En esta distracción masiva, que desata euforias, peleas y pasiones, hay un caldo de cultivo para observar ciertas irregularidades. Y cuando la balanza de la justicia deportiva se inclina de manera sospechosa y reiterada hacia la selección de un país, entonces el fútbol deja de ser fútbol y pierde su esencia. Es decir, se transforma en un espectáculo manejado por una mano negra. Y uno se pregunta: ¿estamos asistiendo a un Mundial de fútbol, o a una coronación escrita de antemano? En este sentido, me voy a referir a la selección argentina. No opinaré absolutamente nada sobre el pueblo hermano de Argentina. Que no se malentienda.

Argentina ha sido tres veces campeón mundial de fútbol. Por lo tanto, merece respeto, admiración y un puesto en el pedestal más alto del mundo futbolístico. Aunque también hay que decir la verdad. El camino que ha recorrido la Albiceleste hasta las semifinales ha sido muy duro e incierto. Han sufrido las de Caín contra Cabo Verde, Egipto, Suiza e Inglaterra. Y han ganado «a duras penas». La selección argentina ha utilizado insultos, empujones, zancadillas y salvajismo como una herramienta para alcanzar su sueño dorado. A todo esto se suma los favores que la Albiceleste ha recibido por parte de la FIFA y de los árbitros. Otro aspecto a tomar en cuenta, es el amor platónico, del infame Giovanni Infantino, por Messi; ahora llamado «La princesa de la FIFA» en las redes sociales.

Llegó la final: Argentina – España. El patrón, de mala conducta por parte de la selección argentina, creció exponencialmente. Los argentinos pensaron que estaban en un matadero. Además, se sentían endiosados por Infantino, por la FIFA, por los árbitros y por la presencia mercantil de Messi. Nadie podía tocarlos, nadie se atrevía a sacar tarjeta amarilla o roja. Los árbitros «siempre viendo pajaritos de la FIFA». Así dejaban pasar las gravísimas faltas de la selección argentina. Entonces, otra vez: favores, patadas, insultos, empujones, zancadillas y salvajismo. Y los habitantes del orbe entero enmudecidos y con la sangre hirviendo veían, en sus televisores, a los carniceros del fútbol. Se repitió la misma escena que con Egipto. El árbitro corrupto esloveno, Slavko Vincic, anuló un gol legal de España. Pero al mismo tiempo, ya no podía ocultar descaradamente las trampas argentinas. Por fin, sacó tarjeta roja para el «avezado delincuente Enzo Fernández». Messi, en su desesperación y con su cara de «mosquita muerta», actuó de mala fe. Aprovechó el momento cuando Marc Cucurella, por un par de segundos, colocó una mano en su boca. Acto seguido, el capitán de la Albiceleste llamó al árbitro y señalando al jugador español pedía su expulsión. Un comportamiento infantil y totalmente patético. Por el contrario, cuando alguien incurría en una infracción contra la selección argentina, se los veía gritando, pataleando y moviendo la cabeza haciendo señas.

Pero lo más notable fue que la selección española no se rindió en ningún momento. Luchaban de forma elegante para defender los colores de su bandera. Los jugadores, con precisión, escribieron un hermoso poema en el campo de juego. Desplegaron un fútbol de toque y posesión que desbordó por completo a Argentina. Fue un recital poético con un dominio tan abrumador que los españoles parecían jugar al «olé», «olé», «olé»… ante una selección que no pudo ni tan siquiera disparar al arco. El gol de Ferran Torres en la prórroga, fue la merecida sentencia que corresponde a una exhibición de absoluta superioridad. Finalmente, llegó el momento épico: el pitazo final. Y España, por segunda vez, se llevó la Copa del Mundial de 2026.

Con la victoria española los jugadores argentinos bajaron del cielo a la tierra. A este fenómeno lo he bautizado como «el síndrome argentino» que implica elementos éticos, morales, penales y jurídicos. Y cuando los jugadores argentinos y el cuerpo técnico cayeron al suelo ¡cataplum! se dieron cuenta que eran de carne y hueso. Entonces empezaron a llorar, a taparse la cara, a mirar las nubes y a situarse frente a los hinchas argentinos que estaban de pie en las graderías. Lo más curioso de este proceso, es que no trajeron bondades celestiales a la tierra. Seguían con la maldad, con el odio metido en el cuerpo y con la bronca de no poder alzar la Copa de Oro. Toda esa disonancia cognitiva que pasó por la médula espinal Albiceleste se convirtió, una vez más, en salvajismo puro. Y, por consiguiente, los experimentados «cogoteros» como Nahuel Molina, Leandro Paredes, Thiago Almada y Roberto Ayala (cuerpo técnico), ya terminado el partido, agredieron físicamente a jugadores españoles. Y como si fuera poco, no soportaron ver a la selección española recibir las medallas y la Copa de Oro. Dieron la espalda, apretaron las mandíbulas y «lloraban a moco tendido» dibujando una lágrima inmensa. ¡Todo un muro de lamentos!

Fue muy deplorable lo que pasó la noche del 19 de julio de 2026. No se trata de ganar a cualquier precio. Hay que saber perder con dignidad. De eso está hecha la vida: de éxitos y de fracasos. Y me pregunto ¿De qué espejo está hecha la vida de los jugadores argentinos?
Esa conducta incivilizada, que manchó la camiseta argentina, no tiene cabida en el fútbol moderno. Ha quedado sepultada bajo el peso de la crítica unánime de todos los países del mundo. Mientras que la verdadera gloria de recibir la Copa de Oro se escribe con amor, con buenos modales, con poesía y con alegría. El deporte es, ante todo, una escuela de valores. Y en este Mundial, el fútbol le recordó al mundo que sin ética y sin equilibrio en el arbitraje, la gloria es solo un espejismo.

Autor Javier Claure C.