Lo que casi nadie recuerda es que la primera operación de este tipo no se hizo bajo bandera de la ONU, ni en un escenario tranquilo, ni con un mandato claro. Al contrario: nació en pleno torbellino de la Guerra de Vietnam, impulsada por Washington dentro de la llamada Operación Más Banderas, con la que Estados Unidos buscaba sumar apoyos internacionales —aunque fueran simbólicos— a su esfuerzo bélico en el Sudeste Asiático.
En 1965, el presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, acorralado por una guerra que devoraba vidas, dinero y prestigio internacional, puso en marcha una ambiciosa ofensiva diplomática y mediática. Vietnam se estaba convirtiendo en un pozo sin fondo, y la Casa Blanca necesitaba algo más que soldados: necesitaba legitimidad.
El objetivo era nítido, casi desesperado: reunir apoyos para Vietnam del Sur y presentar el conflicto no como un empeño exclusivamente norteamericano, sino como una cruzada global contra el avance del comunismo. Johnson quería que el mundo viera aquella guerra como un frente más de la Guerra Fría, no como la aventura militar de una sola nación.
Sin embargo, el llamamiento no tuvo el impacto que Washington esperaba. Pese al despliegue diplomático y a la presión política, solo seis países aceptaron enviar tropas en un número realmente significativo. El resto del mundo respondió con una mezcla de cautela, distancia y cálculo: apoyos económicos, gestos logísticos, declaraciones de simpatía… y poco más.
En ese amplio grupo de respaldos simbólicos, prudentes y medidos al milímetro, se encontraba España.
El 26 de julio de ese mismo año, Johnson escribió personalmente al jefe del Estado español, el general Francisco Franco, solicitando el envío de unidades militares al sudeste asiático. No era una carta cualquiera: era la petición directa de un presidente estadounidense inmerso en una guerra que empezaba a mostrar grietas.
España, aunque aún arrastraba el aislamiento internacional heredado del final de la Guerra Civil, llevaba más de una década reinsertada —al menos parcialmente— en el bloque occidental gracias a los acuerdos firmados con Washington en 1953. La firme postura anticomunista del régimen franquista había abierto esa puerta, y Johnson confiaba en que ese mismo anticomunismo inclinara la balanza a su favor.
La respuesta de Franco incluía un análisis militar directo y sin adornos, propio de quien había pasado media vida en campañas y sabía reconocer una guerra perdida antes de que lo admitieran los partes oficiales. En su carta escribía:
“Mi experiencia militar y política me permite apreciar las grandes dificultades de la empresa en que os veis empeñados: la guerra de guerrillas en la selva ofrece ventajas a los elementos indígenas subversivos que con muy pocos efectivos pueden mantener en jaque a contingentes de tropas muy superiores; las más potentes armas pierden su eficacia ante la atomización de los objetivos; no existen puntos vitales que destruir para que la guerra termine; las comunicaciones se poseen en precario y su custodia exige cuantiosas fuerzas. Con las armas convencionales se hace muy difícil acabar con la subversión. La guerra en la jungla constituye una aventura sin límites”… (Fragmento de la Carta confidencial de Francisco Franco a Lyndon B. Johnson sobre Vietnam – Madrid, julio de 1965 (entregada por el embajador Alfonso Merry del Val a David Dean Rusk, Secretario de Estado, el 20 de agosto de 1965).)

Emblema de los expedicionarios españoles en Vietnam.
Era un diagnóstico duro, casi clínico. No había ideología en esas líneas, ni simpatía por ninguna de las partes: hablaba el militar veterano, el que sabía que una guerra de guerrillas en terreno hostil no se gana con tecnología ni con superioridad numérica, sino con tiempo, paciencia y un conocimiento del terreno que Estados Unidos no tenía. Su advertencia, enviada desde la distancia, sonaba más a sentencia que a consejo.
Franco declinó enviar unidades de combate, aunque evitó cerrar del todo la puerta a algún tipo de colaboración. En el fondo, el régimen sabía que implicarse directamente en una guerra tan lejana como la de Vietnam podía echar por tierra los esfuerzos —lentos, trabajosos— por mejorar su imagen exterior. Tras años de aislamiento, España empezaba a ser aceptada en ciertos círculos internacionales gracias, en parte, a su alineamiento con Estados Unidos y a la cesión de bases militares en territorio español.
Pero comprometerse con el envío de soldados a un conflicto cada vez más impopular era un riesgo que el franquismo no estaba dispuesto a asumir.
