Sin embargo, esa imagen que ha calado tan hondo en la cultura popular responde más a la ficción literaria que a la realidad histórica. Porque, si bien El Cantar del Mio Cid es una joya de nuestra literatura medieval, no deja de ser una obra épica con fines narrativos y propagandísticos, no un testimonio fiel de los hechos.
Detrás del personaje literario se esconde un hombre real, con su propia trayectoria, su propio peso político y militar, y un papel clave en los complejos años de la Reconquista de finales del siglo XI y comienzos del XII. Ha llegado el momento de sacarlo de la sombra del mito y devolverle su lugar en la historia.
Reconstruir la vida de Álvar Fáñez y otros personajes del siglo XI presenta un gran desafío debido a la escasez de documentación fiable. En aquella época, no existían registros sistemáticos de actos religiosos —como bautismos, matrimonios o defunciones—, ya que la obligación de asentarlos por escrito no se estableció hasta el Concilio de Trento en 1563. Por ello, los historiadores deben basarse en documentos legales, cartas reales y, sobre todo, en crónicas y cantares épicos que, aunque valiosos, suelen mezclar hechos históricos con ficción, idealizaciones o propaganda. Este contexto obliga a mantener un enfoque crítico y a aceptar que, en muchos casos, la verdad histórica permanece en parte oculta tras el velo del mito.
Su origen es impreciso y no permite identificar con certeza su linaje, aunque todo apunta a que pertenecía a una familia destacada de la alta nobleza castellana, posiblemente del valle de Orbaneja. En varios documentos reales figura con el epígrafe «De Kastela», el único dato seguro que confirma de manera explícita su origen castellano. No vuelve a ser mencionado hasta su aparición en la corte de Alfonso VI como testigo en la concesión del Fuero de Sepúlveda en 1076, donde también aparece un Fan Fáñez, nombre poco común que, por su patronímico, podría ser el de un familiar directo, quizá su padre.
Respecto a su parentesco con Rodrigo Díaz de Vivar, “El Cid”, ambos pertenecían al mismo linaje, aunque no está claro si eran primos o tío y sobrino. Esta confusión surge porque en latín la palabra sobrinis —traducida a veces como “sobrinos”— en realidad designa a primos hermanos por línea paterna, mientras que con-sobrinis se refiere a primos por línea materna. La ambigüedad refleja la escasez y dificultad de la documentación directa de la época: (Solivérez, Álvar Fáñez, su familia y sus hechos, 2008).
En la carta de arras que el Cid entregó a Jimena el 19 de julio de 1074, se refiere a Álvar Fáñez como su sobrino, sin especificar quiénes eran sus padres ni el grado exacto de parentesco. Sin embargo, en la jerga medio castellana, medio vascona de la época, Rodrigo lo llamaba fraternalmente Minaya, Mi-anai, es decir, «mi hermano»: «Vos, Minaya Albar Fañez, / el mio braço mejor» (Cantar del Mio Cid). Incluso en un documento fechado el 13 de junio de 1110, dentro de la corte de la reina Urraca I de León, se le menciona como «mio Anaya Alvar Fanes», lo que parece ser un afectuoso sobrenombre.
Contrajo matrimonio con Mayor Pérez, hija del influyente conde Pedro Ansúrez —señor de Saldaña, Carrión y Valladolid— y de la condesa Eylo Alfonso. El enlace entre ambas casas consolidó aún más su posición en la corte y en el entramado nobiliario del reino.
Mayor, lejos de ser una figura decorativa, tuvo un papel activo en la gestión patrimonial y religiosa, participando en fundaciones y confirmaciones documentales, tal como lo hacían las mujeres de alta nobleza de la época. Esta unión no solo reforzó la red política de Álvar, sino que su descendencia mantendría el peso político de ambos linajes en los años venideros.
En aquella época, los miembros de la nobleza apenas tenían dos caminos posibles: la carrera eclesiástica o la militar. Sin embargo, era la guerra la opción prioritaria. No solo ofrecía mayores posibilidades de ascenso social, prestigio y recompensa, sino que además los altos cargos dentro de la Iglesia eran limitados y reservados a unos pocos. La espada, más que la sotana, era el instrumento habitual para ganar poder y reconocimiento.
