplificaciones cómodas y mitos que se han instalado como verdades absolutas.
Hoy nos parece de lo más normal ver a militares españoles desplegados en misiones de paz por medio mundo —de Irak al Sahel, o en la frontera oriental de la OTAN, en Letonia— amparados por mandatos internacionales. Las labores humanitarias y de estabilización de nuestras Fuerzas Armadas forman ya parte de la imagen exterior de España: profesionalidad, neutralidad y una capacidad de ayuda que pocos discuten.
Pocos escritores han quedado tan ocultos tras la sombra de su propia obra como Miguel de Cervantes Saavedra. Todo el mundo conoce El Quijote; incluso quien jamás ha abierto el libro recuerda la escena de los molinos. Pero si preguntamos por el hombre que lo escribió, suele aparecer un silencio incómodo. La obra es universal, pero su autor sigue siendo un desconocido.
Y sin embargo, Cervantes fue mucho más que un nombre en la portada. Fue soldado, herido en combate, prisionero durante años, funcionario mal pagado, viajero incansable y soñador empedernido. Vivió entre esperanzas y desengaños, entre risas y cicatrices. Y con esa vida a cuestas —y una pluma que parecía más fuerte que cualquier espada— terminó cambiando para siempre el rumbo de la literatura universal.
Todo «gilipollas» tiene un pasado, y la palabra también. En España, este insulto —que en origen era bastante inocente— ha ido subiendo de categoría con el tiempo hasta convertirse en una ofensa de nivel medio-alto, de esas que se sueltan con intención pero sin llegar a romper amistades.