Entre la información que los estadounidenses compartieron con las autoridades españolas hubo un dato que destacó por encima de todos: en todo Vietnam del Sur apenas había quinientos médicos disponibles. Aquello no solo revelaba la precariedad sanitaria del país; abría también una vía alternativa, discreta y políticamente menos comprometida, para participar en el esfuerzo aliado.
En lugar de enviar tropas, España ofreció apoyo sanitario.
La Misión Sanitaria de Ayuda a Vietnam del Sur
se organizó a través de la Free World Military Assistance Office, el organismo encargado de coordinar los envíos de ayuda militar, logística y humanitaria al gobierno survietnamita. Fue en ese marco donde un grupo de médicos y practicantes españoles —enfermeros con experiencia en campaña— se incorporaría al esfuerzo internacional.
No se trataba de una iniciativa aislada ni improvisada. Varios países habían optado ya por enviar personal sanitario en lugar de tropas de combate, y el equipo español pasó a ocupar el puesto número 44 en aquella larga cadena de contingentes médicos que, uno tras otro, intentaban apuntalar un sistema sanitario desbordado por la guerra.
El envío de personal sanitario español a Vietnam comenzó por orden directa del teniente general jefe del Estado Mayor Central. Desde allí se cursó una solicitud confidencial —aunque no estrictamente secreta— a los capitanes generales de las distintas regiones militares para que seleccionaran voluntarios del Cuerpo de Sanidad destinados a una “misión especial” en Vietnam del Sur. Era un procedimiento discreto, casi silencioso, que permitía al régimen moverse con cautela en un terreno diplomático delicado.
España fue, de hecho, el único país que, sin formar parte de la coalición formal, envió personal militar al conflicto, aunque exclusivamente sanitario. Esa condición híbrida —ni dentro ni fuera del todo— convierte la intervención española en un caso singular dentro del mosaico internacional de la guerra: una presencia militar sin armas, una colaboración sin bandera visible, un gesto político medido al milímetro.
El primer contingente lo formaban doce militares, un grupo pequeño, compacto, casi una patrulla médica enviada a un mundo que ninguno de ellos conocía. Al frente marchaba el comandante médico Argimiro García Granado, radiólogo y único especialista del equipo, un hombre acostumbrado a trabajar bajo presión y que, desde el primer momento, asumió el peso de la misión. A su lado viajaba el capitán de Intendencia Manuel Vázquez Labourdette, el único no sanitario, encargado de la intendencia, los papeles y el contacto con los ejércitos de Estados Unidos y Vietnam del Sur. Era, en cierto modo, el puente entre dos mundos.
El núcleo médico lo completaban tres capitanes: José Linares Fernández, que asumiría el bisturí en un país en guerra; Francisco Faúndez Rodríguez, responsable de las consultas externas; y Luciano Rodríguez González, médico general, el que debía atender desde una fiebre tropical hasta una herida de metralla.
El personal de enfermería aportaba la experiencia silenciosa de quienes sostienen un hospital de campaña. El teniente practicante Manuel García Matías se encargaría del laboratorio; los subtenientes José Bravo López‑Baños y Francisco Pérez serían, respectivamente, ayudante de cirugía y anestesista; y los brigadas Ramón Gutiérrez de Terán, Joaquín Baz Sánchez, Juan Outón Barahona y Juan Pérez Gómez cubrirían cirugía, reanimación, pediatría y consultas externas. Cada uno tenía un rol preciso, casi coreografiado, como si el equipo estuviera diseñado para funcionar bajo fuego.
Eran doce nombres, doce trayectorias distintas, reunidas para una misión que ninguno había imaginado: llevar medicina española al corazón de la guerra de Vietnam.
A su llegada a Vietnam, el grupo español fue recibido en el aeropuerto por autoridades sanitarias locales y personal estadounidense. Un oficial norteamericano los condujo hasta una furgoneta con las ventanas protegidas por rejas metálicas. Cuando uno de los sanitarios preguntó por qué llevaban aquellas rejas, la respuesta fue tan directa como inquietante: —«Para evitar que algún vietcong lance una granada dentro».
El trayecto apenas había comenzado cuando el mismo oficial quiso saber cuántos eran y cuánto tiempo pensaban quedarse. —«Un año» —respondieron. Él sonrió con una mezcla de ironía y resignación antes de sentenciar: —«Está bien, regresarán seis».