Nacido aproximadamente en la misma época que Rodrigo Díaz de Vivar, con quien —como hemos visto— compartía algún grado de parentesco, poco se sabe sobre la juventud de Álvar Fáñez y su formación en el uso de las armas. Es probable que se adiestrara junto a sus parientes, vasallos del rey Sancho II de Castilla.
Este joven monarca respetó inicialmente el reparto de los reinos realizado por su padre, Fernando I. Sin embargo, tras la muerte de su madre, la reina Sancha de León, decidió emprender la reunificación de los dominios familiares. Para ello, envió embajadores a su hermano García I de Galicia, reclamando la aplicación de la antigua ley visigoda, según la cual el hijo varón mayor debía heredar el conjunto del reino. Entre esos embajadores figuraba un joven Álvar Fáñez.
La respuesta de García fue firme: defendería lo que su padre le había legado legítimamente y, si era necesario, lo haría con su vida. Aquejado por crecientes tensiones con su nobleza, García se retiró a Santarém, donde terminó enfrentándose militarmente a su hermano Sancho. En aquella batalla, Álvar Fáñez combatió junto a Rodrigo Díaz, distinguiéndose por su valor en el campo. No obstante, no existe evidencia documental de que, en ese momento, Álvar formara parte de la mesnada del Cid o estuviera bajo su mando directo.
La fidelidad de Álvar Fáñez a Sancho II se mantuvo constante a lo largo de la campaña que el rey emprendió para recuperar los dominios de su padre. Tras la toma de Galicia, el siguiente objetivo fue el Reino de León, en manos de su hermano Alfonso VI. Aunque las fuentes no mencionan expresamente a Álvar Fáñez en esta fase, su cercanía al monarca hace muy probable su participación en la batalla de Golpejera (1072), donde Alfonso fue derrotado y brevemente capturado. Tras ser liberado, Alfonso fue desterrado al reino taifa de Toledo, donde encontró refugio bajo la protección del rey Al-Mamún, con quien mantenía vínculos de amistad desde años atrás. La falta de documentación precisa impide conocer el papel exacto de Fáñez en estos hechos, pero su fidelidad a Sancho sugiere una implicación directa en la campaña.
Tras su victoria en Golpejera, Sancho logró tomar el control de León y estuvo a punto de culminar su objetivo: restaurar la unidad del reino que había pertenecido a su padre, Fernando I. Sin embargo, ese propósito se vio truncado poco después, cuando fue asesinado a traición ante las murallas de Zamora, ciudad que pertenecía y defendía su hermana la infanta Urraca.
La muerte de Sancho II marcó un punto de inflexión en la trayectoria de Álvar Fáñez. Con el trono de nuevo en manos de Alfonso VI, antiguo rival de su señor, Fáñez supo adaptarse al nuevo orden. Lejos de quedar relegado, logró integrarse en la corte leonesa y reconducir su lealtad al nuevo monarca. Este giro político fue decisivo, pues bajo el reinado de Alfonso comenzaría realmente su protagonismo histórico.
Una vez asentado en el trono leonés y con el reino reunificado, el nuevo monarca fijó su principal objetivo en Toledo. Aunque no existen pruebas documentales directas sobre la participación de Álvar Fáñez en la conquista de la taifa, es razonable suponer que estuvo implicado en ella, dada su cercanía al monarca y su protagonismo posterior en la región.
El Cantar de mío Cid sitúa a nuestro protagonista junto al Campeador, como su mano derecha y principal lugarteniente. Sin embargo, ante la ausencia de documentos que lo confirmen, no puede asegurarse que formara parte de su mesnada. Cabe la posibilidad de que lo acompañara en los primeros años del destierro, pero lo más probable es que nunca militara bajo su mando. Por el contrario, y siguiendo la estrategia concebida por el rey Alfonso VI para debilitar paulatinamente a los reinos taifas antes de incorporarlos a su dominio, encontramos a Álvar Fáñez en 1083 como alcaide de la fortaleza de Zorita de los Canes.
