Otro Mundo Es Posible

La forjadora de una nación

Cortés visitando a Marina y a Martín Cortes, hijo de ambos.

 

Pero nada más lejos de la verdad: nada de eso estaba en la mirada de aquellos pueblos. Allí fue, ante todo, la voz que articuló dos mundos, una figura decisiva como intérprete, mediadora y, posiblemente, asesora en la conquista del Imperio mexica, llevada a cabo por una coalición de pueblos indígenas y los recién llegados castellanos. Incluso hoy, comunidades indígenas continúan honrando y resignificando la figura de Malintzin, muy lejos del mito nacionalista que durante siglos la convirtió en el símbolo de la traición.

Vayamos al principio: Nada se sabe de su nacimiento, ni de su infancia, ni siquiera de su nombre. Malinalli, el que aparece en relatos populares y manuales escolares como supuesto nombre de cuna —y que significaría «hierba» en náhuatl, asociado al día de su nacimiento en el tonalpohualli— es un mito. Ninguna fuente del siglo XVI nos lo confirma lo que nos lleva a pensar que es una interpretación posterior de los historiadores.

El primer nombre real y documentado que recibió fue Marina. Se le impuso en 1519, cuando fue bautizada junto a las otras diecinueve mujeres entregadas en Tabasco. Tampoco se conoce el motivo de la elección, lo que desmonta también la idea de que se escogió por parecerse a Malinalli. Los clérigos no realizaban estudios lingüísticos para asignar nombres de bautismo y, como ocurrió con las demás mujeres bautizadas junto a ella, recibió un nombre cristiano cuyo origen concreto desconocemos: En las crónicas, las otras mujeres recibieron nombres como Inés, Clara, Juana o Catalina sin relación alguna con sus nombres originales.

La paradoja de su identidad se completa cuando los pueblos de habla náhuatl, incapaces de pronunciar la «r» castellana y queriendo otorgarle un trato de máximo respeto, adaptan el nombre a Malina y le añaden el sufijo reverencial -tzin. Así nació Malintzin —«la respetable Marina»—, término que los propios soldados españoles, ante su difícil pronunciación, deformarían en el definitivo Malinche.

Su origen: La mujer que acabaría convirtiéndose en la voz entre dos mundos emerge de las fuentes envuelta en incertidumbres. Ni siquiera conocemos con certeza dónde nació ni cuál fue exactamente su posición dentro de la compleja jerarquía social de la región de Coatzacoalcos. Las hipótesis más extendidas sitúan su nacimiento en localidades como Oluta, Painala o la desaparecida Huilotlan, mientras que diversas tradiciones la vinculan a una familia principal, quizá relacionada con los señoríos de Oluta y Xaltipan. Sin embargo, la escasez y ambigüedad de la documentación impiden ir mucho más allá de las conjeturas. Como ocurre con tantos episodios de su vida, las certezas son escasas y las preguntas superan a las respuestas.

Bernal Díaz del Castillo la presenta como hija de unos caciques de Painala, pero su relato fue escrito décadas después y no podemos comprobar todos sus detalles. Lo que parece más seguro es que Marina procedía de la región de Coatzacoalcos y que pertenecía a una familia de cierta posición social.

Tras la muerte de su padre, según Bernal, su madre volvió a casarse y tuvo un hijo. Para evitar que la niña pudiera reclamar algún día la herencia, habría sido entregada a unos comerciantes que la llevaron a Xicalango, simulando su muerte, desde donde pasó posteriormente a manos de los habitantes de Tabasco. Esta parte de su historia procede fundamentalmente de la narración de Bernal y debe tomarse con cautela.

Allí, en un territorio donde coexistían distintas lenguas de tradición mixe-zoqueana, Marina debió entrar en contacto con el mundo lingüístico que más tarde le permitiría comunicarse con los españoles. Es posible que ya conociera alguna variedad de la zona y que posteriormente aprendiera maya, aunque no podemos reconstruir con certeza cuándo ni en qué circunstancias adquirió cada lengua pero debemos de suponer que entre ellas estaba el náhuatl que funcionaba como la lengua franca de la región.

En 1519, después de la derrota de los tabasqueños en Centla, fue entregada a Cortés junto con otras diecinueve mujeres. Las fuentes españolas las describen como esclavas. Cortés las hizo bautizar y repartió entre sus hombres; a Marina le correspondió Alonso Hernández Portocarrero.

Pero el episodio plantea serias dudas. En la sociedad mesoamericana, la venta de una persona de linaje noble como esclava debió de ser un hecho extraordinario y difícil de explicar dentro de las normas sociales conocidas. Incluso si aceptamos que Bernal conservó el recuerdo de un hecho real, resulta difícil creer que la desaparición de una joven perteneciente a un linaje dirigente pasara inadvertida o pudiera resolverse como una simple transacción privada. No hablamos de una niña cualquiera, sino de alguien cuyo valor era también político y dinástico.

Por eso, si la historia contiene un núcleo de verdad, probablemente estamos ante un episodio mucho más complejo de lo que deja entrever la crónica. La insistencia en que todo se hizo en secreto y la supuesta sustitución de la niña por otro cadáver para fingir su muerte sugiere que quienes participaron en la operación tenían poderosos motivos para ocultarla.

No sabemos si ocurrió exactamente como lo contó Bernal Díaz del Castillo. Lo que sí parece evidente es que el paso de una joven de origen noble al mercado de esclavos debió de responder a circunstancias extraordinarias que las fuentes nunca llegaron a explicar.

Su estatus: Es otro punto donde el rigor de las fuentes choca con la mitología popular: la idea de que los caciques entregaban a sus propias hijas o esposas a los recién llegados. En el mundo mesoamericano, la entrega de mujeres podía formar parte de estrategias de parentesco, alianzas y acuerdos políticos. Pero las veinte mujeres que los caciques de Tabasco entregaron a Hernán Cortés tras la batalla de Centla aparecen en las fuentes como mujeres esclavizadas, no como miembros de las familias nobles de Tabasco.

Entre ellas se encontraba Marina. Su condición de esclavizada es importante para comprender su historia, aunque desconocemos con precisión cómo había llegado a esa situación. Las mujeres esclavizadas podían ser capturadas durante conflictos, adquiridas mediante intercambio o formar parte de redes de comercio y dependencia. En el ámbito doméstico estaban sometidas a sus propietarios y podían ser utilizadas tanto como fuerza de trabajo como sexualmente. Su valor, por tanto, no era únicamente el de una fuerza de trabajo, sino que también estaba relacionado con su posición dentro de las relaciones sociales y económicas de la época.

