Su vida, tantas veces contada desde el prejuicio, merece ser recuperada con la grandeza que tuvo: durante diecisiete años gobernó León como reina propietaria, intitulándose emperatriz mientras desafiaba las normas de su tiempo y enfrentándose a nobles, clérigos, familiares e incluso a su propio pueblo, sin descuidar a los enemigos externos, manteniendo la firmeza y la autoridad de todo un rey. Su huella en la historia, durante siglos ignorada, empieza por fin a ser revisada y reconocida en toda su magnitud.
Pero Urraca no estaba hecha para el silencio ni para el olvido. Fue reina, emperatriz y heredera de un linaje que marcó la historia de la Península. Su vida, tantas veces distorsionada por la misoginia medieval, exige ser contada con justicia.
Antes de adentrarnos en la vida de esta gran reina, conviene detenerse en el origen de su nombre: Urraca. Su procedencia es incierta, aunque desde muy temprano aparece vinculada al norte peninsular, especialmente al ámbito pirenaico navarro‑aragonés del reino de Pamplona. Sobre su etimología se han propuesto varias teorías: una la relaciona con el latín furax (propenso al hurto), aplicado al ave por su afición a los objetos brillantes; otra la conecta con el euskera urre o urrak (brillar), enlazándola con la variante latina auracea (dorado, resplandeciente), derivada de aurum (oro), lo que convertiría a Urraca en «la que brilla». También se ha sugerido un posible origen germánico, desde Ulrika, «loba gobernante» o «señora de todo», aunque esta hipótesis es la menos verosímil.
No puede precisarse con seguridad cuál de estas teorías es la correcta. Lo que sí sabemos es que el nombre está documentado desde la Alta Edad Media: el Cartulario de San Millán de la Cogolla lo recoge con la grafía «Hurraca», constatando así su difusión progresiva hasta ser adoptado por las élites nobiliarias y, finalmente, por la propia realeza.
Urraca Alfónsez, reina de León, Castilla, Galicia y Toledo, emperatriz de España o reina de España y emperatriz de León —pues de todas estas formas firmaba sus documentos— no fue reina consorte, ni reina madre, ni reina regente, sino soberana de pleno derecho, titular del reino de León.
Nacida en 1081, hija de Alfonso VI y Constanza de Borgoña, Urraca se convirtió en un ejemplo de fortaleza, valentía y determinación. Muy adelantada a su tiempo, tuvo que enfrentarse a la implacable misoginia de sus contemporáneos y de los cronistas medievales —en su mayoría clérigos—, que la condenaron al recuerdo con el apodo de la Temeraria. Su acción política, minuciosamente observada y criticada en vida, fue reducida con el tiempo a un tópico historiográfico que subestimó su talento y su capacidad de gobierno más por ser mujer que por los aciertos o errores de sus decisiones.
El nacimiento de la infanta estuvo rodeado de dificultades. El parto dejó a su madre sin posibilidad de tener más hijos, situando a la niña, desde el primer momento, en el centro de la sucesión. Su padre intentó tener un heredero varón casándose cinco veces —sin contar concubinas—. Esta circunstancia marcó profundamente su educación y la preparó para el ejercicio del poder hasta el nacimiento de su hermanastro, el infante Sancho.
Aun así, su destino no estaba cerrado. La muerte temprana de su hermanastro devolvió a la infanta al primer plano, pues en los reinos del norte seguía vigente la tradición jurídica heredada del derecho visigodo, plasmada en el Liber Iudiciorum (también conocido como Lex Visigothorum o Fuero Juzgo). Este marco legal reconocía derechos sucesorios iguales a hijos e hijas —aunque con ligera preferencia por los varones— y permitía que las mujeres heredaran, administraran y gobernaran por derecho propio si no existía un heredero varón principal. Gracias a ello, las nobles leonesas y castellanas acumulaban patrimonio e influencia en un grado impensable en otros territorios europeos sometidos a la Ley Sálica.
Así quedó reafirmada como única candidata al trono, respaldada por un marco legal que reconocía la capacidad de las mujeres para heredar, administrar y ejercer autoridad —incluso la regia— cuando no existía un heredero varón principal. Una situación muy distinta de la que predominaba en gran parte de la Europa medieval, donde la exclusión femenina era la norma.