La toma de Guadalajara, la antigua Wad al-Hayara árabe, una de las capitales de la Marca Media de Al‑Andalus en 1085, representó el punto culminante de su actuación en aquella campaña. Desde entonces, su nombre quedó ligado para siempre al de la ciudad, cuya memoria conserva su figura incluso en su escudo municipal. Las fuentes, no obstante, son escasas y confusas entre la historia y la leyenda, apenas permiten reconstruir con certeza los hechos, aunque no cabe duda de que fue una empresa decisiva para el control del valle del Henares y la consolidación del poder cristiano.
Alfonso VI, político astuto y poco dispuesto a malgastar tropas en un asedio prolongado o en una batalla campal, prefería desgastar a sus adversarios antes que medir fuerzas directamente. Su estrategia combinaba cabalgadas y razias que desarticulaban la estructura interna de las taifas con una política hábil y calculada que las enfrentaba entre sí, forzándolas finalmente a negociar en condiciones desfavorables.
Así se hizo posible la rendición pactada de la taifa de Toledo, con su capitulación, se pacta también la entrega de todo el reino, un territorio comprendido entre el Sistema Central y los Montes de Toledo, y de Talavera a Cuenca. La entrega de las principales plazas se realizó sin combates documentados, siguiendo las órdenes de los hombres de confianza de al-Qādir, el soberano que había heredado la taifa de su abuelo al-Ma’mún. Las cláusulas otorgadas a Guadalajara fueron, como era de esperar, las mismas que se habían acordado para la capitulación de la capital.

Escudo de Guadalajara, España.
En este marco, Álvar Fáñez, actuando por mandato del rey, habría sabido explotar la debilidad del enclave para asegurar la entrega de Guadalajara, ocupada al mismo tiempo que Toledo y otras plazas relevantes del reino. De este modo, la monarquía leonesa consolidaba su posición en la Extremadura castellana a lo largo de la frontera del Tajo.
Ya en el siglo XVI, el historiador Francisco de Medina y Mendoza creó la leyenda de la conquista de Guadalajara por Álvar Fáñez, vinculándolo con la casa Mendoza, que se jactaba de ser descendiente del Cid. Esto nos permite desmentir la leyenda de que Álvar Fáñez aparece en el escudo de la ciudad tomándola. En realidad, el escudo es la evolución de su sello medieval, que originalmente era colgante y tenía dos caras: en una se representaba idealmente a la ciudad, y en la otra aparecía la máxima autoridad municipal, un juez a caballo, portando el pendón o enseña de la villa. Al final de la Edad Media, con la sustitución del pergamino por el papel, los sellos dejaron de ser colgantes y se convirtieron en placas estampadas sobre el documento, fusionando ambas imágenes en una sola. Así, en el escudo de Guadalajara vemos un caballero con el pendón frente a una ciudad amurallada.
Para cumplir el acuerdo alcanzado con al-Qādir —a quien Alfonso VI había compensado con el gobierno de la taifa de Valencia tras la entrega de la de Toledo—, el monarca envió a Álvar Fáñez al frente de unos cuatrocientos caballeros cristianos, reforzados más tarde por contingentes musulmanes locales para escoltarlo y protegerlo. Establecido en la aldea de Ruzafa, a las puertas de la ciudad, Fáñez se convirtió en el ejecutor de una de las estrategias más sutiles y eficaces concebidas por Alfonso VI: ejercer el control político y económico de la taifa sin recurrir al asedio. Como protector de Al-Qadir, garantizaba su seguridad además del cobro y envío regular de las parias —los tributos debidos a la corona leonesa—, de los cuales una parte quedaba en sus manos como compensación por sus servicios y el pago a su mesnada.
El verdadero artífice de esta política fue Alfonso VI, cuya visión imperial pasaba por el dominio indirecto de las taifas a través de presión fiscal, la vigilancia armada, el desgaste interno y el enfrentamiento entre ellas para una vez debilitadas pasar a la anexión de los mismas. Álvar Fáñez, como hombre de absoluta confianza del rey, ejecutó esta estrategia con firmeza e inteligencia, contribuyendo decisivamente al debilitamiento progresivo del poder local. Su actuación en Valencia no solo proporcionó importantes beneficios económicos al rey, sino que también creó las condiciones para una proyección más sólida y duradera del poder cristiano en el Levante, conteniendo a la vez las ambiciones expansionistas de la taifa de Zaragoza, del emergente reino de Aragón y de los condados catalanes.