La entrega de mujeres, por tanto, no debe entenderse simplemente como un acto servil o como un «regalo» casual. En distintos contextos mesoamericanos, las mujeres podían contribuir a establecer vínculos entre grupos y a consolidar alianzas mediante el parentesco. Pero el caso de las mujeres entregadas a Cortés fue diferente. Los tabasqueños no estaban concertando matrimonios entre sus élites y los recién llegados; estaban entregando mujeres esclavizadas como parte del acuerdo alcanzado después de su derrota.

Resulta significativo que los tabasqueños entregaran a los vencedores mujeres esclavizadas y no mujeres de sus propias élites. No sabemos qué significado político concreto tuvo aquella entrega ni podemos afirmar que respondiera al mismo mecanismo de parentesco que encontramos en otros contextos mesoamericanos. Pero la elección no deja de ser reveladora: las mujeres podían formar parte de las estrategias mediante las cuales una comunidad vencida intentaba establecer relaciones con sus vencedores, aunque su condición social determinara profundamente la naturaleza de esos vínculos.

Potochán, 1519, los gobernantes tabasqueños hacen entrega a Cortés de diveros presentes y 20 mujeres.

Los castellanos incorporaron a aquellas mujeres a su propio marco religioso y social. Las bautizaron y les dieron nombres cristianos, integrándolas formalmente en la comunidad cristiana. El bautismo tenía también una importancia práctica: al dejar de ser consideradas infieles, desaparecía el impedimento religioso que afectaba a las relaciones con mujeres no cristianas.

Algo debió de ver Cortés en Marina, pues la entregó a Alonso Hernández Portocarrero, uno de los hombres de mayor alcurnia de la expedición. No era un simple soldado de fortuna: se trataba de un hidalgo de alta cuna, primo hermano del conde de Medellín.

Pero la historia estaba a punto de dar un giro inesperado. En julio de 1519, Cortés envió a Portocarrero de regreso a España como procurador ante el emperador Carlos V. Marina regresó entonces junto a Cortés, precisamente cuando su papel comenzaba a revelarse decisivo.

¿Fue una simple casualidad que aquella decisión terminaría devolviendo a Marina junto al hombre con quien estaba llamada a desempeñar un papel fundamental en la conquista? Probablemente nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que, sin aquella circunstancia, la historia de Marina —y quizá también la de la propia expedición— habría sido muy diferente.

Moctezuma II, huey tlatoani de los mexicas: Cuando los castellanos  desembarcaron en las costas del Golfo, no gobernaba un hombre aislado ni ajeno a lo que ocurría más allá de sus fronteras, sino el soberano de la mayor potencia política de Mesoamérica. Moctezuma disponía de una eficaz red de informadores, puestos de vigilancia en la costa y mensajeros capaces de recorrer enormes distancias en muy poco tiempo.

Por ello, la idea de que conoció la llegada de los castellanos únicamente a través de profecías o visiones divinas responde más a elaboraciones posteriores que a la realidad histórica. Mucho antes de 1519 ya tenía noticias de la presencia de extranjeros en las aguas próximas a sus dominios. De hecho, coleccionaba objetos europeos —telas, vasijas o cuentas de vidrio— obtenidos por los pueblos costeros mediante naufragios, intercambios o contactos previos con expediciones llegadas del otro lado del océano.

Así pues, cuando tuvo noticia de la llegada de un nuevo grupo de extranjeros, envió a varios gobernadores locales, entre ellos Tendile y Pitalpitoque, con instrucciones muy concretas: entregar regalos, averiguar cuáles eran sus intenciones y, sobre todo, impedir que continuaran avanzando. El mensaje de los emisarios mexicas era tan claro como ambiguo: ofrecían riquezas como gesto de cortesía y buena voluntad, pero al mismo tiempo exigían con firmeza que los castellanos no se internaran en el corazón del territorio.

Fue entonces cuando se produjo un episodio decisivo para nuestra protagonista. Jerónimo de Aguilar, «el lengua» de Cortés, el náufrago rescatado en Cozumel que hasta entonces había servido de puente entre españoles y mayas, comprendía el maya, pero no el náhuatl. Los emisarios de Moctezuma hablaban esta última lengua. Por primera vez, Cortés se encontró ante un problema que ni Aguilar podía resolver.

El paso al frente: Marina observa la escena y enseguida comprende lo que está pasando: españoles y mexicas no se entienden. Aguilar, conoce el maya, pero no el náhuatl. Las palabras van y vienen, pero nadie consigue entenderse. La comunicación se ha atascado. Y entonces, probablemente, hace algo que para una esclava no era poca cosa: da un paso al frente.

Se dirige a los mexicas en náhuatl. Después se vuelve hacia Aguilar y le traduce sus palabras al maya. Aguilar, sorprendido, a su vez, se las transmite a Cortés en castellano.

Y así, casi sin que nadie lo haya previsto, una joven esclava acaba de convertirse en el puente entre dos mundos que hasta ese momento no podían comunicarse. Cortés, que no era hombre de dejar pasar una oportunidad, debió de comprender enseguida lo que aquella mujer podía significar para su empresa. Marina valía mucho más que cualquier pieza de oro o cualquier riqueza que pudieran poner en sus manos, y aunque legalmente seguía asignada a Portocarrero la mantiene a su lado.

Pero las fuentes no coinciden del todo sobre el momento en que Cortés descubrió el extraordinario valor de Marina. Según una versión recogida por el cronista Antonio de Solís, todo ocurrió cuando unos emisarios de Moctezuma se aproximaron a los españoles en dos piraguas. Jerónimo de Aguilar, que actuaba como intérprete, no logró comprender sus palabras, momento en el que Marina intervino traduciendo del náhuatl al maya. Aguilar transmitió entonces el mensaje a Cortés y le hizo saber que la joven dominaba ambas lenguas. Otras versiones, en cambio, sitúan este descubrimiento algo más tarde, cuando varios soldados la vieron conversar en náhuatl con mujeres enviadas por los mexicas para servir a los españoles y alertaron de ello al conquistador.

El mosaico cultural de Mesoamerica: Pese a las advertencias de los emisarios de Moctezuma, Cortés siguió adelante y se internó en territorio totonaca. Puso rumbo a Quiahuiztlán y Cempoala, gobernada por Xicomecóatl —o Chicomácatl, según las fuentes—, a quien los españoles apodaron el «Cacique Gordo» por su notable corpulencia.

