Desde el inicio de su carrera como actor y posteriormentw como autor, había satirizado en sus comedias la sociedad de su tiempo, pues no en vano era un temperamento genial, creativo, polémico, irritable, luchador y tenaz. Se dice que utilizaba el apodo de Moliere para ocultar su verdadero nombre y no avergonzar así a su noble familia dada la pésima fama que en aquella época tenían los cómicos y en general los que pertenecían al mundo de la farándula.
En 1665 Molière sufrió la primera manifestación de una grave enfermedad pulmonar, pero su convalecencia no duró apenas, puesto que pronto volvió al trabajo. Amaba la fama, la gloria, los honores, el lujo y aceptaba la lucha como justo precio de todo ello. También sufrió los celos por su mujer, frívola y mucho más joven que él, que le engañaba.
A lo largo de su carrera, y a medida que aumentaban sus admiradores se le acumulaban igualmente los enemigos y detractores. Eran las víctimas de sus sátiras: marqueses, damas ridículas y el clero. En vano le hicieron críticas invectivas y acusaciones calumniosas, pues entre los que le admiraban y protegían se encontraba el mismísimo rey sol, Luis XIV, que le cedió un teatro para sus representaciones.
La muerte de Molière ha desvelado los afanes de críticos e investigadores hasta la confusión histórica y el mito, no sólo por las circunstancias de su muerte, sino por la influencia de su obra en la sociedad francesa, así como su figura dramática.
El primer dato (de su muerte) dice que falleció el día 12 de febrero pero que no fue enterrado hasta el día 17, por órdenes de la Iglesia católica que consideraba la profesión de cómico inmoral, y fue necesaria la intervención del rey (aun así el actor fue sepultado de noche), aunque lo común es recordar la muerte del dramaturgo el día 17 de febrero. La fecha es lo de menos, puesto que la tesis histórica –sobrevaluada después de la revolución francesa y plagada de romanticismo– dice que murió en el escenario, cuando interpretaba un personaje de su propia creación en «El enfermo imaginario» (¡Oh, paradoja!).
Suele decirse que todo escritor huye de la soledad, pero no puede saberse cómo se sentía Molière ante tan gran éxito mundano, con tantos enemigos, sin amor. El hecho es que se volcó en su obra. Y fue precisamente en sus últimos diez años de vida cuando su talento dio los mejores frutos.
Fustigaba cuanto vicio e hipocresía encontraba, con obras y personajes como el inquieto y escéptico Don Juan, el amargo Misántropo, el hilarante Anfitrión, el sombrío triunfo del vicio en Jorge Dandin, la miseria de El Avaro, la hipocresía de Tartufo, la risa de El médico a palos o El Burgués gentilhombre, y el ataque a la vana ciencia en El enfermo imaginario.
Poco a poco se daba cuenta de que le acechaba la muerte. Eso le hacía reflexionar. “La muerte es el remedio de todos los males -decía- pero no debemos echar mano de éste hasta última hora”. Y seguía luchando, escribiendo y actuando. Sabía que la batalla sería larga: “morimos sólo una vez, pero durante mucho tiempo” llegó a decir.
Fue precisamente en plena representación de El enfermo imaginario, cuando se derrumbó en el escenario. Su enfermedad sí era real. pero no estaba solo. Los actores de la compañía y sus amigos le trasladaron corriendo a su casa llenos de angustia mientras sangraba agonizante. Moría pocas horas después, sin renegar de su profesión de actor. Los médicos, a los que tanto había fustigado, no le salvaron.
Desde entonces, los actores de todo el mundo conservan la superstición de no vestir de amarillo en los escenarios, pues ese era el color de la túnica que llevaba Molière cuando sufrió su último ataque mortal.
Durante la representación empezó a sentirse mal, con unos dolores terribles, se desvaneció, volvió en sí, aguantó, con grandes esfuerzos, hasta el final. No murió hasta que oyó la ovación del público.
Jean-Baptiste Poquelin (Molière)
Fue trasladado a su casa con la ropa de la función, el traje color amarillo, que ha dejado hasta nuestros días la amarilla superstición mencionada.
Por lo tanto Molière murió varias veces en escena, pero en una sola se convirtió en el verdadero “actor”. Es decir, Jean-Baptiste Poquelin fue obligado por una enfermedad a morir “de verdad” una sola vez, y dejar constancia de que sabía morir, o que al menos la muerte es genialmente histriónica.
“El enfermo imaginario”, una de las obras más celebradas del clásico francés, sirvió de telón de fondo funerario del propio autor. Molière falleció durante la puesta de esta pieza que sigue siendo la “muerte” de un hipocondríaco que hizo casar a su hija con un médico para sentirse atendido sin dilación. Así, mientras el verdadero enfermo que era Molière moría en proscenio, el público aplaudía y reía sin parar.
La muerte triunfante, personificada por la misma muerte. Innumerables veces quedó tendido el cuerpo muerto del personaje. Pero al cerrar el telón, el ingenioso comediante se levantaba con la muerte cerca, es decir, vivo él y viva la muerte. Estaba enfermo, gravemente amenazado por una dolencia que no era nada teatral o pública.
Bajo la ley francesa de aquel tiempo, no estaba permitido que los actores fueran enterrados en el terreno sagrado de un cementerio, pues la Iglesia considerada su profesión inmoral. Ni siquiera la muerte lo había reconciliado con los doctrinarios, las convenciones hipócritas, las reglas, convencido como estaba, por ser hombre y artista, de que la vida social se desarrolla libremente como una fuerza mediadora entre la naturaleza y la razón.
Hasta la noche del día 21 no se permitió, contra la prohibición, su reposo en tierra sagrada, dentro de los muros del cementerio de San José, gracias a la intervención del Rey toda vez que el Ritual de París promulgado en 1654 prohibía dar asistencia religiosa a las rameras, cómicos, usureros, y brujos. Se les prohibía recibir la comunión durante toda su vida y tampoco podían tener un entierro cristiano.
Entre los propósitos de la iglesia estaba que Molière acabase en un agujero a orillas de cualquier camino de las afueras de París, pero gracias a la intervención del rey Luis XIV, su mecenas y padrino de su primer hijo, pudo ser enterrado en el cementerio de San José. Aun así lo enterraron de noche, a escondidas.
Para convencer al arzobispo de París, el rey utilizó un argumento curioso, le dijo que si normalmente los entierros cristianos se hacían a un metro de profundidad, que autorizara inhumar a Molière unos metros más abajo, porque en esa profundidad la tierra sería menos sagrada. El argumento no era muy bueno, pero el arzobispo accedió; un rey era un rey, y más aún el “Rey Sol”.