Curiosamente, esta fórmula sería replicada años después por Rodrigo Díaz de Vivar en esa misma región, cuando ya esté actuaba por cuenta propia. Pero antes que él, fue Minaya Álvar Fáñez quien, siguiendo las directrices del monarca, convirtió aquella política de presión silenciosa en una herramienta eficaz de dominación.
La irrupción de los almorávides en la península, llamados por los reyes taifas para su auxilio, desencadenó una grave crisis para los intereses cristianos. Ante la inminente amenaza, Alfonso VI no dudó en llamar a uno de sus hombres más leales y capaces. Por orden del monarca, Fáñez junto con su mesnada abandonó Valencia y se reunió con el rey para enfrentarse, junto al grueso de las tropas castellanas y leonesas, a la ofensiva almorávide.
La batalla de Sagrajas —o Zallaqa—, librada en las cercanías de Badajoz en octubre de 1086, supuso un duro golpe para el reino de León. Alfonso VI resultó herido de un lanzazo en una pierna, herida que casi le cuesta la vida y lo dejaría cojo para siempre. En medio del caos, fue Álvar Fáñez quien tomó el mando del ejército leonés, organizó la retirada y evitó que la derrota se convirtiera en catástrofe. Aquel ejército que parecía imparable había sido frenado; desde entonces, la guerra cambió de signo: ya no se trataba de conquistar, sino de resistir.
Pese a este revés, Alfonso VI no abandonó su política de dominio sobre las taifas, buscando consolidar sus territorios y garantizar el pago de las parias. Para ello, envió a Álvar Fáñez a intervenir en las taifas de Granada y Almería, donde aplicó la misma estrategia que había empleado en Valencia: negociar con las autoridades locales mientras presionaba militarmente. En este caso, trató directamente con Abd Allah, último rey de la dinastía zirí, de origen bereber, quien recoge estas negociaciones en sus memorias. Según el relato, Abd Allah intentó sobornar a Minaya con 10.000 dinares. Álvar Fáñez tomó el dinero con calma y, acto seguido, sin vacilar, dijo: «Ahora dame lo de mi señor». Con un gesto tan sencillo como firme, dejó claro que ningún tesoro podía superar su lealtad al rey. Su fidelidad era inquebrantable, y hasta un soborno se convertía en un instrumento para cumplir con su deber.
Entre tanto, los norteafricanos no aprobaban el modo de vida de sus hermanos de fe en al-Ándalus. Consideraban que los andalusíes se habían vuelto demasiado laxos con la ley islámica: bebían vino, cultivaban el arte, la música y la poesía, y convivían con otras religiones —no exentos de conflictos entre ellas— en un mosaico cultural único. En las ciudades taifas se entremezclaban árabes, bereberes y muladíes —cristianos convertidos al islam— junto a comunidades mozárabes —cristianos bajo dominio musulmán— y judías.
Aunque el islam era la fe dominante, existía una relativa coexistencia entre credos y culturas, algo que los rigoristas almorávides interpretaban como una señal de decadencia moral. En una palabra: eran laxos con el islam. Y por ello, decidieron conquistar al-Ándalus, transformando radicalmente el mapa político.
Mientras tanto, entre misión y misión encomendada por su rey, Minaya siguió actuando a lo largo de la Extremadura castellana, en la zona de Guadalajara y el corredor del Henares, protegiendo la frontera frente a las incursiones almorávides. Es muy probable que también participara en la defensa de Toledo durante su asedio, consolidando su papel como pieza clave en la protección del flanco sur y convirtiéndose, a partir de entonces, en el personaje central de la defensa y consolidación del nuevo reino.
