Hoy Europa llora el drama de los que huyen de la guerra, mañana se habrá olvidado. Se olvidará como se olvidó la miseria de los subsaharianos cuyos músculos se desgarran en las concertinas de Melilla y cuyos pulmones se llenan de agua salada mientras la Guardia Civil les dispara pelotas de goma. Se olvidará como se olvidó el sufrimiento de los nepalíes a los que un terremoto se lo quitó todo. Se olvidará como se olvidó la matanza que el ébola cometió en los países de África.
No somos insensibles los europeos, sólo volubles. Hoy nos encoge el corazón el trágico fin de Aylan, tanto que nos lleva a la sobreexposición de nuestro dolor y rabia, nos lleva a afirmar que somos refugiados desde la comodidad de nuestro sofá, pero nuestra entrega acabará cuando los medios de comunicación nos bombardeen con una nueva ofensiva israelí sobre Gaza, un terrible huracán que arrase el Caribe o la represión del gobierno chino a las protestas en Hong Kong.
Es nuestra maldita naturaleza humana, también la mía: llorar hoy para olvidar mañana.
Y como soy consciente de ello mientras veo de nuevo la foto de Aylan sobre la arena, me voy a la cama con una extraña sensación de amargura y asco.