Los gobernantes o tecuhtlis de la región no se encontraban ante unos desconocidos. El año anterior ya habían tratado con la expedición de Juan de Grijalva y la experiencia había sido lo bastante cordial como para recibir a los recién llegados con cierta predisposición favorable. Cuando Xicomecóatl se reunió con Cortés, no tardó en exponerle los problemas de su pueblo. Los totonacas llevaban años soportando el dominio mexica, pagando pesados tributos y obedeciendo órdenes llegadas desde Tenochtitlan. Cortés vio enseguida una oportunidad donde otros habrían visto una simple queja y les ofreció ayuda a cambio de una alianza.

La ocasión para afianzarla llegó casi de inmediato. Mientras se celebraban las conversaciones, aparecieron cinco recaudadores de Moctezuma. Ni siquiera se molestaron en prestar atención a los castellanos; fueron directamente a reprender a los caciques locales y a exigir nuevos tributos. El temor de los dirigentes totonacas era tan evidente que no pasó desapercibido para Cortés.

El extremeño comprendió entonces una verdad fundamental: el poder mexica era enorme, pero descansaba sobre numerosos pueblos sometidos que no siempre estaban conformes con aquella situación. Si lograba atraerse a esos descontentos, dispondría de una fuerza que jamás habría podido traer consigo desde Cuba.

Por consejo suyo, los recaudadores fueron arrestados. Sin embargo, Cortés jugaba una partida más compleja. Poco después liberó a dos de ellos, fingió desconocer lo ocurrido y envió mensajes conciliadores a Moctezuma, presentándose como un amigo dispuesto a ayudar a mantener el orden.

La estratagema funcionó. Moctezuma respondió enviando una nueva embajada encabezada por Motelchiuh y acompañada por dos sobrinos de Cacamatzin, señor de Texcoco. Llegaron cargados de regalos y regresaron a Tenochtitlan junto a los recaudadores que previamente habían sido detenidos.

Mientras tanto, varios pueblos totonacas dejaron de pagar tributo. La respuesta mexica no tardó en llegar, pero esta vez los totonacas no estaban solos. Cortés acudió en su ayuda y logró imponerse. El efecto fue inmediato. La noticia corrió por la costa y las montañas: alguien había plantado cara al poder de Tenochtitlan y había sobrevivido para contarlo. En Cempoala comenzaron a reunirse delegaciones llegadas de toda la región. Una tras otra fueron sumándose a la alianza, aportando hombres, recursos y numerosos tamemes —porteadores— que transportarían la artillería y los pertrechos europeos.

El binomio Cortés-Marina: Detrás de toda aquella compleja red de negociaciones, amenazas, promesas y medias verdades estaba Marina. Gracias a ella, Cortés podía hablar, preguntar, persuadir y obtener información en un mundo que, de otro modo, le habría resultado incomprensible. La astucia del conquistador fue indudable, pero también lo fue la de la mujer que le permitió entender el complicado mosaico político de Mesoamérica. Sin Marina, muchas puertas habrían permanecido cerradas.

Al principio, la función de Marina era puramente práctica. La cadena de traducción entre castellano, maya y náhuatl obligaba a transmitir los mensajes con la mayor fidelidad posible. Sin embargo, a medida que fue ganando experiencia y comprendiendo mejor a quienes tenía delante, su papel comenzó a ir mucho más allá de la simple traducción.

El lenguaje político de los nahuas, conocido como tecpillatolli, estaba cargado de fórmulas ceremoniales, metáforas y expresiones de cortesía que podían desconcertar a cualquier extranjero. Lo que para un noble mexica era una muestra de educación podía parecer sumisión a ojos castellanos; y lo que para Cortés era una exigencia directa podía sonar como una ofensa intolerable para un gobernante indígena.

En ese terreno resbaladizo, Marina se convirtió en algo más que una intérprete. Actuó como puente entre dos formas muy distintas de entender el poder, el honor y la diplomacia. Su labor consistía no solo en trasladar palabras, sino también en hacerlas comprensibles para quienes las escuchaban.

Con el tiempo, además, fue adquiriendo un conocimiento cada vez más profundo de los intereses, temores y rivalidades que dividían el mundo indígena. Esa información resultó de enorme valor para Cortés, que supo aprovecharla para negociar alianzas, detectar oportunidades y moverse con soltura en un escenario político extraordinariamente complejo.

Marina había empezado como traductora, pero poco a poco fue ganando un papel mucho más importante: se convirtió en una mediadora imprescindible entre dos culturas que apenas comenzaban a conocerse. Ya no se limitaba a trasladar palabras de una lengua a otra; desempeñaba una función muy parecida a la de un «faraute» de los que se conocían en Castilla. Sabía interpretar intenciones, costumbres y formas de entender el poder, y podía descifrar unos códigos que para los castellanos resultaban completamente ajenos. En sus manos, una palabra mal escogida, un gesto inoportuno o una fórmula mal entendida podían dejar de ser un problema y convertirse en la diferencia entre el acuerdo y el enfrentamiento.

Y muy pronto aquellas habilidades resultarían decisivas. Tras los primeros combates tierra adentro, los españoles entraron en contacto con uno de los pueblos más poderosos y singulares de Mesoamérica: los tlaxcaltecas.

Tlaxcala, entre la espada y la pared: A diferencia de otros pueblos sometidos por los mexicas, Tlaxcala había logrado mantener su independencia política y nunca quedó integrada en el sistema tributario de Tenochtitlan. Pero aquella independencia tenía un precio: los mexicas habían levantado a su alrededor un auténtico cerco económico y político. La guerra era constante, las rutas comerciales estaban sometidas a fuertes restricciones y los tlaxcaltecas sufrían también la captura de guerreros destinados al sacrificio ritual.

Cuando Cortés entró en territorio tlaxcalteca descubrió una realidad política muy distinta. Allí no gobernaba un único soberano, sino una confederación formada por cuatro grandes señoríos cuyos dirigentes deliberaban conjuntamente sobre los asuntos de interés común. Los españoles acabarían llamando a aquella institución el «Senado de Tlaxcala», aunque su funcionamiento respondía a tradiciones políticas indígenas mucho más complejas.

Pero los extranjeros no avanzaban solos. A su lado marchaban los totonacas que se habían unido a la expedición y que ahora desempeñaban un papel fundamental como intermediarios ante los tlaxcaltecas. Fueron ellos quienes presentaron a aquellos recién llegados como una fuerza capaz de desafiar el poder de Tenochtitlan, y no como enviados de Moctezuma. Para los totonacas, que llevaban años soportando el dominio mexica, acercar a Cortés y a Tlaxcala podía abrir una oportunidad inesperada: alterar el equilibrio de fuerzas que durante generaciones había favorecido a Tenochtitlan.