Entretanto, en 1090, Granada cayó en manos almorávides y Abd Allāh fue depuesto y enviado al exilio en Agmat y Fez, en el norte de África. Resulta llamativo que los mismos reyes taifas que habían solicitado la ayuda almorávide vieran entonces el riesgo de perder sus propios reinos a manos de aquellos, solicitando ayuda a los cristianos ante la presión militar y el avance imparable de los norteafricanos. El emir, informado de estas maniobras, se decidió por la conquista directa de las taifas: tras tomar Tarifa, centró sus esfuerzos en Córdoba para impedir que Sevilla recibiera apoyo leonés; en su defensa murió al-Maʿmūn, hijo de al-Muʿtamid de Sevilla. Tras la caída de Córdoba, los almorávides marcharon sobre Sevilla, donde depusieron a al-Muʿtamid y lo enviaron al exilio en África.
En ese contexto, Álvar Fáñez había sido enviado por Alfonso VI a la taifa sevillana para apoyar al rey al-Muʿtamid frente al creciente empuje almorávide. Sevilla, una de las taifas más poderosas de la península, era clave para frenar el avance norteafricano. Fue durante esta operación cuando Fáñez sufrió una dura derrota a manos de las tropas almorávides en las inmediaciones de Almodóvar del Río. Gravemente herido, el episodio supuso un momento crítico en su trayectoria militar, aunque no redujo su papel como hombre de confianza del monarca leonés.
Pero no todos los reyes taifas lograron sobrevivir a la expansión almorávide: el rey de la taifa de Badajoz, al-Mutawakkil, intentó resistir, siendo derrotado y asesinado junto con toda su familia, poniendo fin a la dinastía aftásida pese al apoyo leonés y evidenciando la dureza con la que los almorávides consolidaron su dominio.
Solo el príncipe al-Mansur, hijo de al-Mutawakkil —identificado en algunas fuentes como Abd Allāh o Muḥammad, aunque la historiografía moderna respalda mayormente el nombre al-Mansur— logró sobrevivir y refugiarse en el reino de León junto con sus hombres, los temibles Dawāhir, guerreros cuya sola presencia infundía pavor y que, en venganza contra los almorávides, no hacían prisioneros. Allí sirvió como capitán al frente de la mesnada de Álvar Fáñez. Ibn al-Kardabus los describió así: «Durante ese periodo se unieron al Campeador y a otros, muchos musulmanes malvados, viles, perversos y corrompidos, y muchas gentes que actuaban conforme a la manera de obrar de ellos. Se les dio en llamar dawa´ir».
«…Un grupo de ellos, que se había unido a Alvar Fáñez, maldígale Dios, así como a ellos, cortaban los miembros a los hombres y las partes pudendas a las mujeres. Eran los criados y los servidores de él, que habiendo sido seducidos grandemente, en sus creencias, fueron perdiendo enteramente su fe».
Su llegada reforzó la frontera occidental y, junto con los Pardos —caballería villana—, formaron parte principal de la mesnada de Álvar Fáñez. Además, proporcionó a Alfonso VI un aliado con profundo conocimiento de las taifas del sur, lo que le permitió consolidar posiciones estratégicas y mantener bajo control los territorios recién incorporados. Con ellos, Minaya se desplazaba entre las provincias de Guadalajara, Toledo y Cuenca, acudiendo siempre allí donde más se necesitaban sus servicios.
Así lo encontramos en la batalla de Consuegra en 1097, una nueva y dura derrota para las huestes de Alfonso VI frente a los almorávides, en la que murió Diego Rodríguez, único hijo varón de Rodrigo Díaz “el Cid”. En aquella jornada, Álvar Fáñez dirigió una vez más la defensa de la fortaleza de Consuegra, resistiendo el asedio tras el desastre en campo abierto. Su pericia evitó la catástrofe total: replegó, reorganizó y mantuvo la plaza, salvando lo que quedaba del ejército leones y preservando un punto clave en la frontera del reino.
A partir de entonces, Álvar Fáñez se consolidó como el defensor indiscutible de Toledo, apareciendo en la documentación de la época con títulos tan significativos como «príncipe de la caballería de Toledo». Pero una vez más, la tragedia se abatió sobre el reino de León. El ejército cristiano, comandado por el joven príncipe Sancho Alfónsez, único hijo varón de Alfonso VI, sufrió una dura derrota ante las tropas almorávides en Uclés en 1108. El desastre fue total: las fuerzas reales fueron aniquiladas y el príncipe cayó durante la retirada, sellando con su muerte el destino de la jornada y del reino. En medio de aquel caos, Fáñez volvió a demostrar su temple. Reorganizó a las tropas supervivientes, condujo la retirada y se refugió en Toledo, no para rendirse, sino para resistir.
