Otro Mundo Es Posible

El largo camino hacia la soberanía alimentaria: agroecología y agroecoalimentación

De esta forma se ha dado paso al posicionamiento de la industria en cada uno de nuestros actos cotidianos, teniendo ella como principal capital la confianza de la gente en sus productos, empezando por la alimentación.  No es justo afirmar que la industria se haya desarrollado con la mala intención de dominar el planeta, pero sí podemos asegurar ahora con informes científicos que la industria alimentaria se ha ganado el título de villana de la salud humana y de la naturaleza. Algunos ejemplos:

Estos serían solo algunos de los factores útiles para analizar el papel de los consumidores,  que definen el desenlace económico alimentario al momento de elegir el menú diario, ya sea en la casa o en el restaurant. La acción básica de alimentarse genera el movimiento económico más importante del planeta, cuyo precio no determina la calidad nutricional y proteínica de lo que se obtiene para comer, pero que ya viene determinado por las transnacionales de la semilla, el agroinsumo, la agrotecnología y la comida transformada, que ha llegado a ser considerada chatarra por la ausencia de beneficio para el cuerpo humano.  Por lo tanto, la elección de la comida no es un acto privado, porque pone el peso decisivo sobre la balanza del poder global.  Si bien es cierto que en la olla se llegan a mezclar tanto producción agroindustrial, como campesina; en la medida en que la gente vaya tomando conciencia de su rol político como consumidor de alimentos, podría desarrollar una política ciudadana que cambie la economía desde la base.

¿SERÁ QUE ALIMENTARSE BIEN SE HA VUELTO SUBVERSIVO?

Si no fuera por el problema de desabastecimiento de alimentos que ha ocasionado la economía de libre mercado y crecimiento ilimitado, que también es responsable de la crisis climática, ahora no pretenderíamos cuestionar la libertad de cada persona de elegir lo que desea comer.  Pero la cultura del consumo que indica que vivimos para comprar y no a la inversa, influye también en la elección alimentaria de acuerdo a modas diseñadas para competir, y la competencia se da –con todas sus variaciones- entre el producto campesino y el de la industria, donde ésta ha logrado confeccionar inclusive la escala de estatus vertical que clasifica a la sociedad en nuevas formas de pobreza y riqueza, ya que la comida sana es más cara en países primermundistas y a su vez la comida industrial es más cara en países pobres, donde el que más plata tiene suele alimentarse de la peor manera. Una cultura alimentaria integral, que sería la principal riqueza ahora, no siempre es propia de quien tiene más dinero.

Es así que en la escala de estatus, están plasmados los peldaños alimentarios no por contenido nutricional y proteínico, sino por la imagen del producto transformado que estimula los sentidos desde su superficie, es decir, envase y publicidad, seguidos por la marca, que es una construcción mercantil gracias a la cual los precios de los alimentos en la bolsa de valores se especulan hasta por el color o el peinado perfecto de la modelo que lo muestra, pasando a segundo plano la calidad del alimento.  Entonces tenemos que la industria ofrece alimentos buenos o malos, sin garantía. Si comparamos la publicidad de la industria, con la propaganda de los ministerios de salud, cuando recomiendan lavar las verduras, las frutas, hervir el agua para beber, lavarse las manos, etc. el resultado final es que sabemos cómo comer  frutas o verduras frescas pero no tenemos la misma información sobre la comida industrial, los envases hablan de componentes que no conocemos, en vano se logra el etiquetado, en términos reales no informa.

La alimentación es un proceso complejo y cíclico, pero el panorama anterior corresponde a una forma de pensar lineal que empieza y termina, es decir, se produce, se come, se asimila y se desecha y lo que pasará al día siguiente es todo nuevo. No analizamos por ejemplo cuántas veces ha transitado por nuestro cuerpo la misma agua, que a su vez ha pasado por otros cuerpos animales y vegetales una y otra vez durante eras.

Todo lo que comemos vuelve a la tierra y al agua, por lo tanto comer no es una acción íntima, individual, privada, sino que se relaciona con todo el contexto en el que vivimos y por lo tanto impacta en él, ya sea que le da continuidad vital o que lo contamina.

En tiempos de crisis hídrica por el calentamiento global, la gestión del agua y la tierra para producir alimentos es una responsabilidad de cada persona. En las urbes pensamos que al pagar la factura mensual del agua estamos asegurándonos agua, pero no es así. La gestión del agua es una acción que va desde lo más íntimo hasta lo colectivo, si contamino mi cuerpo con comida tóxica, contamino todo el sistema hídrico planetario de donde el agua volverá a mí una y otra vez, pasando por la tierra que también contaminaré.

ANALOGÍA

Según Miguel Altieri, un monocultivo ocasiona la pérdida de biodiversidad, lo cual reduce la capacidad de la planta monocultivada para defenderse de plagas de manera natural por lo que su desarrollo depende de la aplicación de agroquímica permanente, además de que sus propiedades alimentarias también son reducidas en comparación con las de una planta cultivada de manera tradicional. En el caso del cuerpo humano, la diversidad alimentaria fortalece la estructura celular con defensas y disminuye las posibilidades de que las células cancerígenas proliferen hasta conformar tumores. El fenómeno social que ha provocado el monocultivo, es la tendencia creciente al monoconsumo, es decir, que estamos perdiendo la diversidad mínimamente necesaria.  El metabolismo en la naturaleza continúa en nuestros cuerpos, el tejido humano se regenera con la vegetación, entonces el monocultivo y el monoconsumo aumentan las vulnerabilidades de la tierra y de nuestro cuerpo ante enfermedades e incapacidades.

AGROECOALIMENTACIÓN

Ante la incertidumbre y desconfianza sobre lo que estamos comiendo, adoptar una política alimentaria desde el desayuno hasta la cena es una respuesta real y al alcance de la gente, de esta forma alimentarse puede llegar a ser un acto revolucionario que nos libere, aprender a cultivar, destinar espacios propios para producir algunas cosas. Pero la mayoría que vive en la ciudad sin acceso a porciones de tierra, tiene el rol de consumidor crucial para fortalecer al campesinado exigiéndole que produzca según la ciencia tradicional. Además está la transformación casera de los alimentos, no solo cocinarlos, sino aprender a acopiarlos para las etapas de escasez si fuera necesario, con técnicas como la deshidratación natural, el cocido a punto o la fermentación, que son procesos que ayudan a guardar carnes por más tiempo, procesar frutas y verduras para conservar sus propiedades nutritivas y poder acopiarlas cuando los precios están bajos, disfrutar de licores y jarabes con su propio azúcar, poder congelar la comida del día para recalentarla sin temores, algo contrario a las prohibiciones a que nos acostumbraron las indicaciones de las cajas de precocidos.

Recientes datos de la FAO indican que 1300 millones de toneladas de comida son desperdiciadas al año, esta cantidad corresponde a una sobreproducción que solo puede ser resultado de la velocidad  industrial que desequilibra el ciclo natural de la tierra. Si como compradores estamos dispuestos a estimular esta cadena productiva devastadora, no existirá freno a los desequilibrios ecológicos, porque esta cadena tiene un final.

La agroecología como la única salvación de los suelos fértiles, no está completa sin la agroecoalimentación, que es la demanda creciente de comida ecológica, equilibrada y libre dentro de un ciclo regenerativo, que no tiene fin porque es un círculo de elementos, no una línea recta que termina en el desecho.

Salir de la versión móvil