La frase cayó como un aviso. Allí, la posibilidad de morir no era una abstracción: era parte del paisaje.
Tras pasar un par de días en Saigón para aclimatarse, los sanitarios españoles recibieron uniformes del ejército estadounidense, ya que habían viajado vestidos de paisano. Se les permitió conservar las insignias nacionales y, durante los periodos de descanso, podían usar el uniforme español. También se les entregaron armas, aunque nunca llegaron a utilizarlas. Desde el primer momento quedaron integrados formalmente en la estructura del ejército norteamericano.
Su destino era la ciudad de Gò‑Công, a unos 45 kilómetros de Saigón, donde se levantaba un antiguo hospital de época colonial francesa que serviría como base de operaciones. Aquel edificio, ajado por el clima y por los años, sería el centro desde el que los doce españoles empezarían a trabajar en un país en guerra.

Los sanitarios españoles a la entrada del hospital de Go Cong. Archivo Ramón Gutiérrez de Terán.
La misión del equipo español era clara: atender a la población civil sin hacer distinciones de procedencia ni de afiliación. Eso incluía también a soldados del Viet Cong —los temidos Charlie— que llegaban heridos tras enfrentamientos con tropas estadounidenses o, simplemente, por haber pisado una mina.
La comunicación con la población local se realizaba en francés o a través de intérpretes. Con el tiempo, gracias al esfuerzo y a la dedicación, el equipo español se ganó el respeto y el agradecimiento de los habitantes de la región, incluidos miembros del propio Viet Cong. Su ecuanimidad y su compromiso con la atención médica les valieron incluso el aprecio de los guerrilleros, al tratar por igual a todos los heridos: civiles, soldados sudvietnamitas o combatientes comunistas.
Tal fue su integración y reconocimiento que la población local llegó a llamarlos tay‑ban‑nha, que en vietnamita significa, sencillamente, «los españoles».
En una ocasión, mientras regresaban al hospital, fueron interceptados por una patrulla del Viet Cong. Los detuvieron unos instantes, los observaron en silencio y, al reconocerlos como el grupo médico español, los dejaron continuar sin contratiempos. No era un gesto menor: otros equipos internacionales no habían tenido la misma suerte y algunos habían sufrido bajas en situaciones similares. Para los españoles, aquel encuentro confirmó algo que ya intuían: su neutralidad médica les abría puertas que a otros se les cerraban.
La rutina era exigente: trabajaban de 8:00 a 18:00, con una pausa de dos horas al mediodía para comer y descansar. El domingo era, en teoría, su único día libre. Pero en el contexto de la guerra, aquellos horarios eran más una orientación que una norma; las urgencias no entendían de calendarios ni de descansos.
Además de las heridas propias del conflicto, los sanitarios españoles se enfrentaban a una realidad diaria marcada por una peculiaridad inesperada: los frecuentes accidentes de tráfico, en su mayoría de moto, consecuencia del enorme número de vehículos de este tipo que circulaban por la provincia. A ello se sumaban las enfermedades tropicales —malaria, cólera, disentería, fiebre amarilla—, todas comunes y con un impacto especialmente grave entre la población infantil.
Tanto Antonio Velázquez, en diversas entrevistas, como Ramón Gutiérrez de Terán, en el libro Good Morning Gò‑Công de Andrés López‑Covarrubias, coinciden en señalar que la enfermedad más devastadora entre los niños era el paludismo cerebral, causado por Plasmodium falciparum. Esta forma de malaria llevaba al paciente a un coma del que no lograban despertar y que, de manera inevitable, acababa en la muerte.
Velázquez lo describía con crudeza: «Yo llegaba a la consulta y elegía a los más graves de los 60 chiquillos que podían estar esperando… y todos los días se me morían tres o más».
El drama se agravaba porque las familias no acudían al médico de inmediato. Antes pasaban por los curanderos locales, que solían administrar preparados de medicina tradicional china con altos niveles de opio. Aquellos remedios calmaban las diarreas, pero provocaban parálisis intestinales que complicaban aún más el cuadro clínico. Y cuando el niño no sobrevivía, eran a menudo los propios curanderos quienes culpaban al equipo médico extranjero, lo que generaba tensiones en un entorno ya de por sí profundamente difícil.