La llegada del contingente hispano-totonaca dividió profundamente a los dirigentes tlaxcaltecas. Maxixcatzin, señor de Ocotelulco, defendía una aproximación pacífica y veía en aquellos extranjeros una oportunidad para debilitar a los mexicas. En cambio, Xicoténcatl el Viejo y su hijo, el general Xicoténcatl Axayacatzin (Xicoténcatl el Joven), desconfiaban de ellos y consideraban que debían ser combatidos antes de que se convirtieran en una amenaza.

La solución adoptada fue prudente y pragmática. Antes de comprometerse diplomáticamente, Tlaxcala decidió poner a prueba a los recién llegados en el campo de batalla. Bajo el mando de Xicoténcatl el Joven, los guerreros tlaxcaltecas atacaron a los españoles y a sus aliados durante varios días.

Fueron necesarios tres enfrentamientos, en los que los tlaxcaltecas no lograron imponerse a los castellanos y sus aliados, para que los dirigentes de la confederación comenzaran a considerar seriamente una salida negociada.

Los combates habían sido duros y las pérdidas importantes, pero también habían demostrado algo que podía cambiar el cálculo político de Tlaxcala: aquellos extranjeros eran difíciles de derrotar y, además, contaban con aliados indígenas. Continuar la guerra podía resultar mucho más costoso de lo previsto.

Durante aquellos enfrentamientos, los españoles capturaron varios exploradores tlaxcaltecas y obtuvieron información sobre las divisiones internas de la confederación. Las fuentes no indican con certeza quién actuó como intérprete en aquellas conversaciones, pero dado que Aguilar no hablaba náhuatl y Marina sí, resulta razonable pensar que desempeñó un papel esencial en aquellas comunicaciones.

Finalmente, los dirigentes tlaxcaltecas llegaron a una conclusión que cambiaría el rumbo de la expedición. Continuar combatiendo contra aquellos extranjeros resultaba costoso e incierto, mientras que una alianza podía ofrecerles una oportunidad para enfrentarse a su viejo adversario. Cortés, por su parte, sabía adaptar su discurso a cada interlocutor: ante los enemigos de Tenochtitlan se presentaba como un posible aliado contra el poder mexica; ante los propios mexicas hablaba de amistad y entendimiento. Aquella diplomacia le permitía avanzar mientras mantenía abiertas distintas posibilidades. La alianza con Tlaxcala nació así de la convergencia de intereses entre dos fuerzas que, por motivos muy diferentes, tenían razones para enfrentarse al poder de Tenochtitlan.

Cortés había encontrado los aliados que necesitaba. Y Marina había contribuido decisivamente a que ambos mundos pudieran entenderse. A partir de los acontecimientos de Tlaxcala, comenzó a ocupar un lugar mucho más importante junto a Cortés y las fuentes castellanas empezarían a referirse a ella como doña Marina. Su nueva posición también debió de hacerse visible en su aspecto. En los lienzos y códices indígenas aparece representada con el huipil, una indumentaria propia de las mujeres indígenas, muy lejos de la imagen de una esclava que las fuentes nos ofrecen al comienzo de su historia.

Ya no era simplemente la intérprete de la expedición: su conocimiento de las lenguas, las costumbres y las rivalidades del mundo mesoamericano la había convertido en una mediadora indispensable.

Cortés tenía soldados, caballos y armas. Pero ahora tenía también algo que ningún ejército podía proporcionar: a alguien capaz de hablar con aquel mundo y comprender sus códigos.

Tras consolidar su alianza con los tlaxcaltecas, Cortés emprendió el camino hacia Tenochtitlan. Antes de llegar a la gran capital mexica hizo una parada en Cholula, una de las ciudades sagradas más importantes de Mesoamérica.

Los tlaxcaltecas, enemigos tradicionales de los cholultecas, advirtieron a Cortés de que no se fiara de ellos. Según su versión, Moctezuma estaba preparando una trampa para acabar con los castellanos.

Al principio, todo pareció transcurrir con normalidad. Pero pronto comenzaron a surgir señales inquietantes: las autoridades locales dejaron de facilitar alimentos, aparecieron obstáculos y, según las crónicas españolas, se descubrieron zanjas y estacas preparadas para dificultar la acción de la caballería. Cortés empezó a sospechar que algo se estaba tramando.

Y entonces llegó la advertencia: Según cuenta Bernal Díaz del Castillo, una anciana de la nobleza cholulteca se acercó en secreto a Marina. La mujer se había fijado en aquella joven, bien vestida pero rodeada de extranjeros, y decidió contarle que los cholultecas preparaban un ataque contra aquellos hombres y que había tropas mexicas apostadas en las proximidades. Su propuesta tenía, además, un curioso componente familiar: Marina debía escapar y refugiarse en su casa. Una vez muertos los castellanos, podría casarse con uno de sus hijos.

La historia resulta tan novelesca que merece ser tomada con cautela. Pero, si aceptamos por un momento el relato de Bernal, Marina hizo lo que probablemente ya había aprendido a hacer muy bien: escuchar, aparentar y esperar. No rechazó la propuesta. Al contrario, fingió aceptarla y pidió tiempo para recoger sus pertenencias. Después, en cuanto tuvo ocasión, comunicó a Cortés lo que acababa de escuchar.

¿Ocurrió exactamente así? Aquí empieza el problema. Bernal Díaz del Castillo es la fuente que cuenta con mayor detalle el episodio de la anciana. Cortés, en su Segunda Carta de Relación, ofrece una versión diferente: afirma que fueron sus hombres quienes descubrieron la conspiración mediante los interrogatorios realizados en Cholula y no atribuye a Marina ningún papel en el descubrimiento, pero sus hombres no hablaban náhuatl.

Las fuentes indígenas posteriores no permiten confirmar que aquel encuentro sucediera exactamente como lo relata la tradición. El Códice Florentino recoge la matanza de Cholula desde la perspectiva de los indígenas, pero no ofrece una confirmación independiente de la conversación entre ambas mujeres. El Lienzo de Tlaxcala, por su parte, representa la participación de los tlaxcaltecas en los acontecimientos, pero tampoco permite verificar los detalles de aquella advertencia. Por tanto, no podemos saber con certeza si la anciana existió, si realmente habló con Marina o si el episodio fue transmitido y elaborado posteriormente.

