No se entendería aquella época del primer conflicto global sin “Ojo del día”; la traducción en idioma malayo de Mata Hari. Sus éxitos como bailarina exótica y excepcional amante son todavía contados en películas, novelas y series televisivas, y no me extrañaría que, con el centenario, su vida fuese llevada de nuevo a las pantallas o escrita por enésima vez. Ella dio un halo romántico a la contienda y a las historias de espías. Tal vez el último, porque a partir de entonces las guerras serían más homicidas y horrendas, sobre todo para la población civil. Aquella guerra fue el inicio de las salvajadas contra los no combatientes, las masacres y los genocidios que ya no pararían. Las conflagraciones cambiaron para ser más universales, más crueles y más inútiles.
Hasta entonces solo las guerras de religión podían equiparse a las actuales, porque unos y otros, en nombre de sus iconos, sus deidades, sus mentiras y sus hogueras eran los más feroces y los más inhumanos, como si los dioses, al igual que los de los antiguos mayas, precisaran de sangre para demostrar su poder; siempre a través de ungidos a quienes gustaba y gusta convencer a sus fieles y a los crédulos con sus promesas de vida eterna, después de masacrar a los que no piensan como ellos.
A mí me gustaría especular que, en un imposible Paraíso, todas las deidades se pusieran de acuerdo en una creencia común y en una bondad universal que uniera y no dividiera a los pobres seres humanos, siempre mangoneados y utilizados por los representantes de esos dioses en la Tierra. Todos sentados alrededor de la palabra Paz y regocijándose con uno de los sensuales bailes de la Mata Harí.
Tal vez allá en cielo sepan aprovechar sus encantos y logre apaciguar la furia de los dioses y ordenen de una vez a sus clérigos, santones, verdugos y estudiosos que dejen en paz a los hombres; como diría un amigo mío: menos guerras santas y más estriptis pecaminosos.
