Cuando Valls habla de su nacimiento dice, refiriéndose a Barcelona: “Eran las vacaciones, y mis padres, que vivían en Francia, quisieron que su hijo mayor naciera allí”. Por su parte Anne afirma: “Pertenezco tanto a España como a Francia. Ambos países tienen grandes cualidades”. En resumen, dos franceses que no olvidan sus orígenes españoles y republicanos.
Hoy se vuelve a repetir la historia, no por razones políticas, como hicieran los ancestros de Anne y de Manuel, pero sí por las económicas, como los protagonistas de aquella interesante, verídica e ilustrativa película de Carlos Iglesias, Un franco, catorce pesetas.
Hoy, nuestros jóvenes se marchan porque el gobierno no sabe solucionar sus necesidades de trabajo y porque pretende alargar la vida laboral de sus padres, incluso de sus abuelos, mientras ellos, formados, preparados y cargados de potencial tienen que coger las maletas y buscarse la vida o mal vivir a costa de la familia.
Por eso no es de extrañar que muchos no regresen jamás. Tal vez de vacaciones o con la intención de que su primogénito nazca en el país que amaron y que no obstante, fue incapaz de solucionar sus existencias. No se extrañen que algún hijo o hija de esta nueva diáspora llegue a la cancillería alemana y diga cuando le entrevisten que tienen muy presente a España, que les gusta venir de vacaciones, comer paella y subir al Tibidabo, pero que su verdadera patria está donde a sus padres les dieron un futuro.
Al final somos eso, un lugar de raíces, de referencias, de banderas republicanas guardadas en un baúl; de recuerdos. Una piel de toro, mancillada por caudillos de poca estatura moral y física, refugio de financieros sinvergüenzas, folclóricas chillonas, toreros desgraciados y conservadores arcaicos e incompetentes. La España de charanga y pandereta que dijo Machado. Mientras tanto, el mundo se hace con nuestros jóvenes, les da trabajo e ilusiones. Me alegro por ellos.
