Hay demasiadas diferencias entre este mes de marzo en que aterrizará su Santidad en el aeropuerto de La Habana y aquel enero de 1998 cuando lo hizo Juan Pablo II. Quien fuera conocido también como el “Papa viajero” vino precedido por historias que lo relacionaban con la caída de los regímenes de Europa del Este. Ratzinger, por su parte, arribará en un momento en que ya hay toda una generación de cubanos que nació con posterioridad al Muro de Berlín y que ni siquiera sabe lo que significan las siglas URSS. A finales de los años noventa, Karol Wojtyla nos encendió el corazón -incluso a los agnósticos como yo- diciendo más de una docena de veces la palabra “libertad” en la Plaza de la Revolución. Pero ahora la apatía y el desánimo harán más difícil que las frases de Ratzinger movilicen la misma emoción. Su visita será más bien un pálido reflejo de aquella otra, porque ya no somos los mismos ni es el mismo Papa.
