Otro Mundo Es Posible

Soldados de frontera (IV). Dragones de Valledupar

 

Antes de continuar, he de decir que si al hablar de las Cuadrillas de Ronda hemos visto que hay poca información estudiada y publicada, del cuerpo de Dragones de Valledupar hay bastante menos. Como ocurre con tantos pasajes de la historia, queda pendiente de que los historiadores hagan un estudio más profundo de las fuentes para tener un mayor conocimiento sobre ellos. Este artículo solo pretende dar un poco de luz sobre un cuerpo militar creado al final de la época virreinal, que, como tantos otros, navegan en el olvido. 

La Guajira era un espacio fronterizo poblado en su mayoría por indígenas. Los indios guajiros constituían el grupo más numeroso y ejercían un dominio efectivo sobre gran parte del territorio. Además, su papel era clave vinculando a través del contrabando a comerciantes extranjeros con la sociedad hispana. En este complejo entramado social, económico y cultural entre indígenas e hispanos coexistían intercambios, alianzas y tensiones que mantenían viva la conflictividad de la región. 

La existencia de corsarios, piratas y contrabandistas, junto con la presencia de naciones enemigas como Inglaterra, Francia u Holanda, hacían que su defensa fuese prioritaria por parte de la Corona. Mientras, en el interior del reino, la prioridad de la Corona era otra: por un lado, proteger a la población de los indios que todavía no se habían integrado; por otro, continuar con la asimilación y cristianización de dichos indígenas, a la vez que se desarrollaba el territorio y se ampliaba la frontera. A lo que hay que añadir el sofocamiento de los levantamientos que se produjeron como causa de las reformas introducidas por la nueva dinastía, los Borbones, cuyo objetivo era centralizar el poder y hacerlo más eficaz. 

Siempre a remolque de los acontecimientos, la Corona española reaccionaba de forma eminentemente reactiva: solo impulsaba las fortificaciones tras sufrir ataques. Defendidas las costas por un reducido ejército peninsular, siempre insuficiente, eran reforzadas con milicias locales encargadas de proteger enclaves estratégicos como Cartagena de Indias, Portobelo, Panamá, Guayaquil y Santa Marta, mientras que el interior quedaba relegado a un segundo plano. A esta debilidad se sumaba una marina que poco a poco se quedaba obsoleta, incapaz de responder a los desafíos del siglo XVIII, algo que los Borbones rápidamente comenzaron a cambiar. 

Valledupar estaba ubicada en una zona considerada frontera interior del virreinato, con una población indígena importante, con grupos como los chimilas, Yukpa, Arhuaco, etc., que opusieron mucha resistencia al control español, como demuestra la rebelión wayúu, que mantenían contacto con potencias extranjeras por vía marítima, suministrándoles armas, municiones y pólvora con el objetivo de desestabilizar el Imperio para provocar su caída o al menos su debilitamiento. 

En 1798, el gobernador de Cartagena de Indias, Anastasio Cejudo, informa al virrey Pedro Mendinueta sobre la posibilidad de que una escuadra inglesa atacase por las costas de Riohacha. El peligro era real al haberse interceptado en Jamaica unos documentos que detallaban un plan inglés para desembarcar en Riohacha. Su objetivo era desestabilizar la región armando a los nativos con 6.000 nuevos fusiles y asegurar su entrada en Valledupar hasta el río Magdalena, principal vía de comunicación con el Caribe, lo que pondría en pie de guerra a unos diez u once mil indios armados con armamento moderno. 

En su informe, Cejudo expone las causas de esta posible invasión: primero, la incapacidad de reducir a la población indígena indómita, que no solo representaba una amenaza directa, sino que también tenía la capacidad de aliarse con los enemigos del Imperio. Segundo, la existencia de una geografía extensa y complicada abierta al océano, característica territorial que no solo dificultaba la comunicación y el control efectivo, sino que también facilitaba incursiones y ataques desde el mar, aumentando las vulnerabilidades en las defensas virreinales. Y por último, la incapacidad de las autoridades locales para enfrentar las necesidades de defensa de la zona, destacando la escasez, falta de preparación y formación militar de sus milicias, más preocupadas por defender sus propios intereses locales que por la seguridad general, tal y como el propio Cejudo había comprobado personalmente cuando, en 1776, habiendo solicitado a la ciudad de Santa Marta 100 hombres para la pacificación de los indios guajiros, solo le enviaron 55, evidenciando una falta de compromiso y capacidad para enfrentar las necesidades de defensa de la región. 

