Otro Mundo Es Posible

Soldados de frontera (III). Cuadrillas de Ronda

Es curioso observar cómo en toda la América española se reprodujo como si fuera un espejo el mismo hecho. El fenómeno común en todo el continente de la falta de ganado se replicó de manera similar en los diferentes territorios, tanto la conducta de los españoles al introducir caballos, vacas, ovejas y cerdos, así como el hecho de que tanto caballos como vacas, al escapar, se asilvestraron, convirtiéndose en cimarrones.

Este ganado cimarrón encontró en la zona de los Llanos venezolanos, al igual que había ocurrido en las Llanuras del norte y en la sureña Pampa, un lugar idóneo para vivir y multiplicarse, circunstancia que rápidamente fue aprovechada por los indios de la zona que cazaban estos animales para alimentarse de su carne y comerciar con sus cueros y, cómo no, convertirse en extraordinarios jinetes adaptándose rápidamente a las nuevas circunstancias. Tras su asentamiento, los españoles replicaron el mismo comportamiento: cazaban el ganado haciendo “hatos” (conjunto de cabezas de ganado o la hacienda de campo destinada a la cría de estos animales), que volvían a domesticar creando haciendas.

Antes de continuar, definamos la zona: los Llanos venezolanos forman parte de una zona natural que se extiende entre Venezuela y Colombia. Abarcan unos 300.000 km² y están delimitados al sur y al este por el Orinoco, al oeste por la cordillera de los Andes y al norte por la cordillera interior de la costa. Los Llanos orientales comprenden los actuales estados de Anzoátegui y Monagas; los Llanos centrales y occidentales se componen de las sabanas de Guárico y Apure, aunque también incluyen a los estados Barinas, Portuguesa y Cajedes. Los Llanos orientales presentan una configuración mucho más irregular y, como raramente se inundan, hay menos pasto, por lo que eran menos frecuentes los rebaños cimarrones.

Como en el resto de la América hispana, la población de los Llanos, los llaneros, era mestiza, producto de la fusión de indígenas como los arahuacos y otros pueblos nativos que habitaban la región, españoles que trajeron sus costumbres y técnicas ganaderas y negros africanos cimarrones, que se integraron en la población. Esta combinación evolucionó en una singular identidad llanera, reflejada en su rechazo por las leyes, su habilidad ecuestre, su forma de relacionarse con el ganado y sus propias costumbres, como el abigeato (robo de ganado, cuyos autores reciben el nombre de abigeo o cuatrero). Para ellos, un medio de vida y subsistencia que chocó de pleno con los ganaderos, los cuales también se dedicaban a la caza de ganado cimarrón a través del rodeo (voz que viene de rodear el ganado para juntarlo), lo que requería mucha mano de obra durante muy poco tiempo. El llanero, al no ser propietario de la tierra, ejercía de peón temporal cuando el rodeo exigía todos los jinetes disponibles, dedicándose al abigeato cuando no trabajaba.

El comercio del cuero fue principal en la región llanera, constituyendo una de las fuentes de ingreso más importantes para la zona. Cada pieza de cuero era vendida con destino a la Península Ibérica entre 8 y 10 pesos la pieza, dejando la carne para consumo interno; de esta forma los Llanos se convirtieron en la principal zona productora de cueros. Pero tenía una particularidad: estaba casi despoblada y era de difícil acceso, lo que propició el aumento de robos de ganado por parte de los cuatreros. También había enfrentamientos con nativos rebeldes, como los guahibos y los yaruros, que hacían incursiones en los hatos ganaderos.

Ante esta situación, la corona, las autoridades y los hacendados vieron la necesidad de formar patrullas permanentes para la protección de sus intereses.

