Sin duda, la vía de comunicación más importante fue el denominado Camino Real de Tierra Adentro o Ruta de la Plata. Fue trazado en el siglo XVI por los colonizadores españoles para desarrollar el comercio, facilitar la logística militar, y apoyar la colonización y evangelización en la Nueva España. Tenía 2.900 Km. de longitud e iba desde México capital hasta Santa Fe, en Nuevo México. La ruta comprende los estados de México: Querétaro, Guanajuato, San Luis Potosí, Aguascalientes, Zacatecas, Durango, Chihuahua; y Texas y Nuevo México en EE.UU. Pasa por ciudades importantes como Ciudad Juárez y El Paso en Texas (ambas llamadas Paso del Norte) y Las Cruces y Albuquerque en Nuevo México, antes de llegar a Santa Fe.
Los primeros 220 Km. del denominado Camino Real de la Tierra Adentro o Ruta de la Plata se construyen rápidamente coincidiendo con el descubrimiento de importantes filones de plata, por un pequeño destacamento de soldados españoles e indígenas, en un lugar denominado Zacatecas. Ello motivó la construcción de una carretera principal que uniera Zacatecas con la ciudad de México. En los años treinta del siglo XVI, una veintena de mineros alemanes fueron trasladados al virreinato de Nueva España, debido a su reconocida experiencia en el uso de los molinos para la trituración del mineral y la posterior extracción del metal por el procedimiento de fusión. En 1561, se descubrieron grandes yacimientos de plata en las sierras de Guanajuato. Así pues, podemos decir que la primera función del Camino Real de la Tierra Adentro fue la de comunicar la Real de Minas de Nuestra Señora de los Zacatecos con la ciudad de México pero también desempeñaba otras funciones importantes.
Cuando la corona española decide no abandonar la provincia de Nuevo México, ruinosa en todos los sentidos, sino mantenerla por razones de no desamparar a los indios ya cristianizados, el virreinato de Nueva España organiza un sistema para abastecer regularmente las misiones, presidios y ranchos del norte. Es la llamada conducta, caravana de carretas que parte cada tres años de la ciudad de México con destino a la tierra de frontera. Iniciaba el largo y dificultoso recorrido de seis meses tras la época de lluvias.
En el convoy viajaban frailes, colonos y soldados de escolta, así como múltiples artículos: plantones, semillas, muebles, instrumentos musicales, vestuario, papel, tinta, etc. A la retaguardia seguían ovejas, caballos, vacas, cerdos, cabras y el resto de muestrario de la ganadería española lista para ser transportada al septentrión hispano. A la vuelta, los carros cargaban vino, productos agrícolas, pieles de bisonte, mantas y otras mercancías de Nuevo México, que eran vendidas en la famosa feria anual de Chihuahua, y más adelante acopiaban plata procedente de las minas del Paral, Guanajuato y Zacatecas.
Todo este surtido humano y material viajaba a bordo de treinta y dos sólidos carretones de cuatro ruedas tirados por bueyes, con toldos arqueados y capaces de transportar dos toneladas de carga. Los bueyes, aunque menos espantadizos que las mulas, eran más lentos y se desenvolvían peor en terrenos lodosos y en fuertes pendientes, lo que hizo que paulatinamente los trenes de carros fueran reemplazados por recuas de mulas manejadas por arrieros que redujeron el tiempo de viaje a cuatro meses.
Correspondía al virrey el suministro de las municiones, tres mil libras de pólvora, los cañones y más de diez mil proyectiles de arcabuz.
Oñate al fin pudo dar la orden de marcha el 26 de enero de 1598, unos tres años después de obtener el permiso. La larga caravana de hombres, animales y carretas (83 carros tirados por bueyes y 7.000 cabezas de ganado) ocupaba una legua, y en ella viajaban sus dos sobrinos, Zaldívar y Gaspar de Villagrá, que cantaría la épica del viaje en un largo poema de pocas cualidades literarias pero de enorme interés histórico titulado: “Historia de la Nueva México”, publicado en 1610.
Avanzando hacia el Norte, pararon junto a un río al que llamaron Jueves Santo y donde acamparon en Semana Santa. Cuando Juan de Oñate salió de Santa Bárbara (actual Chihuahua), esta localidad era hasta entonces la más septentrional de Nueva España, y final de uno de los cuatro caminos del virreinato. Todos los caminos nacían en México: el primero iba hasta Veracruz, al Sureste, el segundo llegaba a Acapulco, al Suroeste, el tercero a Guatemala, al Sur y el cuarto, el de Durango, era el citado que finalizaba en Santa Bárbara. Más allá se perfilaba el Río Grande y un territorio por descubrir.
Posada del camino real
Juan de Oñate desechó el itinerario seguido por sus predecesores y eligió un atajo a través de las dunas de Samalayuca, arenas móviles que obligaba a dar un gran rodeo para evitar su peligro, que no obstante llevó a la caravana por una ruta más directa hasta El Paso, señalando el trazado de lo que sería el Camino Real de Tierra Adentro.
Muchas eran las incertidumbres que enfrentaban los viajeros. Las crecidas de los ríos, como las del Nazas, podían forzar semanas de espera en las orillas hasta poder vadearlos. En el otro extremo aparecían las sequías prolongadas, que hacían sufrir lo indecible a hombres y animales.
Lo más temido era la travesía de la llamada Jornada del Muerto, más allá de El Paso, cien kilómetros sin un solo pozo de agua donde aprovisionarse. También se sentían amedrentados ante las dunas de Samalayuca, arenas movedizas que obligaban a dar un gran rodeo a la caravana. Eran tantos los inconvenientes como los temores, y tantas las presentes decepciones como las supuestas riquezas que esperaban más allá de la frontera.
Con todo, confrontando los deseos con los recelos, el mayor de los peligros era el de los asaltos. Había bandas especializadas que desde México a Querétaro acechaban la caravana, repleta de valiosos artículos. Y, sobre todo, a partir de Zacatecas, la mayor amenaza fueron los ataques indios, más frecuentes a medida que se progresaba hacia el Norte. Su objetivo principal eran los caballos, pero no desdeñaban otras rapiñas e incluso mujeres y niños. Las tropas de los presidios hacían relevos para dotar al convoy de una protección adicional, y cuando la caravana se adentraba en las áreas más comprometidas, para pasar la noche los carros formaban un círculo con las personas y los animales dentro.
Desde principios del s. XIX, el recorrer la Ruta de la Plata ocasionaba auténticas odiseas ya que al transitar por ella, además de las complicaciones climáticas, había que añadir a los Plateados, que se apostaban en algunas zonas de Calpulalpan, después de pasar Arroyozarco. El libro de Iñigo Laviada nos dice que: “Durante el virreinato, el lejano paternalismo de la corona española mantuvo la paz y la concordia, con escaso uso de la fuerza. Después, el proceso de la independencia nacional creó ejércitos y militarismo, arruinando las fuentes de riqueza. Desde fines de 1810 hasta junio de 1813, los guerrilleros a las órdenes de Miguel Sánchez, Julián Villagrán y su hijo Chito Villagrán -mezcla de patriotas y bandoleros- depredaron en las haciendas del latifundio. El marqués de la Villa del Villar del Águila y la marquesa de San Francisco sufrieron quebrantos en sus respectivas haciendas. Estos caudillos insurgentes se dedicaban a los asaltos de diligencias y conductas de plata en el Camino Real, entre Jilotepec y Tula al sur de San Juan del Río al norte”.
