Como ya sabemos, la conquista no fue llevada a cabo por tropas profesionales, sino mediante un contrato entre particulares y la Corona. Fueron hombres que partieron hacia lo desconocido, arriesgándolo todo: honor, hacienda —quien la tenía o la hacía— y vida, en busca de ascenso social, fama y riquezas que, en la mayoría de los casos, nunca llegaron.

La excepción se encontró en el sur del continente, donde la conquista de Chile comenzó como las demás, pero allí se toparon con un enemigo tenaz: el pueblo mapuche. Su resistencia fue tan prolongada y feroz que la Corona tomó una decisión sin precedentes en América: enviar y mantener fuerzas profesionales para intentar controlar el territorio.

Pero antes de continuar conozcamos un poco la región. La Araucanía, con sus 32.000 km², se sitúa en el corazón de Chile. Al norte, el río Bio-Bío marca su límite, mientras que al sur lo hace el río Imperial. Al este, la imponente cordillera de los Andes domina el paisaje, y al oeste se extiende el océano Pacífico. Un territorio, en este momento carente de interés, que fue explorado por varias razones, como la obtención de fama y honor o saber que había más al sur del Perú, representando no solo un futuro asentamiento y distribución de tierras, sino también el inicio de la cristianización de los nativos.

España estableció Chile como un reino, con una estructura de gobernación y capitanía general bajo la autoridad de un gobernador, quien rendía cuentas al virrey del Perú.

Su población original era un mosaico de tribus, sin una organización central ni cohesión entre ellas. Su nivel de civilización era limitado, y no existía una homogeneidad étnica ni cultural. Ningún grupo tenía la fuerza para imponerse sobre los demás, lo que daba lugar a una notable pluralidad: puquinas, changos, diaguitas, picunches, mapuches, huilliches, cuncos, pehuenches, puelches, tehuelches, alacalufes, yámanas o patagones.

Desde que Diego de Almagro se aventuró hacia el sur del Perú en 1535, la cosa pintaba en bastos —a decir de los mayores—. Tras una durísima travesía cruzando los Andes, lo que encontró no fue precisamente prometedor: no había ni grandes imperios que conquistar ni riquezas que justificaran semejante esfuerzo. Decepcionado, decidió volver al norte, esta vez por la otra ruta posible: el desierto de Atacama, el más árido y hostil del mundo. Vale la pena recordar que incluso el imperio Inca había intentado expandirse hacia el sur… sin éxito.

Años después, Pedro de Valdivia —maestre de campo de Francisco Pizarro durante la guerra civil contra Almagro— recibió como recompensa un cerro rico en plata: el Cerro de Porco, cerca del Potosí. Pero Valdivia no se conformaba solo con riqueza; quería honor y fama. Por eso solicitó a Pizarro el derecho a conquistar Chile, y recibió en 1537, mediante Real Cédula, el encargo oficial de avanzar sobre aquellas tierras que Almagro había abandonado. Su plan era claro: partir hacia el sur fundando ciudades a medida que progresaba, asentando de esta forma el dominio español paso a paso.

Valdivia se dirigió hacia el sur adentrándose en el temible desierto de Atacama, dividiendo la expedición en cuatro grupos a una jornada de distancia cada uno para de esta forma dar tiempo a recuperarse a los escasos pozos de agua que los guías indios conocían. Tras atravesarlo llegaron al valle de Copiapó, o Copayapu, bautizando su nueva jurisdicción como Nueva Extremadura. El avance, aunque rápido al principio, pronto chocó con la resistencia de los indígenas de la zona los mapuches también llamados por los españoles araucanos, —mapuche es un endónimo relativamente reciente que significa “Pueblo de la Tierra” o “Hijos de la Tierra”, donde mapu significa “tierra” y che significa “persona”—. Valdivia consiguió llegar hasta el sur del río Bio-Bío, fundando asentamientos, pero no pudo controlar la región de los continuos ataques indígenas. Capturado en la batalla de Tucapel, por su antiguo paje y ahora toqui (jefe militar) Lautaro, falleció tras tres días de torturas, según los relatos de los cronistas e historiadores.