El rey Felipe IV emite una Real Cédula el cuatro de abril de 1651 para controlar el robo y desjarrete del ganado, pero esta medida se encontrará con la oposición de los criollos debido a que limitaba su autoridad judicial. Estas primeras Cuadrillas de Ronda eran grupos de milicianos, más tarde soldados, organizados para vigilar y garantizar el orden patrullando las vastas llanuras, especialmente para perseguir cuatreros y proteger las haciendas ganaderas. Finalmente, serán incluidas en las Ordenanzas de Llanos de la Provincia de Venezuela, que, como dato curioso, son elaboradas por los mismos ganaderos que se beneficiarán de ellas, cuando lo normal es que fueran dictadas por autoridades o instituciones locales, requiriendo además la aprobación de la Corona.

La Real Audiencia rectificó más tarde, haciéndose cargo de las Rondas de los Llanos y quitando la potestad judicial a los comisionados que la habían ejercido hasta ahora. Lógicamente, esto no gustó a los ganaderos que protestaron. No será hasta 1789 que se creen las Cuadrillas de Ronda, inspiradas en las experiencias tanto de los Dragones de Cuera como de los Blandengues. En 1791, la Real Audiencia de Caracas envía al Consejo de Indias de Sevilla un expediente con las protestas de las élites criollas, pero solicitando a su vez su permiso para el funcionamiento de las Cuadrillas. Después de analizar el caso, el Consejo de Indias emitió una Real Cédula a la Audiencia de Caracas, fechada en Madrid el 22 de julio de 1792, dando autorización a la creación del cuerpo, determinando que los sueldos de los soldados los aportarían los ganaderos a prorrateo, concediéndoles a cambio a estos mismos ganaderos la elección de dos diputados.

Sus funciones eran:

  1. Persecución de Cuatreros: El abigeato (robo de ganado) era un problema constante en los llanos, y las cuadrillas se encargaban de perseguir y capturar a los delincuentes.
  2. Mantenimiento del Orden: Actuaban como una especie de policía rural, vigilando los caminos y campos para evitar saqueos o ataques tanto a haciendas como a poblaciones.
  3. Organización Militarizada: Solían estar conformadas por jinetes armados, generalmente reclutados entre los mismos llaneros. Expertos en el manejo de las armas y del caballo, eran requeridos allá donde hubiera problemas para una intervención rápida, actuando en conflictos civiles y en tiempos de guerra como fuerzas auxiliares.
  4. Patrulla: La gran extensión de la región hacía difícil su control, por lo que las cuadrillas tenían que recorrer grandes distancias, muchas veces siguiendo pistas dejadas por los ladrones de ganado.

Su primera composición fue de 40 hombres en cuatro cuadrillas, la cual sería organizada por el Capitán General con el acuerdo de la Audiencia. A diferencia de los cuerpos homólogos del norte y del sur, no tenían un edificio propio en sí; no se construyeron ni presidios ni fuertes. Se agrupaban en comandancias situadas en los mismos pueblos donde patrullaban, conteniendo algunas dependencias como calabozos, viviendas para los soldados, administración, cuadras o corrales. Las patrullas se componían de un oficial, un sargento, un cabo y entre cuatro y diez soldados por patrulla, generalmente de origen llanero de clase social baja sin importar su etnia o color, algo común en toda la época hispana de América, siendo su ingreso en el cuerpo un motivo para ascender socialmente y mejorar su economía.

No tenían un uniforme oficial, pero existía una vestimenta común entre los cuadrilleros: Calzones y botas de cuero, camisas de algodón grueso o lana, que protegían del sol y del frío nocturno. Sombrero de ala ancha, similares al típico “pelo e’ guama” llanero y pañuelos al cuello, que servían tanto para protegerse del polvo como para identificar a los miembros de la cuadrilla. Su principal armamento era la lanza; también tenían espada o machete y algún tipo de armas de fuego muy escasas y generalmente para la oficialidad, además de lazos y boleadoras usados tanto para capturar ganado como para atrapar fugitivo.