Por eso, lo prudente es no presentar la historia de la anciana como un hecho demostrado. Pudo suceder tal como la contó Bernal, pudo existir una información previa que posteriormente fue adornada o pudo tratarse de una historia utilizada para justificar una decisión que Cortés ya había tomado.

Lo que sí sabemos es lo que ocurrió después. Cortés convocó a los principales dirigentes de Cholula con el pretexto de tratar determinados asuntos. Una vez reunidos, los españoles y sus aliados tlaxcaltecas atacaron. La matanza se prolongó durante horas y dejó un elevado número de víctimas, aunque resulta imposible establecer una cifra fiable. Las fuentes ofrecen números muy diferentes y deben tomarse con cautela, tanto por las diferencias entre unas y otras como por la dificultad de contrastarlas con registros independientes.

La justificación española fue clara: se trataba de adelantarse a una conspiración y evitar que los castellanos fueran exterminados. Para sus enemigos, en cambio, fue una matanza brutal y deliberada.

Quizá nunca sepamos si Marina descubrió realmente aquella conspiración gracias a la anciana. Pero el episodio revela algo que ya empezaba a resultar evidente: la información se había convertido en una de las armas más poderosas de Cortés.

Y Marina estaba en el centro de aquella red. Escuchaba lo que otros no podían entender, traducía lo que otros no podían traducir y, sobre todo, empezaba a comprender qué había detrás de las palabras. En Cholula, esa capacidad pudo haber salvado a los españoles.

O quizá sirvió para justificar después una decisión que ya estaba tomada. La historia, esta vez, no nos permite saberlo con certeza.

Moctezuma: Ya hemos esbozado la imagen de Moctezuma II, un personaje que no encaja en la imagen del gobernante ingenuo que, cegado por antiguas profecías, recibió a los castellanos creyendo que eran dioses.

Por tanto, Cortés no se presentó ante Moctezuma como una aparición completamente desconocida. El gobernante mexica sabía que habían llegado hombres extraños por mar y trató de obtener información sobre ellos mediante emisarios e informantes.

La famosa idea de que Moctezuma creyó que Cortés era Quetzalcóatl y que, por superstición, entregó su imperio sin luchar resulta hoy mucho más discutida. Las fuentes españolas y las tradiciones indígenas posteriores ofrecen versiones diferentes, y la interpretación de los acontecimientos ha estado condicionada por relatos elaborados después de la conquista.

Lo que parece más probable es que Moctezuma intentara comprender una situación completamente nueva. Como gobernante, estaba acostumbrado a manejar información, negociar alianzas y evaluar amenazas. Aquellos hombres llegados del otro lado del mar representaban algo desconocido, pero también despertaban su interés. Quería saber quiénes y cómo eran, qué buscaban y hasta dónde llegaban sus intenciones.

Por eso envió emisarios, solicitó informes y observó atentamente cada noticia que llegaba desde la costa. En vez de un soberano paralizado por el miedo, las fuentes permiten entrever a un dirigente prudente, cauteloso y profundamente curioso ante unos acontecimientos para los que no tenía  precedente alguno.

Mientras tanto, Cortés avanzaba hacia el corazón del territorio mexica. El 7 de noviembre, los españoles llegaron a Iztapalapa, la ciudad gobernada por Cuitláhuac, hermano de Moctezuma. Allí quedaron impresionados por sus palacios, jardines, estanques y calzadas. Pero Moctezuma todavía no salió a su encuentro.

Al día siguiente, la expedición abandonó Iztapalapa y comenzó a avanzar por la gran calzada que conducía hacia Tenochtitlan. Fue entonces, ya a las puertas de la capital, cuando Moctezuma decidió presentarse personalmente ante los extranjeros.

Durante meses había intentado saber quiénes eran aquellos hombres. Había recibido informes sobre sus armas, sus animales, sus embarcaciones y sus movimientos. Ahora, por fin, podía contemplarlos con sus propios ojos.

La comitiva mexica avanzaba con una magnificencia que impresionó profundamente a los castellanos. Moctezuma iba acompañado por algunos de los principales señores de su reino, ricamente ataviados y rodeado de un ceremonial destinado a dejar clara su autoridad. Frente a él avanzaba Cortés, acompañado por sus hombres, sus caballos y unas armas que hasta entonces ningún ejército mesoamericano había tenido que afrontar.

Sobre aquella calzada suspendida entre las aguas del lago, Moctezuma y Cortés se encontraron por primera vez.

Uno tenía ante sí al extranjero llegado del otro lado del mar. El otro contemplaba al hombre que gobernaba Tenochtitlan. No podían saberlo todavía, pero aquel encuentro estaba a punto de cambiar para siempre el curso de la historia.

Aquello alteró por completo el equilibrio de la expedición. Cortés había llegado hasta el corazón del poder mexica y, a partir de entonces, cada palabra y cada negociación podían resultar decisivas. Y mientras él comenzaba a tratar directamente con los principales señores de aquel mundo, Marina iba adquiriendo una importancia cada vez mayor a su lado. Había comenzado a aprender castellano.

Primer encuentro, el 8 de Noviembre de 1519, entre Hernán Cortés y el tlatoani Moctezuma II en Tenochtitlán.

Hasta entonces, la comunicación dependía de una cadena de traducción: ella traducía del náhuatl al maya y Aguilar del maya al castellano. Pero, a medida que Marina fue adquiriendo la lengua de los castellanos, aquella intermediación empezó a dejar de ser necesaria. Aguilar, que había sido indispensable desde Cozumel, comenzó así a perder protagonismo, mientras Marina se convertía poco a poco en la voz que permitía a Cortés entender y negociar con el mundo que tenía ante sí. El antiguo náufrago fue quedando poco a poco en un segundo plano, mientras Marina se convertía en la mujer que permanecía junto a Cortés cuando las palabras podían decidir el destino de una alianza, una ciudad o incluso de un ejército.

Las fuentes permiten entrever tensiones posteriores entre algunos miembros de la expedición y el círculo más próximo a Cortés, pero resulta difícil determinar hasta qué punto Aguilar llegó a resentirse personalmente por el ascenso de Marina. Lo que sí parece claro es que, a finales de 1519, ella se había convertido en la principal intermediaria entre los españoles y las élites indígenas.

A partir de entonces, Marina pasó a ocupar progresivamente el papel central en la comunicación política. Se convirtió entonces en una figura esencial para mantener abierta la comunicación entre Cortés y Moctezuma. No era una simple traductora que repetía mecánicamente unas palabras: estaba transmitiendo mensajes entre dos mundos políticos que no compartían lengua, códigos diplomáticos ni formas de entender el poder. Bernal Díaz la presenta como una mujer especialmente «avisada», es decir, despierta, inteligente y capaz de comprender rápidamente las situaciones en las que intervenía.