Probablemente pasó la mayor parte de su infancia en la Corte, donde se formó en las disciplinas liberales y en las artes propias de una futura reina: política, equitación, caza y preparación militar, además de aprender a leer y escribir, retórica y religión. Algunas fuentes posteriores atribuyen su tutela al conde Pedro Ansúrez, aunque nada lo confirma con certeza. Lo que sí parece claro es que mantuvo contacto con sus tías Elvira y Urraca, titulares del infantado, mujeres poderosas cuya influencia dejó una profunda huella en su formación.
El matrimonio de Urraca con Raimundo de Borgoña se enmarca en la política internacional de Alfonso VI y en la influencia de su esposa Constanza, estrechamente vinculada a Cluny y a la nobleza franca. Tras la derrota en Zalaca (1086) y ante la amenaza creciente de los almorávides, el rey buscó apoyo extranjero, lo que facilitó la llegada de Raimundo y su familia a la corte leonesa.

Raimundo de Borgoña
Urraca fue prometida a Raimundo probablemente entre 1088 y 1090, cuando tenía apenas seis años, convirtiéndose en una pieza de intercambio político sin voz en las decisiones, pero valiosa por su vínculo con el trono leonés. El matrimonio formal se celebró hacia 1093, cuando Urraca contaba aproximadamente doce años, consolidando la alianza con la poderosa dinastía borgoñona y asegurando el apoyo de Raimundo en Galicia, un territorio históricamente conflictivo y difícil de controlar dentro de los dominios de Alfonso VI.
El monarca entregó Galicia a Urraca y a Raimundo como parte de una estrategia destinada a reforzar los vínculos con la casa de Borgoña y asegurar el control de un territorio siempre complejo. De este modo garantizaba su defensa y estabilidad, al tiempo que proporcionaba a su hija un ámbito propio de autoridad dentro de la práctica del Infantado. Galicia, tradicionalmente difícil de gobernar por la autonomía de su nobleza, les fue encomendada para someterla a un control más firme y proteger el flanco occidental frente a la presión almorávide.
El matrimonio no fue solo un acuerdo dinástico, sino una etapa decisiva en la formación política de Urraca. Como esposa del conde Raimundo, desempeñó un papel activo en el gobierno gallego, aprendiendo a administrar recursos, negociar con la nobleza y ejercer la autoridad. Tras la muerte de Raimundo, lejos de retirarse, consolidó aún más su posición en la región, acumulando una experiencia de gobierno que resultaría esencial cuando llegó el momento de asumir la corona.
Por otro lado, la elección de Raimundo frente a su primo Enrique de Borgoña no se debió únicamente a la prohibición eclesiástica de los matrimonios entre parientes cercanos —Enrique era sobrino de la reina Constanza—, sino también a motivos políticos. Raimundo ofrecía mayor prestigio internacional, estaba disponible de inmediato y parecía más capacitado para gobernar un territorio tan complejo como Galicia. La boda tuvo lugar en 1093, un año decisivo marcado también por la muerte de la reina Constanza y el nacimiento del infante Sancho, dos acontecimientos que transformaron a Urraca: de heredera del reino pasó a convertirse en condesa consorte de Galicia, un descenso relativo en su estatus.
Además, el matrimonio no estuvo exento de tensiones: Raimundo era un hombre ambicioso que, al constatar la ausencia de herederos varones de Alfonso VI, veía en su unión con Urraca una oportunidad para acercarse al trono leonés.
En los documentos oficiales, Raimundo aparece primero, destacando su autoridad en Galicia, mientras Urraca, aunque subordinada, empieza a mostrar indicios de autonomía. Así ocurre en el fuero que ambos otorgan a los habitantes de Compostela en 1105, donde se especifica tanto a varones como a mujeres. Por ello hoy se dice que fue la primera reina feminista; nada más alejado de la realidad, pues en la mentalidad de la época el feminismo no existía: se trató simplemente de un acto de afirmación de su papel, expresándose como «Urraca reina».
