Sin embargo lo más preocupante para la sociedad respecto a la justicia no es su génesis, sus cauces, los códigos legales o su aplicación; lo verdaderamente alarmante socialmente hablando es el propio funcionamiento de la justicia.
Un general a quien la Real Academia de la Historia define como autoritario y no totalitario y que después de «una guerra larga de casi tres años le permitió derrotar a un enemigo que en principio contaba con fuerzas superiores. Para ello, faltando posibles mercados, y contando con la hostilidad de Francia y de Rusia, hubo de establecer estrechos compromisos con Italia y Alemania», según el diccionario biográfico de la propia Academia; impuso una paz injusta y una represión amparada por jueces y fiscales adictos al golpe y aplicó a base de sentencias indignas, el terror y la crueldad.
Hoy, muchos españoles siguen reclamando conocer el lugar donde “descansan” los restos de sus parientes que tuvieron la osadía de defender a la República, estar afiliados a un sindicato, votar a la izquierda o simplemente tener opinión. Tal vez lo más reflexivo sería dejar a los muertos donde reposan, pero en todo caso deben ser sus deudos quienes decidan y por tanto la Justicia, en mayúsculas, debe apoyar sus justas reivindicaciones y sin embargo han pasado 75 años sin que nadie tuviese el valor y la serenidad de plantearlo. Esa “osadía” la tuvo Garzón extendiendo ese derecho a ambos bandos, la misma valentía que permitió mostrar al mundo las atrocidades de Pinochet y su régimen y la misma temeridad que tuvo al indagar sobre los narcos gallegos, a lo que hizo oídos sordos, precisamente, uno de sus juzgadores cuando le presentaron el caso.
Pero Garzón ha sido condenado e inhabilitado por las escuchas sobre el caso Gürtel, es decir por un tema económico – con la pasta hemos topado – y han quedado en agua de borrajas las palabras del “bigotes” prometiendo fidelidad eterna o las de agradecimiento de alguna señora por el “exceso” de generosidad en los regalos. Había que condenar a Garzón porque el fin no justifica los medios y había que aplicar una sentencia de indiscutible valor jurídico porque el derecho de defensa es la base y la piedra angular de un proceso justo en un Estado de Derecho.
Y es cierto, por mal que nos caiga el bigotes, por mucho que nos parezca un tremendo hortera con el chaqué que llevaba en la boda de la hija de Aznar – y lo digo porque aunque no estaba invitado, pagué, como todos, parte del convite y eso me da derecho al cotilleo – todo delincuente o presunto delincuente obliga a que el juez instructor sea un juez con garantías ya que el poder judicial se legitima por la aplicación de la ley.
Y ahora pregunto: ¿Eso siempre es así? Y me respondo: No, no lo fue durante la dictadura franquista, pero lo que es más grave, tampoco lo es hoy. En cualquier juzgado español – y lo digo por extensión, alguno estará sano y salvo – se suceden día a día presuntas irregularidades por parte de jueces y fiscales. Las propias dilaciones en las sentencias, tan habituales en toda la geografía española, son harto reconocidas, numerosas y afectan negativamente a los encausados. El amiguismo, nos guste o no, presumo que está presente en muchos actos judiciales. Tal vez no sean conversaciones grabadas, pero los comentarios de cafetería afectan, hipotéticamente, la toma de decisiones o a mí me lo parece. En muchos juzgados – sigo exagerando por extensión – los magistrados y abogados se conocen por diversos motes: “la loca”, “el cojo”, “el facha”… ¿Qué respeto puede haber en esas acepciones? El gran motivo por el que se ha atacado a Garzón y que recoge la máxima de que, el juez no puede ser enemigo del imputado, se dio, continuamente, durante la dictadura y mal nos pese, se sigue, presumiblemente, dando.
En un resumen rápido y a la vista de los hechos, creo firmemente, es una opinión, que al cambio político y social en España, debió seguirle un profundo cambio jurídico. Eso no fue así y ahora cargamos con las puñetas.
Una parte de la sociedad ha aceptado que la prevaricación si viene de un político, de un empresario o de un banquero tiene cierta tolerancia. Se ríen con las “ocurrencias” del defraudador de hacienda y admiran a los grandes timadores y a los “hábiles” financieros de los paraísos fiscales. Pero son intolerantes con los que tratan de hacer justicia con la excusa de que su dedicación y entrega esconde un afán de protagonismo y que siempre es mejor dejar las cosas como están…mejor para ellos. Siempre habrá una parte de la sociedad dispuesta a montar un sindicato para tapar las culpas del pasado; siempre habrá un “celoso” juez que aspire a grandes togas sin demasiados esfuerzos; siempre existirá una Teacher para proteger a su amigo Pinochet…
Pero el tiempo, amigos lectores, todo lo pone en su sitio y es muy posible que las lanzas de algunos se les vuelvan cañas. Como decía al principio, lo que hoy es admisible a querella, mañana sea acusación tácita, lo que hoy son cuerpos no identificados en el llamado Valle de los caídos o en una cuneta, mañana tengan una lápida con nombre y con recuerdos. Por lo pronto, según las últimas novedades de Arco, al general que antes mencionaba, le han encontrado lugar en una nevera de Coca Cola. Y disculpen la publicidad.