Leftraru, hijo del lonco Curiñancu —un respetado jefe mapuche de las tierras de Carampangue y Tirúa—, fue capturado cuando aún era un muchacho. Los españoles lo bautizaron como Felipe y castellanizaron su nombre, llamándolo Lautaro. Sirviendo como paje de Pedro de Valdivia, lo acompañaba a todas partes, aprendiendo primero a cabalgar hasta convertirse en un magnifico jinete. Pero su aprendizaje no se detuvo ahí: observó atentamente las tácticas de los conquistadores y, del propio Valdivia, aprendió los principios de la guerra. Sin embargo, también fue testigo de la brutalidad de los castellanos: las torturas y mutilaciones infligidas a su pueblo quedaron grabadas en su memoria. Aquellas visiones sembraron en él una profunda rabia, un deseo incontenible de venganza. En 1551, decidido a liberar a los suyos, Lautaro huyó y regresó a su tierra.

El pueblo mapuche estaba conformado por un conjunto de tribus indígenas que compartían una lengua común, el mapudungun, así como costumbres y cultura propia, pero sin constituir un estado unificado. Su sociedad se organizaba en clanes patrilineales autónomos llamados lof, integrados por familias emparentadas bajo la autoridad de un lonco o longko (cabeza) jefe local, cuyo poder derivaba del vínculo de parentesco. Cada lof tomaba decisiones de manera autónoma y podía coordinarse con otros en momentos de guerra o necesidad, pero al concluir el conflicto, retomaba su plena independencia. En esencia, la organización mapuche era descentralizada y horizontal: cada comunidad administraba su territorio y resolvía sus disputas conforme a sus propias normas consuetudinarias, sin una autoridad central que rigiera sobre el conjunto del pueblo.

Al principio, los mapuches carecían de una organización militar formal. Su modo de combatir se basaba en la sorpresa: ataques relámpago, emboscadas audaces y malones destinados a obtener provisiones, ganado o prisioneros —mujeres y niños, sobre todo— que luego podían ser integrados, intercambiados o esclavizados. Sin embargo, pronto demostraron una notable capacidad de adaptación frente a las estrategias y armas traídas por los españoles.

Cuando Lautaro regresó con los suyos, su conocimiento del enemigo le valió ser elegido toqui, jefe militar supremo. Con una visión táctica poco común, enseñó a los mapuches a perder el miedo a los caballos, a domarlos y a combatir montados, forjando así una de las caballerías ligeras más temidas de toda la América hispana. Introdujo formaciones cerradas y disciplinadas, combinando el uso de armas blancas y de fuego, y promovió la fabricación local de estas y de la pólvora.

En el campo de batalla, los mapuches mezclaban una infantería ordenada con jinetes que golpeaban los flancos con precisión letal. Pero su mayor fortaleza seguía siendo el dominio del terreno: los bosques, ríos y cerros se convertían en aliados invisibles. Las tácticas de guerrilla alcanzaron una eficacia asombrosa: atacaban con rapidez, se desvanecían entre la espesura y regresaban para golpear de nuevo antes de que el enemigo comprendiera lo ocurrido.

Finalmente, tras años de desafiar con audacia el poder de los castellanos, Lautaro halló su destino en la batalla de Mataquito. Había establecido su campamento junto al río, confiado en la fidelidad de sus aliados, sin sospechar que las fuerzas de Francisco de Villagra avanzaban en silencio para sorprenderlo. El ataque castellano se produjo al amanecer, rodeado y superado en número, Lautaro no retrocedió: tomó su lanza y peleó hasta el último instante cayendo en el combate.

Su cabeza fue llevada a Santiago y exhibida como advertencia, pero lejos de infundir temor, su muerte avivó la leyenda. Desde entonces, Lautaro dejó de ser solo un guerrero: se convirtió en el símbolo inmortal de la resistencia mapuche frente a la conquista.

Tras cincuenta años de guerra continua y desgastante, el conflicto entre españoles y mapuches alcanzó un punto de inflexión con la batalla de Curalaba (1598), donde la columna del gobernador Martín García Óñez de Loyola fue completamente aniquilada. Aquel desastre forzó a los españoles a replegarse al norte del río Bio-Bío, marcando el fin de los enfrentamientos frontales y el inicio de una nueva etapa: la llamada guerra defensiva, y más tarde, ante el fracaso de esta, una política de negociación conocida como los Parlamentos.

