Que nadie se equivoque: todos los que componen los cuatro grupos aman a Catalunya. No hay ningún título ni ninguna razón, para que unos piensen que son más catalanes que los otros. La visión de cada uno es libre y un derecho de todos los que han nacido o viven en Catalunya. Catalunya ni es un señor ni un pensamiento único. Sin embargo, la actuación del gobierno central ha sido tan insensata que los convencidos han refrendado su creencia en base a los sentimientos, los convenientes siguen con la suya en base a los bolsillos, los tibios cada vez lo son menos, y algunos opositores se rebelan ante los agravios gubernamentales y las muestras de fanatismo separador de algunos equivocados o mal informados ciudadanos del resto de España. Sin esos componentes ¡jamás! y digo ¡jamás! el pueblo catalán hubiese refrendado una aventura como esta, más allá del lícito deseo no renunciable de mantener su cultura, su lengua y sus derechos, entre los que se encuentra un mejor reparto – no un mayor reparto, como gusta repetir a algunos sectores – de las aportaciones a las arcas comunes.
¿Se imaginan todos ustedes, amables lectores, como se sentirían ahora los Pujol y Artur Mas si el gobierno central hubiese sido más perceptivo, más sensible y menos intolerante? Probablemente las elecciones del 27S hubiesen tenido otro sesgo y ante la contingencia de formar un gobierno autonómico con posibilidades de diálogo y de éxito en beneficio, no solo de Catalunya sino de toda España, lo importante hubiese sido perseguir a los corruptos, a los malversadores y a los comisionistas. ¿Imaginan una plataforma de “Juntos contra la corrupción, por el federalismo y la República”? Sin embargo, las cosas no han sido así y algún día tendrá Rajoy que rendir cuentas, tal vez no a los catalanes, pero sí al resto de los españoles. Parafraseando a Winston Churchill: “Nunca en la historia de España, tan pocos hicieron tanto daño a tantos.”
Y ahora para culminar los desatinos y darle argumentos a los convencidos, a los que se sienten defraudados y razones a los tibios, deciden presentar este martes en el Congreso una proposición de ley de reforma del Tribunal Constitucional que permita a esta instancia judicial multar e incluso suspender a los funcionarios y gobernantes que no cumplan sus sentencias y resoluciones. Una reforma que, pese a ser de ámbito estatal, está hecha a medida para presionar a los catalanes y convertir a Mas en una “víctima” del centralismo. Una verdadera estupidez, fuera de lugar y de tiempo, con una visión política de tal mezquindad que puede conducir al desastre. No lo entiendo, parece como si el gobierno quisiera que se consumara el triunfo de la coalición: “Juntos por el sí”. Con esta medida el PP de Catalunya se retira del grupo de los opositores para pasar al de los imposibles. ¿Es posible tanta miopía política?