En aquellas conversaciones, Marina actuaba como mediadora. Su función no consistía únicamente en traducir palabras, sino en hacer comprensibles las intenciones de unos y otros. Eso no significa que podamos atribuirle cada decisión tomada por Moctezuma, pero sí que su intervención fue fundamental para que aquella relación pudiera mantenerse.

Cuando Cortés negociaba, amenazaba, prometía o pactaba, la voz que hacía posible que aquellas palabras fueran entendidas era la de Marina. Y en una expedición que se adentraba en un territorio desconocido, donde conocer las lenguas, las costumbres y las relaciones entre los distintos pueblos podía resultar tan importante como las armas, el papel de Marina adquirió una importancia extraordinaria.

Tras el encuentro, Moctezuma alojó a los extranjeros en el palacio de Axayácatl, que había pertenecido a su padre. Durante los primeros días, la relación mantuvo todavía una apariencia diplomática, mientras ambas partes trataban de comprender las intenciones y la capacidad del otro. Pero el equilibrio era frágil. Cortés había entrado en Tenochtitlan con unos objetivos muy concretos y pronto comprendió que mantener a Moctezuma bajo su control podía darle una posición decisiva.

El huey tlatoani cautivo: La captura de Moctezuma plantea uno de los episodios más desconcertantes de la conquista. Durante siglos, se interpretó como la prueba definitiva de su supuesta debilidad. Sin embargo, la cuestión no es ¿por qué se dejó apresar?, sino ¿por qué un gobernante experimentado aceptó una situación que entrañaba un peligro tan evidente? La respuesta probablemente se encuentre en la profunda diferencia entre los códigos políticos de ambos mundos.

Todo comenzó tras el ataque mexica contra la guarnición española de Veracruz, en el que murió el alguacil Juan de Escalante. Cortés aprovechó el incidente para exigir explicaciones. Acompañado por varios de sus capitanes armados, se presentó ante Moctezuma y le pidió que se trasladara a los aposentos españoles mientras se esclarecían los hechos.

Lo que ocurrió a continuación sigue siendo uno de los episodios más difíciles de explicar de toda la conquista. Moctezuma aceptó acompañar a los españoles. ¿Por qué lo hizo? Las fuentes no ofrecen una respuesta definitiva.

Es posible que considerara que una negativa frontal desencadenaría una crisis inmediata dentro de la propia Tenochtitlan. También pudo pensar que conservaba suficiente autoridad para controlar la situación desde dentro y que aquel traslado sería temporal. Lo cierto es que, durante las semanas siguientes, continuó recibiendo embajadas, administrando justicia, gestionando tributos y ejerciendo muchas de las funciones propias de su cargo.

Moctezuma no parece haberse considerado un prisionero. Quizá pensó que se encontraba ante una situación excepcional que todavía podía reconducirse mediante la negociación y la autoridad que seguía ejerciendo sobre su imperio. Pero los castellanos interpretaban la situación de otra manera: para ellos, tenían bajo su control a la persona de la que dependía todo el sistema político mexica.

Además, cualquier intento de resolver la crisis por la fuerza entrañaba riesgos evidentes. Una confrontación inmediata podía desembocar en una matanza dentro de la ciudad y abrir un conflicto de consecuencias imprevisibles. Aceptar el traslado pudo ser una forma de ganar tiempo mientras trataba de comprender una situación para la que no existían precedentes.

¿Y cuál fue el papel de Marina en este episodio? Las fuentes permiten aproximarse a su intervención, aunque con matices.

En su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Castillo narra la escena con un dramatismo casi teatral. Según su relato, cuando Cortés y sus capitanes comunicaron a Moctezuma que debía trasladarse a los aposentos españoles, el huey tlatoani se negó rotundamente. La tensión fue creciendo hasta el punto de que algunos capitanes comenzaron a perder la paciencia y la situación amenazó con descontrolarse.

Es entonces cuando aparece Marina. Bernal asegura que intervino por iniciativa propia para persuadir a Moctezuma de que aceptara el traslado y evitara un desenlace violento. «Doña Marina, que era muy advertida», escribe el cronista, aconsejó al soberano que acompañara a los españoles sin provocar alboroto alguno, pues de lo contrario corría grave peligro. En esta versión, Marina aparece como una mediadora pragmática que comprendió antes que nadie la gravedad de la situación y logró evitar un estallido de violencia inmediata.

Las fuentes de tradición indígena ofrecen, sin embargo, una imagen muy distinta. En ellas, Marina no aparece como una figura conciliadora, sino como la voz mediante la cual los españoles ejercían su autoridad sobre la ciudad y sobre el propio Moctezuma.

Los códices y relatos nahuas elaborados tras la conquista suelen representarla ocupando una posición central en las escenas de negociación y mando. Más que una simple intérprete, aparece como la persona que hacía comprensibles y ejecutables las órdenes de los recién llegados.

Algunas tradiciones recogidas posteriormente relatan que, durante el cautiverio de Moctezuma, era Marina quien transmitía al pueblo las exigencias de los españoles y gestionaba buena parte de la comunicación con las autoridades mexicas. No sabemos hasta qué punto estos relatos reflejan hechos concretos o la percepción que los vencidos conservaron de ella, pero resultan reveladores de cómo fue recordada: no como una espectadora de los acontecimientos, sino como una participante activa en ellos.

Entre la Marina prudente de Bernal Díaz y la Marina autoritaria de la memoria indígena existe una distancia considerable. Tal vez ambas imágenes contengan una parte de verdad. Lo que parece indiscutible es que, para entonces, se había convertido en una pieza indispensable del engranaje político construido por Cortés. Sin su voz, buena parte de aquella compleja relación entre españoles y mexicas sencillamente no habría sido posible.

Llega Narváez: En mayo de 1520, Pánfilo de Narváez desembarcó en Veracruz al frente de una poderosa expedición enviada por Diego Velázquez, gobernador de Cuba. Llevaba diecinueve navíos y cerca de mil hombres, con una misión concreta: arrestar a Cortés y poner fin a una expedición que había escapado al control de Velázquez.

Pero Narváez no era Cortés. Nada más llegar estableció su cuartel en Cempoala, donde pronto surgieron tensiones con los totonacas. Las fuentes vinculadas al extremeño lo acusan de apropiarse de bienes y exigir recursos, deteriorando rápidamente unas relaciones que podían haber sido decisivas.