Tras la muerte de Loyola, el rey Felipe III nombró gobernador de Chile a Alonso de Ribera. Al evaluar la situación, Ribera encontró un panorama desolador: tropas mal equipadas, indisciplina generalizada y fortificaciones en mal estado. Ante esto, reorganizó la infantería, restauró el orden en los campamentos con medidas de disciplina estricta y solicitó al rey la creación de un ejército profesional y permanente para enfrentar con eficacia la amenaza indígena.

Ribera, maestre de campo de tercio curtido en las guerras de Flandes, comprendió que los mapuches ya no eran los mismos de décadas atrás. Habían asimilado el arte de la guerra europea, adoptando tanto las tácticas como el armamento español. Mientras los soldados de la Corona sufrían por la falta de preparación y moral, los indígenas combatían con sorprendente organización: formaciones cerradas de infantería protegidas por caballería ligera, con guerreros armados no solo con lanzas y armas tradicionales como boleadoras y macanas, sino también con picas y armas de fuego que sabían usar… y fabricar. En este contexto, la incapacidad española para adaptarse a los avances tácticos del enemigo los dejaba en clara desventaja frente a un adversario que conocía el terreno, aprendía con rapidez y golpeaba con eficacia.

En enero de 1603 el rey autorizó la formación de dicho ejército, llegando la orden a Chile un año más tarde; había nacido el Tercio del Arauco.

Ribera tomó medidas firmes para profesionalizar la guerra en Chile. Reestableció la disciplina en las tropas, organizó un censo de hombres aptos para el combate e impuso un servicio militar obligatorio. Para asegurar el suministro del ejército, mandó a crear talleres de herreros y carpinteros que fabricaran armas y herramientas, y puso en marcha un sistema de abastecimiento que incluía tierras destinadas exclusivamente al sustento de los soldados.

Su gran proyecto consistía en levantar una red de fuertes al norte del río Bio-Bío, en las puertas del territorio mapuche, que sirvieran como base para avanzar la frontera a medida que se sometían las comunidades cercanas. La idea era fijar el río como límite primero y, más adelante, convertirlo en zona de intercambio comercial. Para financiar todo este esfuerzo, se creó el Real Situado: un fondo especial que salía de las arcas de las minas del Potosí y se destinaba exclusivamente al mantenimiento del ejército en la guerra de Arauco.

Se promovió el enrolamiento voluntario con la promesa de riqueza obtenida mediante el botín de guerra. Al finalizar su servicio, muchos soldados recibían tierras, transformándose así en colonos y asegurando una presencia permanente en los territorios conquistados. En paralelo, se creó la Estancia del Rey, una unidad de abastecimiento clave para mantener al ejército. Esta incluía tierras en la isla Santa María, dos estancias al sur del río Maule y otra en Quillota, destinadas a la producción de trigo, ganado y otros recursos esenciales para alimentar y equipar a las tropas, reduciendo así la dependencia de suministros provenientes de otras regiones.

Además del contingente organizado localmente, desde España se enviaron tropas profesionales para reforzar las campañas y consolidar la ofensiva en el sur del reino. También llegaron refuerzos desde el virreinato del Perú. En un primer momento, se conformó un ejército de 1.500 soldados financiado con 120.000 ducados anuales provenientes del Real Situado. Sin embargo, ante la magnitud del conflicto, en 1606 se incrementó tanto el presupuesto como el número de tropas: el ejército pasó a contar con 2.000 soldados regulares, apoyados por unos 6.000 yanaconas, indígenas aliados que prestaban servicios auxiliares. Esta fuerza representó la profesionalización definitiva del esfuerzo militar español en la guerra de Arauco.

En el año 1600, Felipe III creó la Junta de Guerra de Indias, un organismo destinado a asesorar a la Corona en los asuntos militares del continente americano. Sin embargo, su eficacia era limitada: las decisiones tomadas en Madrid llegaban con demasiado retraso al lejano reino de Chile, donde la realidad de la guerra requería respuestas inmediatas. Por ello, el rey optó por delegar el mando militar supremo en los virreyes, otorgándoles el título de capitanes generales. Estos, a su vez, podían nombrar a oficiales de alto rango en los territorios bajo su jurisdicción, como el maestre de campo y el sargento mayor, quien actuaba como segundo en la cadena de mando.

