Concluyo que dicha postura fue un desarrollo subconsciente en mi mente de infante, en respuesta al entorno nacionalista puertorriqueño en que me desarrollaba. En ese entorno era común escuchar frases como: “Somos una nación distinta a los Estados Unidos; nuestra cultura es de origen española, la de ellos inglesa;” “Nosotros hablamos español ellos inglés”.

Durante este período mis padres trabajaban en el Viejo San Juan, y algunas de mis primeras memorias ocurren entre sus patios. Es de esperarse que escuchara que todo aquello, a mis ojos precoces mucho más hermoso que las otras partes de la ciudad, había sido hecho por ‘los españoles’… Asociaba así lo mejor de Puerto Rico con el legado español.

En mi entorno había cubanos, españoles y otros grupos hispanos, por lo cual entendía que lo que nos distinguía principalmente como nación, el idioma español, no era exclusivo a Puerto Rico. De esta realidad se derivaba entonces que Puerto Rico no era una nación en sí misma; la nación era la Hispanidad. Le explicaba a los nacionalistas/independentistas que me cuestionaban mi postura, que no hacía sentido definir a Puerto Rico como una nación distinta a Estados Unidos en relación a su idioma y cultura, y luego excluir del concepto nacional a los demás países que hablaran el idioma y compartieran la misma cultura.

Con el tiempo mi inicial postura fue puliéndose, y en referencia al estatus indefinido de Puerto Rico, entendí que lo que procedía era una reunificación directa con España. No hacía sentido proceder a una independencia de Estados Unidos para luego esperar por décadas o siglos una reunificación general del mundo hispano. En el caso de Puerto Rico, que fue una provincia constitucional de España con representación en las cortes; que nunca buscó la independencia; que
fue separada a la fuerza y contra su voluntad; resultaba claro que su destino histórico natural era volver a ser parte de España.

La interpelación común de que una reunificación con España constituía volver a ser ‘colonia’ resulta facilmente refutable: No se puede clasificar de colonia a una condición provincial donde se tienen los mismos derechos políticos que las demás provincias que componen el estado. Una entidad que vota por el presidente de gobierno, que participa en las decisiones legislativas del estado en su conjunto no es una colonia. Una provincia cuyos ciudadanos pueden llegar a presidir el estado en su conjunto – como ya se vió cuando Ramón Power fue vicepresidente de las Cortes Generales de España – no puede ser considerado colonia.

El independentismo hispanoamericano opera bajo la premisa fantasmagórica de que cada subdivisión administrativa es una nación estado en sí misma, o de que una vez se haya establecido una separación política, que esta crea una nación soberana a ser considerada eterna. Así nos encontramos con el despropósito de las independencias centro americanas, con la absurda fragmentación del mundo andino, con una Cuba que aún paga caro su rebelión independentista, con la que igualmente hundió a Puerto Rico. Sí cualquier división puede arbitrariamente convertirse en un país independiente pues entonces procede subdividir a México, a Argentina, a Venezuela. En la ausencia de lógica nacional cualquier capricho administrativo es válido para declarar una nación soberana y eterna.

El independentismo Puerto Riqueño, nunca relevante durante los siglos de unión constitutiva con España, es una postura lógica en relación a Estados Unidos, pero no en relación a España.

Pero el independentismo contemporáneo, buscando fórmulas demagógicas que le permitan alguna ganancia emocionalista fácil, ha llegado a la incoherencia de demonizar la herencia hispana como una presencia colonizadora, declarando la estatua de un conquistador español como símbolo de la intromisión extranjera, y no como lo que es, símbolo de la llegada de nosotros los hispanos a estas tierras, símbolo de la fundación de Puerto Rico.

De esta postura antihispana independentista a la disolución nacional puertorriqueña hay un corto camino; si lo español en Puerto Rico es extranjero entonces el idioma español y la cultura hispana que nos distingue de Estados Unidos es tan extranjera como el idioma inglés, y entonces los puertorriqueños no son en sí nada, sino un conjunto de individuos conquistados, sin cultura ni lengua propia. Cabría entonces proceder a revivir el taíno como Israel el hebréo, o adoptar el inglés, si al fin de cuentas no habría motivo para preservar una lengua extranjera y colonizadora como ellos consideran que es el español.

La traición actual del independentismo partidista al hispanismo constitutivo del nacionalismo histórico hace de tal postura política una anatema a la supervivencia cultural de Puerto Rico frente a Estados Unidos. Sólo la postura reunificacionista se presenta como verdadero defensor de la cultura nacional puertorriqueña, pues esta nació y se constituyó como una floresencia y partícula caribeña de España.

Autor José Ángel de Figueroa