Como condesa de Galicia, Urraca consolidó su autoridad sobre un territorio con nobles a menudo levantiscos y participó activamente en la emisión de diplomas y fueros junto a su marido, Raimundo de Borgoña, unos diez años mayor que ella. Durante este periodo nacieron sus hijos Sancha y Alfonso, mientras Raimundo, cada vez más enfermo y dependiente —según las crónicas, aquejado de una grave dolencia que se agravó a partir de 1106—, fue perdiendo protagonismo. La muerte de su esposo en 1107 dejó a Urraca viuda, con unos veintiséis años y al frente de la administración plena del condado. A partir de entonces comenzó a titularse «totius Gallecie domina» o «totius Gallecie imperatrix», expresión de una autonomía creciente que le proporcionó una valiosa experiencia en administración, gestión militar y alianzas políticas.
Como hemos señalado, tras la muerte del infante Sancho en la batalla de Uclés (1108), Urraca recuperó su condición de heredera del trono de León. Sin embargo, pronto quedó rodeada de tensiones internas y externas: buena parte de la nobleza recelaba de una mujer en el poder y cuestionaba abiertamente su autoridad. Su padre, ya anciano y enfermo, era plenamente consciente del peligro que esto suponía para su hija. Temía que los nobles utilizaran a su nieto Alfonso Raimúndez como instrumento político contra ella, al tiempo que debía contener las ambiciones de su otro yerno, Enrique de Borgoña, casado con Teresa Alfónsez, hija natural del rey. Desde el Condado Portucalense —término derivado de Portus Cale, hoy Oporto, y origen del futuro Portugal— Enrique había comenzado a actuar con creciente autonomía, con la clara aspiración de convertir su dominio en un poder independiente de proyección regia, un proyecto que él no vería culminado, pero que heredaría su hijo, Alfonso Henriques.
En ese contexto, la solución que Alfonso VI consideró más eficaz fue el matrimonio con Alfonso I de Aragón. La iniciativa partió del propio rey, no de la nobleza, y buscaba «blindar » la sucesión mediante una alianza militar poderosa que reforzara la autoridad de Urraca y neutralizara cualquier intento de oposición. No puede asegurarse con total certeza si el enlace quedó cerrado antes de su muerte en 1109, pero sí está claro que el Batallador ofrecía el respaldo armado que el reino necesitaba frente a los musulmanes y, además, era una figura aceptable para los grandes nobles, que lo reconocerían como consorte y señor, reforzando así, al menos en teoría, la posición de la futura reina.
A la muerte de su padre, Urraca asumió la corona con plena autoridad, convirtiéndose en la primera mujer en gobernar el reino como soberana titular. Sin embargo, su reinado comenzó en un contexto complejo: enfrentaba a una nobleza poderosa, a una Iglesia que cuestionaba su legitimidad y a los reinos vecinos —incluido el de su segundo marido— que presionaban sobre sus fronteras, sin olvidar la constante amenaza almorávide en el sur. Desde el primer momento no tuvo un instante de descanso: sofocó focos de insurgencia allí donde surgían, demostrando gran capacidad política y administrativa, apoyada en la experiencia acumulada en Galicia y en la gestión de alianzas estratégicas, consolidando así su autoridad frente a quienes dudaban de su aptitud para gobernar.
Su nuevo matrimonio resultó un rotundo fracaso. Urraca, como soberana, se negó a rebajarse ante Alfonso como «señor y esposo mío», consciente de que ella era la titular del trono y del título imperial. Por su parte, el aragonés mostró un carácter violento, maltratándola tanto física como verbalmente, movido por la ambición de apoderarse del reino leonés y en un contexto de evidente misoginia política, como señalan las crónicas medievales. La Historia Compostelana recoge un testimonio atribuido a la reina en el que afirma: «toda persona noble ha de lamentar que mi rostro haya sido manchado por sus sucias manos y que yo haya sido golpeada por sus pies».
Por otra parte, Alfonso era un guerrero con rasgos singulares. Las fuentes musulmanas relatan que «dormía con su coraza y sin colchón» y que, cuando le preguntaron por qué no tenía concubinas, respondió: «un auténtico soldado vive con hombres, no con mujeres». Este pasaje aparece en Al‑Kāmil fī al‑tārīkh de Ibn al‑Athīr, cuya edición francesa de Edmond Fagnan recopila los fragmentos relativos al Magreb y Al‑Ándalus. Estas referencias llevaron a algunos cronistas posteriores a sugerir que Alfonso no mostraba interés por su esposa, e incluso a especular con una posible inclinación hacia su propio sexo o con la posibilidad de que fuera estéril o impotente. Sin embargo, ninguna de estas hipótesis puede sostenerse con rigor: no existe documentación que las confirme. Todo ello pertenece, por tanto, al terreno de la conjetura.