El ejército establecido por Alonso de Ribera se organizó en compañías o tercios, aunque en la práctica nunca alcanzó el tamaño ni la estructura compleja de un Tercio europeo. Cada unidad contaba con entre 150 y 200 soldados, muchos de ellos veteranos de Flandes y otras campañas del Imperio. Al frente de cada compañía estaba un capitán, asistido por suboficiales como sargentos y alféreces, encargados del orden, disciplina y mando directo sobre la tropa.

La caballería ligera cumplía funciones tácticas de reconocimiento, hostigamiento y reacción rápida, adaptadas al terreno y al tipo de guerra que se libraba en la frontera del Biobío. Junto a ellos, indígenas aliados como los yanaconas y otros pueblos incluidos mapuches aliados, desempeñaban un papel crucial en tareas logísticas, exploración del territorio e incluso en combate, formando un cuerpo auxiliar indispensable para la movilidad y la eficacia de la campaña.

Alonso García de Ramón. Gobernador de Chile 1600-1601 y 1605-1610.

A pesar de los avances logrados bajo el mando de Ribera, el rey decidió reemplazarlo, nombrando en su lugar a Alonso de Sotomayor. Este, sin embargo, rechazó el cargo, lo que llevó a la reinstauración de Alonso García Ramón, quien ya había ejercido como gobernador interino antes de Ribera y contaba con experiencia directa en la guerra indígena. La alternancia de mandos muestra cómo la Monarquía intentaba mantener un equilibrio entre las decisiones tomadas en la metrópoli y las necesidades prácticas del conflicto en terreno americano.

El Tercio del Arauco empleaba el mismo armamento que los veteranos Tercios europeos: espadas, lanzas, dagas y arcabuces. Este último —arma de fuego pesada y lenta, pero letal— era clave en los enfrentamientos a distancia. Algunos combatientes, además, portaban rodelas como defensa personal. En cuanto al atuendo, no existía una uniformidad reglada. Los soldados vestían según el clima y los recursos disponibles: jubones, calzones y capas de lana o paño, con una variedad de colores y estilos según la región y el acceso a materiales.

En 1601 llegó a Chile un veterano de las campañas europeas: Alonso González de Nájera. Combatió en el sur chileno hasta 1607, ascendiendo a maestre de campo. A su regreso a España, escribió: Desengaño y reparo de la guerra del reino de Chile, obra en la que describe no solo la geografía y la guerra, sino también a los pueblos indígenas con un enfoque sistemático y novedoso. Para Nájera, la guerra se estaba perdiendo por la improvisación, la falta de disciplina y la precariedad del equipamiento. Propuso, al igual que Alonso de Ribera, un modelo profesional inspirado en los Tercios de Flandes: soldados entrenados, bien armados y sostenidos directamente por la Corona.

Del arcabuz al parlamento: la evolución de la Guerra del Arauco

En Chile se dio una circunstancia curiosa: ante las necesidades extremas de los soldados en la línea fronteriza, muchos intercambiaban sus armas por alimentos, ropas u otros bienes de primera necesidad. Esto dio lugar a un fenómeno particular: el de los renegados, soldados que voluntariamente abandonaban las filas españolas para integrarse al mundo mapuche, asumiendo sus costumbres e incluso, en algunos casos, su religión. Las razones eran diversas: hambre, ambición, deseo de poder, vínculos personales, huida de la justicia o, simplemente, la búsqueda de una vida más llevadera.

A su vez, los cautivos tomados en los malones no solo eran esclavizados, sino también aculturizados. Los mapuches imponían su lengua, su modo de vestir y sus creencias. Como recogió Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, en palabras de un lonco: «Comen con nosotros, beben con nosotros, visten de lo que nosotros, y si trabajan, es en compañía nuestra». En una palabra: comenzaron a actuar como los españoles.