Cuando Cortés recibió la noticia, tuvo que abandonar Tenochtitlan con apenas unos 260 hombres para enfrentarse a una fuerza que lo superaba ampliamente en número. Marina viajó con él hacia la costa, pero no tuvo participación en las negociaciones con los hombres de Narváez. En aquel enfrentamiento entre castellanos no era necesaria su labor de intérprete. Cortés, astuto, recurrió a promesas, sobornos y contactos personales para ganarse a los oficiales de su rival. Sin embargo, su importancia entre los aliados indígenas seguía siendo evidente.

Las crónicas recogen una advertencia atribuida al Cacique Gordo de Cempoala dirigida al confiado Narváez: «¿Pensáis que Malinche y los teules que trae consigo son así como vosotros? Cuando no os catáredes, será aquí y os matará». La frase encierra un detalle revelador. En aquellos años, los indígenas de habla náhuatl solían llamar Malinche al propio Cortés. Para muchos de ellos, el extremeño era inseparable de Malintzin, la mujer que hablaba por él, negociaba en su nombre y hacía posible la comunicación con los pueblos de Mesoamérica. Cortés era, en cierto modo, «el señor de Malintzin» o simplemente «el que venía con Malintzin». Solo con el paso del tiempo el nombre acabaría asociándose casi exclusivamente a Marina.

Aprovechando una tormenta nocturna, Cortés lanzó un ataque sorpresa contra el templo donde Narváez se había atrincherado. La operación fue rápida y eficaz. Narváez perdió un ojo, fue capturado y gran parte de sus hombres, atraídos por las perspectivas de riqueza, cambiaron de bando y se unieron al extremeño.

La victoria transformó por completo la correlación de fuerzas. Cortés salió de Cempoala con un ejército mucho más numeroso y mejor equipado. Sin embargo, mientras resolvía la crisis en la costa, en Tenochtitlan se estaba gestando una amenaza mucho más grave. La actuación de Pedro de Alvarado durante la festividad de Tóxcatl, una de las principales celebraciones religiosas mexicas dedicada a los dioses Tezcatlipoca y Huitzilopochtli, había encendido la mecha de la rebelión. Cuando Cortés regresó a Tenochtitlan, encontró una ciudad al borde de la guerra abierta.

La muerte de la palabra: Cortés partió hacia la costa para enfrentarse a Narváez, pero no dejó a sus hombres en manos de cualquiera. Al frente del contingente que permaneció en Tenochtitlan quedó Pedro de Alvarado, uno de sus capitanes de mayor confianza, a quien conocía desde la conquista de Cuba. Alvarado era un guerrero experimentado y audaz, acostumbrado al combate y capaz de desenvolverse en situaciones difíciles. Su cometido era mantener a los castellanos a salvo y preservar la posición que habían conseguido mientras Cortés se encontraba ausente.

Pero una cosa era confiar en Alvarado como soldado y otra muy distinta dejar en sus manos una situación que exigía tanta diplomacia como fuerza militar. Cortés le había confiado el mando de los castellanos que permanecían en Tenochtitlan y esperaba de él que mantuviera la situación bajo control y evitara cualquier enfrentamiento innecesario. Sin embargo, aquella tarea requería algo más que valor y experiencia en combate: exigía saber negociar con las autoridades mexicas y mantener un delicado equilibrio político

Y ese no era precisamente el fuerte de Alvarado. Entonces llegó el momento más delicado. Se encontraba solo, al frente de una fuerza reducida —Cortés se había llevado consigo a buena parte de los hombres más veteranos—, rodeado por una población inmensa y cada vez más hostil. Y, además, sin Marina, cuya capacidad para interpretar las palabras, las intenciones y los códigos políticos de los mexicas había resultado fundamental durante los meses anteriores.

¿Qué pasaba por la cabeza de Alvarado? No podemos saberlo, pero en su propia declaración durante su juicio de residencia (1529), declaró que había recibido noticias de que los mexicas preparaban un levantamiento y que «había en la ciudad mucha gente de guerra junta para me matar», Noticonquista (UNAM). Su defensa, por tanto, no fue la de un hombre que hubiera decidido matar sin motivo, sino la de alguien convencido de que debía adelantarse a una conspiración.

El problema es que las pruebas que utilizó para confirmar sus temores fueron muy poco fiables. Bernardino Vázquez de Tapia declaró que Alvarado había capturado y torturado a varios indígenas para obtener información y que, sometidos a los tormentos, terminaron diciendo «lo que él quería». El miedo pudo ser real. La amenaza, en cambio, nunca quedó demostrada.

Cuando Cortés regresó a Tenochtitlan, pudo comprobar por sí mismo la hostilidad de los mexicas. Según Bernal Díaz del Castillo, al escuchar la explicación de Alvarado le reprochó que lo ocurrido había sido «muy mal hecho, y grande desatino y poca verdad». Cortés comprendió que meses de negociaciones y alianzas habían quedado al borde del desastre.

Y, sin embargo, no podía prescindir de Alvarado. El mismo hombre que había provocado la crisis seguía siendo uno de sus mejores capitanes, un guerrero excepcional. La relación entre ambos quedó profundamente dañada, pero Alvarado continuó a su lado.

La muerte de Moctezuma II y el colapso diplomático: Con los castellanos y sus aliados tlaxcaltecas cercados y sin apenas víveres dentro del palacio de Axayácatl, Cortés comprendió que apenas le quedaba una carta que jugar: Moctezuma. Si alguien podía detener aquella furia, pensó, era el propio tlatoani.

Cortés le pidió entonces que saliera a la azotea del palacio y hablara con su pueblo para ordenarles que cesaran el ataque. Moctezuma aceptó, pero sabía perfectamente que su autoridad estaba rota. Bernal Díaz del Castillo pone en su boca unas palabras que resultan especialmente reveladoras:

«¿Qué más quiere ya de mí Malinche [Cortés]? Que yo no deseo vivir ni oírle, pues por su causa mi ventura ha venido a esto […]. Yo tengo por cierto que no aprovecharé cosa ninguna para que cese la guerra, porque ya tienen alzado otro señor y se han propuesto no dejaros salir de aquí con vida a ninguno de vosotros».