Alfonso I el Batallador
La tensión entre ambos cónyuges pronto derivó en enfrentamientos abiertos con la nobleza: unos se alinearon con la reina y otros con el rey aragonés, provocando guerras civiles que marcaron los primeros años de su gobierno y pusieron a prueba su capacidad para mantener la autoridad y la estabilidad del reino.
Fue una época caótica, en la que los distintos sectores del reino leonés llegaron a dividirse en dos e incluso tres bandos: por un lado, los partidarios de la reina; por otro, los seguidores del monarca aragonés; y, además, una tercera facción que, como había previsto el propio Alfonso VI, aprovechaba la inestabilidad para intentar instrumentalizar al infante Alfonso Raimúndez contra su madre. Los enfrentamientos se extendieron por todo el territorio, desde Galicia hasta Castilla y desde León hasta Extremadura, dejando desprotegida la frontera del Tajo frente a los almorávides.
En este contexto destacó la inteligencia —o, si se prefiere, la astucia— de la reina, que supo pactar con los nobles más afines para recuperar el poder. Urraca acudió allí donde se requería la intervención real, moviéndose con soltura en un mundo profundamente masculino —nobles, clero y guerreros— y demostrando una notable habilidad para negociar, maniobrar y consolidar su autoridad en medio de un conflicto complejo y cambiante.
En 1111, el obispo Diego Gelmírez, personaje ambicioso que actuaba en beneficio propio, promovió la coronación simbólica de Alfonso Raimúndez, hijo de Urraca y aún un niño, en Santiago de Compostela. Con ello buscaba anticipar su autoridad y manejarlo a su antojo, al tiempo que limitaba y debilitaba el poder de la reina. Contaba para ello con el apoyo de parte de la nobleza gallega, descontenta con el matrimonio de Urraca con Alfonso I de Aragón, que veía en la coronación del futuro Alfonso VII una forma de salvaguardar sus privilegios.
Lejos de actuar de manera impulsiva, Urraca mostró astucia e inteligencia: reforzó la posición de su hijo, asociándolo al trono como heredero legítimo y sucesor del reino de León, reconocimiento que le había otorgado su abuelo Alfonso VI. Además, lo envió a la Marca de Toledo para que se formara como gobernante bajo su supervisión, neutralizando así una de las facciones que lo respaldaban en su contra y fortaleciendo su propia posición política. De este modo mantenía el control sobre Galicia y León mientras alejaba al príncipe de los focos de insurrección.
Desde el exterior, el reinado de Urraca estuvo constantemente amenazado por las incursiones almorávides, que intensificaron sus ataques sobre la meseta. Sus algaradas rápidas y demoledoras saqueaban, incendiaban y se retiraban antes de que las huestes cristianas pudieran reaccionar, con el objetivo de recuperar el reino de Toledo. Durante estas campañas lograron ocupar plazas estratégicas como Talavera de la Reina, Madrid o Guadalajara, aunque Toledo seguía siendo su objetivo recurrente. No obstante, varias de estas plazas fueron recuperadas por los cristianos durante el reinado de Urraca: Talavera volvió al control cristiano alrededor de 1113, Alcalá de Henares en 1118, y las zonas de Madrid y Guadalajara comenzaron a reconsolidarse bajo dominio leonés y castellano, afianzando gradualmente el control sobre la meseta central.
Mantuvo Toledo gracias, primero, al apoyo del leal Álvar Fáñez y, más tarde, al propio Alfonso I el Batallador, que defendió la ciudad ante el avance almorávide. Reforzó fortalezas, aseguró rutas estratégicas y buscó el respaldo de magnates y obispos capaces de aportar tropas en momentos críticos. Su resistencia fue esencialmente estratégica: preservar las plazas clave y evitar que los almorávides se consolidaran en el corazón de su reino.
En medio de una amenaza constante, Urraca asumió la dirección de la defensa, organizando recursos y movimientos militares con la determinación de una soberana que, frente a un enemigo implacable, se erigió en garante de la supervivencia del reino. A pesar de la inestabilidad interna —guerras civiles contra su segundo marido y revueltas de la nobleza levantisca que pusieron a prueba su autoridad—, Urraca logró sostener la defensa y preservar la integridad territorial del reino.
