Entiendo el dolor humano de quienes llegan buscando futuro; lo reconozco sin reservas. Pero hoy centro mi voz en los ceutíes: en la vida diaria que se altera, en la seguridad de los barrios, en los servicios y las escuelas que se tensan, en el derecho de transitar sus calles en paz. Pido que prevalezcan la ley, el orden democrático y la protección efectiva de su gente y de su territorio. Ayuda para quien la necesita; amparo y resguardo para quien ya vive allí.

La memoria del Penal de Monte Hacho no es casual: allí estuvieron presos puertorriqueños tras el levantamiento de 1868, el Grito de Lares. Esa herida compartida nos hermana y me obliga a hablar con firmeza y afecto. También nos une la historia del siglo XIX: durante la Guerra de África, desde Puerto Rico partieron apoyos —soldados, marineros, sanitarios, donativos y víveres— que cruzaron el Atlántico para sostener a Ceuta. Hubo manos tendidas y cartas que aún resuenan como prueba de una solidaridad antigua.

No quiero para Ceuta lo que Puerto Rico sufrió: decisiones ajenas que desgarran la pertenencia y rompen la vida cotidiana. Que nadie juegue con su estatus ni con su gente. Ceuta es y debe seguir siendo España.

Desde esta orilla despatriada, te abrazo, hermana.