Desde la ciudad del Tajo —último bastión cristiano frente al empuje almorávide— asumió un papel que iba más allá del de un simple capitán, se convirtió en el guardián de un reino sin heredero, manteniendo su cohesión cuando todo parecía tambalearse.
Mientras la incertidumbre amenazaba con desgarrar León, él encarnó la continuidad del poder legítimo y la estabilidad institucional, representando la idea misma de Estado y permanencia en uno de los momentos más críticos de la historia leonesa.
La dramática escena donde los hombres derrotados se presentan ante un desolado y envejecido Alfonso nos la narra el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada en «De rebus Hispaniae o Historia de los hechos de España»: « ¿Dónde está mi hijo, la alegría de mi vida, el consuelo de mi vejez, mi único heredero?» Entonces Álvar Fáñez, el viejo guerrero, dio un paso al frente y respondió con la entereza de quien ha combatido toda su vida por su rey y por un ideal que lo supera: «Conocedores de las penalidades que habéis sufrido desde vuestra adolescencia, de la sangre que habéis derramado tantas veces por vuestra patria, por sus ciudades, baluartes y castillos, y de que ningún socorro necesitaba vuestro hijo una vez muerto, hemos venido aquí para que con la muerte de éste no se apague la gloria de vuestras hazañas si, al morir nosotros, se pierde lo que habéis conquistado desde vuestra juventud con tanto éxito.»
Se presume que la muerte de su hijo Sancho precipitó la del emperador Alfonso un año después, dejando como heredera a su hija Urraca, primera reina propietaria de León. Antes de morir, Alfonso encomendó a Álvar Fáñez la protección de su hija, tal como había hecho con su hermano Sancho y con él mismo. Fáñez, inquebrantable en su lealtad, mantuvo fielmente su compromiso con la reina Urraca, actuando como su protector y garante de la integridad del reino, independientemente de los conflictos que la reina tuviera con su segundo esposo, Alfonso I de Aragón «el Batallador», quien ocupó Toledo el 28 de mayo de 1111. La ciudad sería recuperada por Álvar para la causa leonesa a comienzos de 1113.
Esta situación abrió una honda fractura en la sociedad leonesa, enfrentando a los partidarios de la reina con los del monarca aragonés e incluso con quienes apoyaban a su propio hijo, el futuro Alfonso VI.

El juramento de Álvar Fáñez de Minaya, óleo de 1,46 x 2,23 m de Jenaro Pérez Villaamil (1847), en el alcázar de Sevilla.
Urraca I, reconociendo su valor y lealtad, le otorgó el señorío de Peñafiel y lo designó tenente y jefe militar de la ciudad de Toledo nombrándolo «Toletule dux» (duque de Toledo), que ese mismo año logró defender con éxito de un nuevo cerco almorávide, el mismo enemigo que poco antes le había infligido la amarga derrota en Uclés.
En medio del caos, Álvar Fáñez fue el único que, consciente de la gravedad del momento, tomó sobre sí la defensa de la frontera al frente de sus caballeros, sus pardos y sus dawāhir. Bajo su mando, la línea defensiva del reino contuvo la ofensiva del emir Alí ibn Yusuf, que intentó aprovechar la crisis para recuperar Toledo, encontrándose siempre con una resistencia tenaz y disciplinada: «… después se acercaron a la propia ciudad, levantaron maquinas en lugares estratégicos y la sitiaron atacándola durante largo tiempo con flechas, piedras, lanzas, dardos y fuego. Pero en la ciudad estaba el valiente caudillo de los cristianos Álvaro Fáñez con una gran multitud de caballeros, arqueros, peones y robustos jóvenes, que, apostados en la murallas de la ciudad, en las torres y en las puertas, luchaban valientemente contra los musulmanes; muchos musulmanes murieron allí, por lo que puestos en fuga por el valor de los cristianos, se retiraron lejos de las torres de la ciudad…» Chrónica de Alfonso VII. Anónima.