Uno de los episodios más trágicos de su reinado ocurrió en 1117, durante una visita a Santiago de Compostela para mediar entre el concejo local y el obispo Diego Gelmírez, a quien el pueblo acusaba de imponer tributos abusivos, controlar el mercado y ejercer su autoridad como un auténtico señor feudal. La reina, aliada circunstancial del prelado —pues ambos mantenían tensiones con las élites urbanas—, decidió respaldarlo, encendiendo definitivamente la mecha de la revuelta.
Cuando intentó calmar a la multitud, los habitantes, furiosos, no solo rechazaron su autoridad: se volvieron contra ella con brutalidad. Fue insultada, golpeada y humillada, llegando a ser arrastrada desnuda por el suelo hasta resultar herida, mientras Gelmírez huía disfrazado. La Historia Compostelana recoge el episodio con crudeza: «Cuando la turba la vio salir, se abalanzaron sobre ella, la cogieron y la echaron por tierra en un lodazal, la raptaron como lobos y desgarraron sus vestidos; con el cuerpo desnudo desde el pecho hasta abajo y delante de todos quedó en tierra durante mucho tiempo».
Algunos ciudadanos, al ver que la situación se descontrolaba y temiendo represalias, intervinieron para calmar los ánimos. Permitieron que la reina se vistiera de nuevo y le aseguraron una escolta hasta la iglesia de Santa María. Tras reagruparse con sus tropas —junto con su hijo Alfonso Raimúndez y el conde Pedro Froilaz, tutor del príncipe—, Urraca sitió Santiago. La ciudad finalmente capituló, y la reina impuso una fuerte represión: los cabecillas de la revuelta fueron exiliados, la ciudad obligada a pagar cuantiosas multas y algunos de los sublevados entregados como rehenes al obispo Diego Gelmírez para que aplicara sanciones y restableciera el orden.

El obispo Diego Gelmírez
El obispo fue restituido en su cargo, recuperando su autoridad y los bienes del obispado, aunque las fuentes no indican una disminución formal de su protección por parte de la reina. Aunque Urraca fue vejada y humillada por la población, mostró una notable capacidad política: priorizó la consolidación de su poder, la unidad del reino y la reafirmación de su autoridad, sin provocar una fractura irreversible en un centro tan crucial como Compostela.
Mientras tanto, Teresa Alfónsez, ya asentada en el condado de Portucale y decidida a actuar con plena autonomía, intensificaba sus aspiraciones soberanistas. Lejos de someterse al poder leonés, buscó alianzas que reforzaran su posición, llegando incluso a coordinarse con Alfonso I de Aragón —esposo de Urraca— en acciones directas contra la reina. Así, los intereses familiares, territoriales y políticos se entrelazaron para añadir un nuevo frente de inestabilidad al ya complejo reinado de Urraca.
Esta situación evidencia la complejidad de la política dinástica de la época: la reina debía enfrentarse no solo a nobles levantiscos y al obispo Gelmírez en Galicia, sino también a su propia familia, que actuaba con voluntad y objetivos propios. Aun así, Urraca supo maniobrar con habilidad, manteniendo un delicado equilibrio entre confrontación y negociación, y fue capaz de preservar la unidad del reino, evitando que Teresa, Alfonso I de Aragón o cualquier facción regional consolidaran su desafío sobre León.
Finalmente, la relación con el monarca aragonés se rompió de manera formal. La anulación del matrimonio no fue fruto exclusivo de una iniciativa personal de Urraca, sino del empuje combinado de sectores de la nobleza leonesa y castellana, así como de parte del clero —particularmente el entorno del arzobispo Bernardo de Toledo—, que veían en el Batallador una amenaza para los derechos del joven Alfonso Raimúndez y para el equilibrio político del reino. Sobre esta base, y alegando la consanguinidad de los cónyuges en cuarto grado —ambos descendientes de Sancho III de Pamplona, en un contexto en el que la Iglesia aún prohibía uniones hasta el séptimo grado—, el papa Pascual II declaró la nulidad en 1114.