Aparte de su actuación contra el crimen, las Cuadrillas de Ronda participaron en expediciones punitivas contra grupos de indígenas rebeldes que atacaban los hatos y los pueblos y, aunque su función se reducía al ámbito rural, también fueron llamados para defender la costa de piratas y filibusteros. Por último, la primera república venezolana en 1811 prohibió a la población el portar armas; esto afectó sobremanera a los llaneros y, por ende, a los cuadrilleros, que se sintieron indefensos en un territorio tan extenso y peligroso, lo que hizo que la mayoría, incluidos los miembros de las Cuadrillas de Ronda, se pasasen al ejército realista, del que formaron uno de sus mejores operativos. Aunque algunos líderes rebeldes los sobornaron ofreciéndoles dinero, sillas de montar y otros regalos, la mayoría permaneció fiel a la Corona española hasta 1818.

Las Cuadrillas de Ronda fueron fundamentales en la seguridad del territorio de los Llanos durante el periodo virreinal y en los primeros años de la República.

 

El ejemplo más importante fue su actuación en el apresamiento del cuatrero más famoso de Venezuela, Juan Nicolás Ochoa, apodado Guardajumo o Guardahúmo, porque se decía que desaparecía más rápido que el humo.

Su vida se desarrolla a finales del siglo XVIII en un contexto donde se ha generalizado la presencia de bandoleros en la región llanera, bandidos que no sólo roban ganado, sino que además asaltan casas y hatos, agreden y hieren a las personas, violan y secuestran a las mujeres.

Guardajumo era jefe de una banda que tenía aterrorizada la comarca de Calabozo y los Llanos de Aragua y Barcelona. Ya desde niño sacó su lado delictivo robando todo lo que pudiese vender más tarde, llegando a estar encarcelado, pero curiosamente adquirió la habilidad de pasar inadvertido para las autoridades.

Gran conocedor del Llano, se convirtió en un salteador eficaz y peligroso que destacó por su crueldad; ataca, mata y viola a los viajeros desprotegidos, roba a los arrieros su mercancía y asalta los hatos matando a los animales, para, tras cometer sus delitos, desaparecer inmediatamente, dando tiempo entre ataque y ataque a que se olviden sus fechorías. Gracias a esta habilidad, la gente del lugar lo tomó por brujo, considerado por algunos un espíritu maligno, creyendo que tenía un pacto con el diablo. Tal era el pavor que infundía a la población que nadie se atrevía a denunciarlo, de manera que comenzaron a apodarlo Guardahúmo, aunque la pronunciación regional cambiaba la h por la j, quedando para la historia como Guardajumo.

En su captura se mezcla la leyenda con la realidad narrada por el escritor Arístides Rojas y el médico novelista Francisco Herrera Luque; en ella, dos de los protagonistas, enemigos enconados en la guerra de independencia, el asturiano José Tomás Boves y el caroreño Juan Jacinto Lara, serán los que lo capturen. En este momento ambos son socios en varios negocios; en uno de ellos trasladaban una mercancía que venía de Trinidad, protegiéndola con un grupo de hombres armados. Emboscados por Guardajumo, hicieron frente al grupo de bandoleros, capturando a cuatro, entre los que se encontraba herido el tío de Guardajumo, que terminó delatándolo, lo que condujo a su captura. En realidad no hay documentación de nada de esto, creyendo que estos hechos solo son producto de la imaginación de ambos escritores. La realidad es que Juan Nicolás Ochoa fue capturado por una patrulla de las Cuadrillas de Ronda, que lo rastreó hasta dar con él en Guariquito en octubre de 1798, llevándolo preso a la villa de Calabozo, donde fue juzgado en un proceso que duró cuatro años; condenado a morir en la horca, fue ejecutado en 1802.

Hay muy poca documentación sobre las Cuadrillas de Ronda; quizá se deba a lo tardío de su creación en el final del periodo virreinal, o quizá sea que se ha investigado poco, pero no por ello hay que menospreciar su labor, pues llevaron la paz y la tranquilidad a los Llanos en una época donde los bandoleros eran los dueños y señores de la zona, dando seguridad a las escasas poblaciones y control a la Corona sobre el territorio.

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