«…Al séptimo día los guerreros cristianos se lanzaron valientemente fuera de la ciudad por sus puertas a la caída del sol y, ante la huida de los “azecutos” y de los “agarenos”, prendieron fuego a todas las máquinas que habían abandonado en su huida y a todos los artificios con los que el rey Alí y sus jefes militares pensaban socavar las murallas de la ciudad. Y con la ayuda de Dios la ciudad permaneció intacta». Chrónica de Alfonso VII. Anónima.
—Azecutos (del árabe al-sáqa, que significa «la última parte del ejército» o «retaguardia») eran un cuerpo de tropas escogidas en el ejército almorávide, de Alí ibn Yúsuf. Por su parte el termino agareno era un exónimo (nombre usado por forasteros) común utilizado por las fuentes cristianas medievales para designar a la totalidad de los musulmanes en la península ibérica y el norte de África—.
Al no poder tomar la ciudad, ibn Yúsuf, ordenó la retirada y centró sus esfuerzos en devastar el territorio toledano, obteniendo un importante botín y numerosos prisioneros. Sin embargo, las fortalezas resistieron, al igual que plazas como Guadalajara, que actuaron como refugio y salvaguarda para la población. Es de notar la soledad de Álvar Fáñez debido a la convulsión que sufría interiormente el reino de León derivada de la situación de conflicto entre la reina Urraca, su marido y los partidarios de su hijo Alfonso. Tras esto hubo distintas razias almorávides a lo largo de la zona del valle del Henares pero sin ninguna pérdida territorial
En 1114, las milicias concejiles de Segovia se alinearon con el rey aragonés, y la reina Urraca confió a Álvar Fáñez la misión de sofocar la revuelta. A la cabeza de sus hombres —el caballero curtido en mil batallas— se acercó al conflicto con la determinación de siempre; pero un pequeño choque con las milicias sublevadas terminó de forma abrupta y fatal. La única voz contemporánea que alude a su muerte, los «Anales Toledanos», lo expresan con su característica sobriedad medieval: «Los de Segovia, después de las octavas de Pascua mayor, mataron a Albar Hannez; era M C L II (1114)». Esa línea escueta, sin comentario ni explicación, certifica el final inesperado y violento de uno de los más fieles servidores de la monarquía leonesa.
Poco después, esas fuerzas rebeldes regresaron a la obediencia leonesa, devolviendo la ciudad a la reina, aunque ya sin su protector al frente. Su muerte no llegó en el fragor del combate ni en la tranquilidad de su lecho, sino como fruto de la deslealtad: un final inesperado para un hombre que había consagrado toda su vida a defender el reino y a sus reyes.
Desde que leí, hace tiempo, el libro del historiador Plácido Ballesteros San José: “Alvar Fáñez: trayectoria histórica del defensor del Reino de Toledo (1085-1114)”; he sentido fascinación por este ilustre personaje que aparece siempre relegado a un segundo, importante, pero segundo plano en el poema “el Cantar del Mio Cid”.
Este artículo no pretende restar grandeza a la figura del Cid; lo que busca es devolver el protagonismo a quien fue su pariente, posible compañero de armas y amigo, su hermano: su Minaya. A diferencia de él, Álvar Fáñez conoció la derrota y nunca conquisto un reino, pero fue el brazo ejecutor de una estrategia original e insólita, capaz de ampliar y mantener los dominios de su monarca como nadie lo había logrado antes. Más aún, se erigió en el escudo que sostuvo el reino de León: firme, leal y valiente. Guardián de Toledo y custodio de la integridad del territorio frente a invasiones externas y conflictos internos, convertido en la figura principal del reino leonés tras el propio monarca. Su legado no se mide en conquistas, sino en la firmeza y la seguridad que supo mantener durante uno de los períodos más turbulentos de la historia cristiana peninsular.
Rodrigo conquistó Valencia, sí, pero tras su muerte la ciudad se perdió. Álvar defendió Toledo… y Toledo nunca volvió a caer.
Esa fue su victoria. Ese, su legado.
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