Con ello, Urraca recuperó formalmente el control del reino y su vida personal. Este episodio no solo evidencia su capacidad para convertir una crisis matrimonial en una victoria política, sino también su habilidad para navegar entre presiones aristocráticas, intereses eclesiásticos y rivalidades familiares, manteniendo la continuidad institucional del reino. A pesar de la nulidad, es cierto que Alfonso I no renunció del todo a intervenir en los asuntos leoneses, pero la reina logró sostener su autoridad y asegurar la estabilidad en uno de los periodos más convulsos de la historia medieval peninsular.
Recuperada su vida personal, mantuvo relaciones con los condes Gómez González Salvadórez muerto en la batalla de Candespina en 1111 y Pedro González de Lara, de quien tuvo dos hijos: Elvira Pérez de Lara y Fernando Pérez Furtado, llamado así porque se le privó de una herencia por ser considerado bastardo (‘Furtado’ o ‘Hurtado’ significa ‘robado’). Como titular del reino, Urraca se comportaba con plena libertad, manteniendo a sus hijos y amantes dentro de la corte, tal y como había hecho su padre; por algo ella era «el rey». Su vida y su poder se entrelazaban, demostrando que el trono no limitaba su independencia.
Reina polémica hasta el final, incluso su muerte permanece confusa. Lo cierto es que falleció en el castillo de Saldaña en 1126, a los 45 años, y fue sepultada en la basílica de San Isidoro de León, panteón de la dinastía leonesa. Pero las crónicas difieren sobre la causa: la Crónica Compostelana se limita a consignar su muerte y entierro, mientras que Lucas de Tuy, en su Chronicon Mundi, sostiene que murió «tras dar a luz», dando pie a la tradición que la vincula a un parto de un hijo ilegítimo con el conde Pedro González de Lara. Sin embargo, esta versión resulta dudosa, pues sus hijos reconocidos con el conde —Elvira y Fernando Pérez— habían nacido con anterioridad. Las crónicas tardías de los siglos XIV y XV retomaron la versión de Lucas de Tuy como si fuera un hecho probado. Hoy, la historiografía considera que la causa de su muerte sigue siendo incierta: pudo deberse a enfermedad, como sugiere Rodrigo Jiménez de Rada, o a complicaciones relacionadas con un parto, según la tradición originada en Lucas de Tuy.
Urraca I de León fue una auténtica soberana, la única de su tiempo que gobernó de forma directa y personal. Creció consciente de sus derechos y decidida a ejercerlos, segura de su condición de sucesora al reino de León y de su plena autoridad como titular de la corona. No dudó en dejarlo claro en la documentación: era reina, sí, pero también «rey» en el sentido jurídico y político del término.
Poderosa y valiente, encabezó ejércitos, se enfrentó a su marido, a su hijo, a su hermana, a los nobles, al clero y, por supuesto, a los almorávides. En un mundo que relegaba a la mujer a un papel secundario y la trataba como mera moneda de cambio, su firmeza se interpretó con prejuicios: lo que en cualquier rey habría sido prudencia, estrategia o autoridad, en ella se descalificó como «ánimo mujeril». Sin embargo, Urraca desafió todas las expectativas de su tiempo, gobernando con una combinación inédita de autoridad, inteligencia y determinación, dejando un legado de poder femenino sin parangón en la Europa medieval.
En lo personal, fue una mujer libre y segura de sí misma, que mantuvo en la corte a sus amantes y a los hijos nacidos de esas uniones, con la misma naturalidad con la que lo hacían los monarcas varones. Actuó según su voluntad y dentro de las convenciones políticas de su época, sin renunciar a su autonomía.
Que lograra preservar la integridad del reino leonés en medio de guerras civiles, fracturas internas y la amenaza almorávide demuestra su temple y su capacidad de gobierno. Supo sostener el legado de su padre en uno de los periodos más convulsos de la Reconquista y transmitirlo íntegro a su hijo.
Con ello, Urraca no solo defendió su corona: demostró que el poder, cuando se ejerce con inteligencia y determinación, no entiende de género.
La primera reina de Europa dejó tras de sí un legado de poder, lucidez y coraje. Durante cuatrocientos cuarenta y ocho años —con la única y brevísima excepción de Berenguela de Castilla, también soberana por derecho propio— ese linaje de grandeza no volvió a encontrar heredera, hasta que otra reina, digna de su memoria, alzó de nuevo la corona con determinación, autoridad y sabiduría.
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