De resultas de este informe, el Virrey Mendinueta ordenó la formación del Regimiento de Milicias de Infantería y Dragones de Valledupar que contaría con elementos provenientes del disuelto Regimiento de Milicias de Riohacha: «Ha hecho presente que el gobernador de Cartagena le dio parte de los recelos que tenia de que los ingleses intentasen alguna empresa en las costas del Rio Hacha, con el objeto de internarse por el Valle Dupar. No dejaba de tener fundamento esta sospecha, y desde luego las muchas leguas de costa indefensa que hay por aquellos parages y la facilidad de penetrar por el interior la hacían mas probable.» A.G.S. Archivo General de Simancas, SGU,LEG,7082,7

Ante la imposibilidad de blindar las fronteras defendidas por unas pocas tropas profesionales venidas de la España peninsular, siempre deficitaria en hombres, se volvió a recurrir a las milicias como medio más eficaz y económico para defender los vastos territorios americanos, pero esta vez centralizadas, mejor instruidas y preparadas militarmente, involucrando en ellas tanto a las élites como a la población local como medida de potenciación y ascenso social. El virrey calculó que el costo anual del regimiento sería aproximadamente 3.372 pesos, lo que resultaba un ahorro considerable para las arcas, pues los costes estimados oscilaban entre los 4.000 y los 8.000 pesos anuales. En paralelo, Mendinueta ordenó al gobernador de Riohacha negociar con los indios guajiros para su pacificación, evitando de esta forma que accedieran a las pretensiones inglesas. 

El Regimiento se componía de dos compañías, una de infantería compuesta de cuatro compañías comandada por 1 capitán, 1 teniente, 1 subteniente, quienes tendrían bajo su mando a una fuerza de 100 hombres comprendida por 1 sargento primero, 3 sargentos segundos, 1 tambor, 6 cabos primeros, 6 cabos segundos y 83 soldados, para un total de 400 unidades de infantería. La segunda sería de caballería, dragones (recordemos que los famosos dragones eran tropas de caballería con la posibilidad también de combatir a pie si el momento lo requería, lo que los dotaba de una gran versatilidad), dividida en cuatro, cada una a cargo de 1 capitán, 1 teniente, 1 subteniente y que contaría con una fuerza de 50 hombres con 50 caballos: 2 sargentos primeros, 3 cabos primeros, 3 cabos segundos y 42 soldados, para una fuerza total de 200 unidades de caballería, lo cual daría una fuerza total de 600 unidades. «El 25 de abril de 1799 se emitió la Real Orden mediante la cual se aprobaba la creación del Regimiento de Dragones de Valledupar, otorgándole fuero de milicias disciplinadas» (AGS, SGU, 7082,7, 1799, fol. 50). 

Como era norma, la oficialidad principal era de origen peninsular, pero en el caso de este regimiento encontramos una mayoría de oficiales de origen local, constituyendo para los vecinos “notables” una fuente de prestigio y de ascenso social, que a la vez dio estabilidad y control del territorio, garantizando la gobernabilidad. La tropa estaba compuesta por un mosaico de gentes procedentes de la capa más baja de la sociedad, sin ninguna distinción de etnia: blanco, indio, negro, mestizo o mulato, todos iguales en el cuerpo, tal y como ocurrió en toda la América española. Por poner un ejemplo, antes de las reformas de Cejudo en Cartagena de Indias, se especifican los cuerpos de milicias compuestas por: «el Fijo de Cartagena y cuerpos de “libres de todos los colores»… Los Dragones de Valledupar. La conformación de un cuerpo de milicias a finales del siglo XVIII: vecinos “notables”, milicias y redes sociales. Miguel Antonio Suárez Araméndiz.                                                      

Poco más se sabe sobre este cuerpo; es de suponer que participara en la pacificación de alguna de las distintas rebeliones interiores o incluso en algún intento de incursión extranjera, pero aparte de los documentos de su formación y su utilización por los vecinos locales para promocionarse, no tenemos noticias sobre sus acciones, suponiendo que debieron operar como policía, dando tranquilidad y control en la zona, o actuando contra el contrabando, lacra permanente hasta el final del Imperio. Tampoco sabemos cuándo fue su disolución ni si participó en la defensa del virreinato o de la nueva república, aunque sí sabemos que llegó hasta casi el final, pues tenemos el nombramiento en 1806 del marqués de Valdehoyos, Gregorio Hoyos Miranda, como comandante del cuerpo. 

Su rol en la protección de pueblos, haciendas y caminos contra indígenas, contrabandistas y ejércitos extranjeros (aunque al final la temida invasión inglesa no se dio) los convirtió en una fuerza fundamental dentro de la estrategia militar española en América. Su creación se debió a la necesidad de unificar unas milicias escasas y obsoletas, creando un cuerpo más disciplinado y preparado militarmente para controlar un territorio extenso donde la autoridad virreinal estaba poco afianzada, ayudando a consolidar las estructuras del poder institucional en el territorio de la Guajira, dándole estabilidad.    

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