Teoría Cósmica de la Energía
Durante años nos contaron que la crisis energética era un problema técnico, que faltaban mejores paneles o mejores baterías. No faltaba tecnología. Faltaba una teoría.
Durante años nos contaron que la crisis energética era un problema técnico, que faltaban mejores paneles o mejores baterías. No faltaba tecnología. Faltaba una teoría.
La narrativa hegemónica de la transición energética global promueve activamente un optimismo tecnológico ciego, articulado sobre promesas idílicas de descentralización, inteligencia artificial y redes inteligentes de captación fotovoltaica y eólica.
En el principio no fue el mercado, ni la frontera, ni el contrato social. En el principio fue la radiación. Todo cuanto existe en el universo manifestado —desde el latido microscópico de una célula hasta el engranaje industrial de una metrópolis, desde la estructura molecular del agua hasta el pensamiento abstracto que articula este ensayo— es, en su sustancia más elemental, energía organizada.
La historia de la civilización puede entenderse como la historia de sus fuentes de energía y de sus formas de organización. Cada gran transformación tecnológica ha producido también una nueva forma de sociedad, una nueva economía y un nuevo tipo de ciudadano.
La humanidad atraviesa una crisis que no es solo ecológica, ni económica, ni política. Es, ante todo, una crisis de sentido. Hemos perdido la capacidad de imaginar un futuro deseable que no sea la prolongación del presente —con sus desigualdades, su extractivismo, su violencia— o su versión apocalíptica —con colapso, guerras, oscuridad. Entre la resignación y la catástrofe, el espacio de la esperanza activa se ha vuelto casi invisible.
Durante gran parte del siglo XX, el ambientalismo estuvo marcado por la denuncia. Protestar contra la contaminación, defender bosques, cuestionar industrias extractivas y exigir regulaciones ambientales eran acciones fundamentales dentro de una lucha que buscaba frenar el deterioro ecológico del planeta.
El futuro de la humanidad no está escrito. No porque seamos libres en abstracto, sino porque el determinismo tecnológico es tan falso como el optimismo ingenuo. La historia no tiene piloto automático. Pero tampoco es una pizarra en blanco. Las condiciones materiales, las infraestructuras energéticas, los flujos de poder, las herencias del pasado: todo eso pesa. Y pesa mucho.
Recientemente, el editor de una prestigiosa revista digital española me hizo una observación interesante: «¿Por qué el Solarismo no habla de la energía eólica?».