Aun así, salió. Lo que ocurrió después confirmó sus temores. Lejos de obedecerle, la multitud rechazó sus palabras. Para muchos mexicas, Moctezuma había dejado de ser la máxima autoridad de Tenochtitlan. Los insultos dieron paso a los proyectiles y, en cuestión de instantes, piedras y flechas comenzaron a caer sobre la azotea del palacio.Una piedra alcanzó a Moctezuma en la cabeza. El golpe fue brutal. Los castellanos reaccionaron de inmediato y lo protegieron con sus adargas mientras lo retiraban hacia el interior del palacio. La herida parecía grave y, poco después, el estado del tlatoani comenzó a deteriorarse. Hernán Cortés afirma en su Segunda carta de relación que Moctezuma murió tres días después como consecuencia de aquel golpe. Bernal Díaz del Castillo y Francisco López de Gómara también recogen la versión de la pedrada, lo que demuestra que esta explicación de su muerte ya circulaba entre las principales fuentes españolas tempranas.

Lo que no podemos determinar con la misma seguridad es si aquella herida fue realmente la causa de su muerte. Las fuentes de tradición nahua ofrecen una versión radicalmente distinta y responsabilizan a los españoles de haber acabado con su vida mientras permanecía cautivo.

Pero hay algo que sí parece claro: cuando Cortés envió a Moctezuma a hablar con su pueblo, el propio soberano ya sabía que había perdido su autoridad.

Y con él se apagaba también la última posibilidad de mantener abierta una salida política. La diplomacia había llegado a su límite. Ahora hablaban las armas.

El fin del puente de palabras: La muerte de Moctezuma supuso un auténtico cataclismo político. Durante meses, Cortés había intentado mantener un precario equilibrio utilizando al huey tlatoani como intermediario entre los españoles y el poder mexica. Ese equilibrio se había roto definitivamente. Marina seguía teniendo la lengua, el conocimiento de los códigos políticos y una capacidad extraordinaria para moverse entre ambos mundos. Pero ya no había nadie al otro lado con autoridad suficiente para sostener aquella frágil negociación. El puente de palabras se había venido abajo. Y cuando las palabras dejaron de servir, solo quedó la guerra.

La Noche Triste: Sin Moctezuma y con la ciudad en armas, permanecer en Tenochtitlan era ya una sentencia de muerte. Cortés tomó una decisión: salir durante la noche. La lluvia y la oscuridad ofrecían una última oportunidad. Los castellanos prepararon puentes portátiles para salvar los cortes de la calzada de Tlacopan y comenzaron a avanzar en silencio. Cada hombre llevaba consigo cuanto podía transportar. El objetivo era alcanzar tierra firme antes de que los mexicas descubrieran la huida.

Durante unos instantes, pareció que lo conseguirían. Entonces, en medio de la noche, una mujer los vio.

Según las crónicas, una mujer que había salido a buscar agua descubrió a los fugitivos y dio la alarma. Poco después, los vigías mexicas divisaron también el movimiento y comenzaron a dar voces. La noticia corrió por la ciudad. Entonces resonaron los tambores.

El silencio de la noche se quebró de golpe. Desde las canoas, los guerreros mexicas se lanzaron sobre los castellanos mientras estos intentaban avanzar por la calzada. La retirada se convirtió en una lucha desesperada. Acorralados entre el agua y los guerreros que acudían desde la ciudad, hombres y caballos comenzaron a caer. Lo que había comenzado como una retirada ordenada se había convertido en una trampa mortal.

Cortés sabía que había que aligerar la carga. El quinto real fue separado y puesto a salvo, pero permitió que los soldados tomaran cuanto oro pudieran transportar. Fue una decisión que tendría consecuencias fatales.

Muchos de los hombres que se habían incorporado al contingente tras la derrota de Narváez, atraídos por las riquezas que esperaban encontrar en aquellas tierras, cargaron con todo el oro que pudieron. Cuando llegó el momento de atravesar los canales, aquel peso se convirtió en una trampa mortal. Muchos acabaron hundiéndose bajo el agua; otros fueron capturados y, entre ellos, hubo quienes fueron llevados a los templos para ser sacrificados. Aquella noche, el oro terminó pesando más que sus propias vidas.

La voz que no podía morir: En medio del caos, los soldados más veteranos comprendieron que el oro podía convertirse en un obstáculo para la retirada y se desprendieron de buena parte del tesoro que llevaban consigo. Marina, en cambio, ocupaba un lugar que no podía sustituirse.

Durante la retirada, trescientos guerreros tlaxcaltecas y treinta soldados castellanos recibieron la misión de hacerse cargo de los prisioneros y de proteger a doña Marina y a doña Luisa. Entre las personas que acompañaban a la expedición se encontraban también los hijos de Moctezuma, que Cortés había tomado bajo su protección tras la muerte de su padre.

Salida de Cortés y sus aliados de Tenochtitlán, en la llamada «Noche Triste».

Durante los meses anteriores, la capacidad de Marina para interpretar las palabras, las intenciones y los códigos políticos de los distintos pueblos había resultado fundamental para la expedición. En aquella noche de caos, mientras los castellanos perdían hombres, armas y riquezas, Marina seguía siendo la voz que les permitía comunicarse con aquel mundo.

De manera que sobrevivió a aquella noche y continuó junto a Cortés en la retirada hacia Tlaxcala. Y eso es lo verdaderamente importante. Porque en aquella derrota se habían quedado atrás hombres, caballos, armas, pólvora y oro. Pero no la mujer que conocía las alianzas, las enemistades, las lenguas y los códigos políticos de aquel mundo.

El amanecer en Popotla: Con las primeras luces, los supervivientes llegaron a tierra firme. La tradición sitúa a Cortés bajo el célebre ahuehuete de Popotla, donde lloró al contemplar los restos de su ejército. Había perdido la ciudad. Había perdido la iniciativa. Y se encontraba en la peor situación de su vida, exhausto y rodeado por un enemigo superior.

Pero aquel hombre que lloraba no estaba dispuesto a rendirse.

Durante aquellos meses había aprendido algo que ahora podía resultar decisivo: había comprendido que el poder mexica no era una maquinaria monolítica. Bajo su superficie existían rivalidades, pueblos sometidos, enemigos antiguos y alianzas que podían cambiar de bando. Había descubierto también que Tenochtitlan no era invulnerable. Tenía una grieta, un resquicio que él había encontrado y que estaba dispuesto a aprovechar.

Ahora, en su mente, había un objetivo claro. Volvería a Tenochtitlan.

Pero la derrota también había demostrado a los aliados indígenas que los castellanos no eran invencibles. Ahora Cortés tendría que convencerlos de que aquella derrota no significaba el final, sino que todavía existía una posibilidad de vencer.

Y para hacerlo necesitaba algo más que espadas y caballos.

Necesitaba palabras.

Y Marina seguía con él.

 

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