Lo que ninguno de los dos contrincantes previó fue que este contacto, forzado pero cotidiano, dio origen a un entorno fronterizo de intercambio y mestizaje, un espacio fluido que prefigura algunos de los rasgos fundamentales de la sociedad chilena actual.

Tras la guerra ofensiva y la consolidación de la frontera en el río Biobío, se adoptó una nueva estrategia: la guerra defensiva, impulsada por el jesuita Luis de Valdivia y respaldada por Felipe III. Esta política renunciaba a la expansión militar: solo los misioneros podían entrar en territorio mapuche, con la intención de convertir por la palabra, no por la espada. Valdivia, dotado para las lenguas, aprendió mapudungun y compuso una gramática con ayuda de otros jesuitas como Hernando de Aguilera y Juan de Olivares. También aprendieron otras lenguas regionales, como el allentiac y el millacayac.

Pero la estrategia no prosperó. El secuestro y posterior cristianización forzada de mujeres del lonco Anganamón —con participación de soldados del Tercio y la complicidad de algunos misioneros— terminó con la muerte  de tres jesuitas en 1612. Fue el fin de la guerra defensiva.

Tras su fracaso, se retomaron las campañas militares hasta que, por desgaste y pragmatismo, surgió una nueva vía: los Parlamentos. En estos encuentros, capitanes españoles y loncos mapuches negociaban de igual a igual. Se pactaban treguas, se reconocían territorios y se establecían juramentos de fidelidad al rey a cambio de conservar la tierra. Era un sistema frágil, pero funcionaba. El ejemplo más acabado fue el Parlamento de Negrete de 1793, donde se acordaron dieciséis artículos que regulaban las relaciones fronterizas, el comercio libre, la repoblación de zonas devastadas y la colaboración mutua frente a amenazas externas.

La guerra, que había comenzado con arcabuces, lanzas y boleadoras terminó regulándose con tratados y promesas.

La gran paradoja de la independencia chilena fue que, tras tres siglos de resistencia feroz contra España, la mayoría de los mapuches acabaron luchando en defensa del rey. No lo hicieron por lealtad ideológica, sino por estrategia política: desconfiaban de los criollos republicanos y temían que la nueva república no respetara los acuerdos establecidos durante la época virreinal. Para muchos caciques, la fidelidad al monarca garantizaba la autonomía territorial y el mantenimiento del equilibrio alcanzado tras largos años de guerra y parlamentos.

Sin embargo, con la consolidación del Estado chileno en la segunda mitad del siglo XIX, la política de parlamentos fue abandonada. El resultado fue la llamada “Pacificación de la Araucanía” (1861–1883), una campaña militar sistemática para ocupar y controlar el territorio mapuche.

En este escenario fronterizo del Cono Sur americano, el Tercio del Arauco fue durante siglos la columna vertebral de la presencia militar española. Forjado en un conflicto continuo, compuesto por soldados endurecidos —españoles, criollos, mestizos, e incluso indígenas aliados—, defendieron los intereses de la Corona ante un enemigo duro e implacable. La frontera chilena, viva como ninguna otra, fue protagonista de una guerra que terminó derivando en una convivencia en la que mestizaje, comercio y diplomacia coexistieron de tal forma que, al llegar la independencia, los herederos de unos y otros acabaron luchando juntos del lado realista. No lo hicieron por España, sino por lo pactado con ella, por su tierra, algo que la nueva república pronto les negaría.

Al igual que los Dragones de Cuera en el septentrión novohispano, los Blandengues de la Frontera en el Río de la Plata, los Dragones de Valle de Upar en el virreinato de Nueva Granada o las Cuadrillas de Ronda en los llanos venezolanos, el Tercio del Arauco formó parte de ese vasto mosaico de soldados de frontera que, durante siglos, sostuvieron los confines del Imperio español en América.

Todos ellos, desde territorios tan diversos como lejanos, compartieron una misma esencia: la vida dura y constante de la guerra irregular, el mestizaje como realidad cotidiana y una fidelidad forjada no solo por la obediencia al rey, sino por el reconocimiento mutuo de un sistema de normas, pactos y jerarquías que, adaptado a las circunstancias del Nuevo Mundo, reproducía en esencia el orden hispano.