Además de su labor en el hospital, el equipo sanitario español llevó a cabo campañas de vacunación y visitas médicas a distintas localidades y puestos militares repartidos por la provincia. Realizaban estos desplazamientos en jeep y sin portar armas, convencidos —con buen criterio— de que su mejor protección era precisamente no ir armados. Su seguridad, en todo caso, quedaba en manos del ejército de Vietnam del Sur.
El momento más crítico que vivió el equipo español tuvo lugar en 1968, durante la Ofensiva del Tet: una serie de ataques sorpresa lanzados por las fuerzas de Vietnam del Norte y el Viet Cong contra múltiples objetivos en Vietnam del Sur, coincidiendo con el Año Nuevo Lunar vietnamita.
La residencia del equipo médico español estaba situada junto al cuartel del Estado Mayor conjunto de los ejércitos sudvietnamita y estadounidense; por ello, fue alcanzada por fuego de mortero. En el ataque resultaron heridos levemente por esquirlas los suboficiales Luciano Rodríguez González y Ramón Gutiérrez de Terán. La peor parte, sin embargo, la sufrió el personal vietnamita de guardia: ocho muertos y varios heridos.
Gutiérrez de Terán recordaba un gesto que marcó aquella jornada. El capitán médico Merlos Saldaña, al oír por radio que un sargento estadounidense había quedado herido dentro del edificio del Estado Mayor, no dudó en actuar. Pese al intenso bombardeo, tomó su maletín médico y salió para atender al herido. Luego regresó a la residencia sano y salvo. Por aquella acción, el mando estadounidense le concedió una medalla al valor personal.

Mandos de la misión sanitaria visitando el denominado «Puente de España»
La labor del equipo sanitario español no pasó desapercibida. Fue reconocida tanto por el pueblo vietnamita —que llegó a bautizar un puente de madera que cruzaba uno de los brazos del Mekong con el nombre de Cầu Tây Ban Nha, «Puente de España»— como por el ejército de Vietnam del Sur y el ejército estadounidense, que condecoraron a sus miembros por el servicio prestado. Ya de regreso en España, fueron distinguidos con la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo, una de las condecoraciones más relevantes de la época. Este distintivo se otorgaba exclusivamente por acciones realizadas bajo fuego enemigo, lo que subrayaba que los sanitarios españoles habían desempeñado su labor en condiciones de peligro real.
Sin embargo, más allá de las condecoraciones oficiales, lo que más valoraron los integrantes de la misión fueron los gestos cotidianos del pueblo vietnamita: miradas de agradecimiento, silencios cómplices y sonrisas sinceras que hablaban por sí solas. Para ellos, ese respeto ganado sobre el terreno fue el reconocimiento más valioso.
Finalmente, en octubre de 1971, tras más de cinco años de intenso trabajo, la misión sanitaria española en Vietnam llegó a su fin. En ella participaron más de cincuenta médicos y practicantes, y marcó un hito al convertirse en la primera intervención humanitaria española en el extranjero.
Más allá del impacto inmediato, la experiencia resultó especialmente valiosa para la sanidad militar española. Colaborar con los médicos del ejército estadounidense —entonces a la vanguardia mundial— permitió adquirir conocimientos y técnicas que serían fundamentales en el futuro. Uno de los avances más significativos fue la evacuación aérea de heridos en helicóptero, una práctica que sirvió de base para el desarrollo de los actuales sistemas MEDEVAC, utilizados para el traslado urgente de pacientes desde zonas remotas o en conflicto a centros médicos con mayores recursos.
La misión sanitaria española en Vietnam, hoy olvidada, fue un ejemplo de compromiso, humanidad y profesionalidad en medio de uno de los conflictos más duros del siglo XX.
En un escenario marcado por la violencia y el sufrimiento de la población civil, un grupo de médicos y practicantes decidió aportar lo que mejor sabía hacer: salvar vidas, sin preguntar a qué bando pertenecía el enfermo o el herido. Su labor dejó una huella indeleble, pues no solo representaron dignamente a España en una operación internacional sin precedentes para nuestro país, sino que también trajeron de vuelta una valiosa experiencia que contribuyó a modernizar la sanidad militar.

Reportaje sobre la actuación de los médicos españoles en Vietnam.
Su legado se edificó sin armas, con esfuerzo, vocación y profesionalidad en las consultas del hospital de Gò‑Công o en las visitas a las aldeas y pueblos de la provincia, imponiendo el altruismo al ruido de las armas y al eco de las ideologías mediante un lenguaje universal: aliviar el sufrimiento y respetar la vida.
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