Los tacones de nuestras mamás nos quedaban enormes a los piececitos de cuatro o cinco años. Con cada vuelta, los ruedos de sus trajes coloridos barrían las losetas del piso. Para las niñitas puertorriqueñas de la época, la silueta de una flamenca erguida, con elegancia y los brazos al cielo, llenaba de risueñas fantasías la infancia. Además, las películas de la Faraona (Lola Flores), al compás de las castañuelas, nos calaban hondo. Era un sentir neto que retumbaba en el corazón con un único ¡Olé! Ahí comienza todo. Pero eso fue antes de que Barbie asomara su cara y Wonder Woman llegara a nuestras pantallas.
Otras películas españolas de su tiempo también ayudaron a afirmar nuestro carácter español puertorriqueño. Las toallas del baño eran el capote perfecto para quienes soñábamos con ser torero —o torera— de mayores. Los toros imaginarios de nuestros juegos infantiles, con los amiguitos del barrio, nos daban el placer de gritar ¡Olé! a todo lo alto cada vez que sus cuernos rozaban nuestras toallas.
Dijo Lauren Postigo que “la música es el fiel reflejo de los sentimientos de un pueblo”. Y recuerdo aquellas canciones que sonaban en la radio y en los tocadiscos de las fiestas familiares en la Isla. En los años 50, Los Churumbeles de España popularizaron su pasodoble clásico, El beso; poco después, Johnny Albino y su Trío San Juan lanzaron su versión en Puerto Rico, contrastando a la mujer española con la borincana. Aquello me marcó para siempre: si la española tenía su encanto en el beso, la puertorriqueña también; éramos iguales.
Con el paso de las décadas, esas canciones fueron recordatorios de una herencia mayor que la que pretendía inculcar nuestro nuevo «padre patrio» del siglo XX. ¿Qué habría sido de nuestras generaciones puertorriqueñas y españolas sin las canciones de Raphael, Marisol, Nino Bravo, Mocedades, Fórmula V, La Pandilla, Camilo Sesto o Serrat, entre tantos otros? ¿Y qué decir del bombazo de los 80 del venezolano José Luis Rodríguez, el Puma: “Una canción de España…”, que retumbó en todo Puerto Rico y en Hispanoamérica, rematando con su dramático “Y ¡Olé! tum tum tum”?
Pero no solo de baile y música vive el alma española desarraigada en la diáspora; también nos sostiene el pan aprendido de España. Hay paella borincana, y jamás faltan las aceitunas ni el aceite de oliva español en nuestras cocinas. Súmese la enseñanza de los maestros de gramática de antaño, que, aun cuando en estudios sociales se promovía ser ciudadanos estadounidenses, insistían: jamás olviden que primero somos españoles, y que es nuestro deber defender la lengua y la Casa de Cervantes sobre todo lo demás. Y se aseguraron de que así fuera con todos los mapas de España que nos hicieron trazar, año tras año, junto con nuestro escudo —otorgado por el rey Fernando en 1511, que aún usamos hoy—, con sus castillos, leones y demás símbolos con todo su esplendor. Ni hablar de cómo nos corregían cada vez que cometíamos un error gramatical.
En nuestro arroz con gandules no faltan las aceitunas ni el aceite de oliva español. En una misa aún se ve alguna mantilla y, en nuestra Isla, todavía existe la peseta. Incluso nuestro escudo, con sus leones y castillos, aparece en todos los vehículos y dependencias públicas y, aun siendo tan estadounidenses, nos llama al corazón y a la conciencia: “¡Acuérdate de España, Puerto Rico!”
Muchos recibimos el mensaje y —para mi sorpresa y placer— me he dedicado a defender la Casa de Cervantes los veintiocho años que llevo enseñando la lengua en EE. UU. Con todo, mi alma española sigue huérfana, buscando raíces y orígenes. Quiero regresar a casa, a mi familia en la Península; y como el único grito español que me ha acompañado toda la vida es el Olé flamenco andaluz, sigo gritándolo a los cuatro vientos, hasta que alguien me escuche. No es nostalgia vacía, sino gratitud y pertenencia. Ese hilo, que no es solo andaluz, late con acentos de toda la Península —de Cádiz a Barcelona, de Galicia y Asturias a Canarias— junto a lo nuestro caribeño. Reunirnos es cuidar y renovar ese vínculo.
Así que ¡viva España, mi Madre Patria, y que viva Puerto Rico, española! ¡Olé!
