Acerquémonos; su rostro apagado y su profunda mirada delata dolor y tristeza, la alegría de antaño se ha evaporado, el duro golpe de la muerte de la reina, así como de la hija que venía en camino le ha afectado sobremanera, solo su fuerte sentido del deber le hacen seguir adelante, la corona no puede esperar, duro y pesado legado.
Pero no nos dejemos engañar por lo que vemos, sus ropajes de un negro intenso, llamado “ala de cuervo”, que marcaría la moda del siglo XI y parte del XII, en toda Europa, nos indica que estamos ante el monarca más poderoso del momento.
De pronto la puerta se abre, como un pequeño torbellino la figura de una niña la atraviesa corriendo en dirección al príncipe, Felipe alza la mirada y una chispa de alegría reaparece en sus ojos, el papel cae de sus manos mientras extiende los brazos para acoger a la pequeña que se funde en un abrazo con su padre, detrás y en brazos de su aya entra su hermana pequeña. El semblante del rey se ha vuelto a iluminar, la sola presencia de sus hijas ha conseguido sacarle de la melancolía, devolviéndole parte de esa alegría perdida.
Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, eran la perdición del poderoso monarca desde su nacimiento, con ellas el rey nos muestra su cara más humana y paternal. Pasado un año de la muerte de la reina Isabel, Felipe escribió a su suegra y abuela de las infantas, Catalina de Médicis: “son todo el consuelo que me ha quedado de haberme privado Nuestro Señor de la compañía de su madre”. Ambas destacaron por su belleza y su sólida educación de la que se encargó en persona el propio rey, así como por su habilidad política fortaleciendo la corona a través de sus actuaciones en la propia monarquía así como a través de sus matrimonios.
Su educación fue esmerada, pues no en vano Isabel tuvo un papel importantísimo en la sucesión de Felipe, al no tener este un heredero varón por la prematura muerte de sus hermanos, ella era la última esperanza de la continuidad de la Corona Hispánica, pues hay que recordar que en España, no imperaba la ley sálica y por lo tanto las mujeres podían heredar la corona, de manera que pasaron a denominarla “infante” en masculino, aunque nunca fue nombrada princesa de Asturias.
Como no podía ser de otra manera ante un monarca tan culto como Felipe II, la educación de las niñas fue diversa y general, tal y como correspondía a unas infantas que debían representar a la monarquía allá donde fueran, como futuras soberanas y madres de futuros gobernantes. Su padre promovió la fundación de una academia o liceo para que las infantas y las damas más ilustres de palacio, se reuniesen para recitar poesía y leer las obras de los literatos más importantes, dando especial atención a la gramática, escritura y lectura, pues el rey tenía muy mala letra e intentaba que sus hijas no tuvieran ese defecto corrigiéndolas personalmente.
Otras asignaturas impartidas a las infantas fueron: matemáticas, ciencias naturales, literatura e historia, además de materias consideradas propias de mujeres como bordado, saber estar, compostura y protocolo, artes como el dibujo de la mano de Sofonisba Anguissola, o la música con el maestro Francisco Martínez, que les enseñó a tocar el arpa. Sin olvidar la importancia del ejercicio físico, como montar a caballo y cazar, aprendiendo a disparar con ballesta y arcabuz, Isabel tuvo fama de ser buena ballestera. Por supuesto las lenguas ocupaban un lugar privilegiado en su educación, hablando además del castellano, latín, francés y portugués, todo ello enmarcado en un calendario religioso acorde con la liturgia católica salida de la reforma de Trento.
La reina Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe, se hizo cargo personalmente de la educación de las infantas como si fueran sus propias hijas tras el matrimonio con su padre, hasta su fallecimiento, duro golpe para unas adolescentes que la consideraban como su madre, teniendo ambas, pero sobre todo Isabel con catorce años en este momento, que asumir la tutela de sus hermanos pequeños Diego Félix, María y Felipe, ocupando el papel de reina consorte, papel que ya no abandonaría hasta la muerte de su padre.
Durante el periodo que Felipe estuvo en Portugal, mantuvo una nutrida correspondencia con sus hijas, en ellas se nos desvela un rey muy apartado de la imagen habitual, vemos a un padre preocupado por la salud de sus hijos, dando consejos y comentando su estado de ánimo en un tono íntimo, cariñoso y comprensivo, además en ellas podemos seguir su evolución como monarca en el nuevo reino. Se hace difícil imaginar a un soberano tan alejado de esa visión seria y solemne con la que ha pasado a la posteridad, un rey que por ejemplo se muestra alborozado y anhelante ante el regreso de su hermana la emperatriz María de Austria, lamentándose de no poder estar allí y pidiéndoles le informaran sobre ella: “os diré sino que os tengo gran envidia de que ceo que quando llegue esta, habréis visto á mi hermana o estaréis muy cerca de verla. Y sino se ha detenido en el camino ya la habréis visto. Y escribidme nuevas della que así espero que serán, y si viene gorzda o flaca, y si nos parecemos agora algo, como creo que solíamos; y bien creo que no estará tan vieja como yo”.
Pero la desgracia no dejaba de sobrevolar la monarquía hispana, la mala salud de los varones Austrias culminó con el fallecimiento del infante Diego Félix, el rey hundido tuvo que aplazar su regreso a Madrid, hasta que las Cortes lusas juraran como heredero al último varón que le quedaba, el príncipe Felipe.
Las niñas crecían y había que mirar su futuro, por lo que se empezó a buscar marido para ellas. Catalina Micaela había estado siempre en un discreto segundo plano tras su hermana Isabel y se le concertó matrimonio con el duque de Saboya. Catalina, orgullosa, no estuvo de acuerdo al principio con dicha unión, pues para la hija de tan poderoso monarca un duque era poca cosa, además era muy joven y no deseaba dejar a su familia. Curiosamente los pretendientes no abundaban en este momento pues media Europa era protestante y estaba vedada, Portugal acababa de sumarse a la corona, Francia no era de fiar y Austria no parecía tener ningún candidato. Carlo Emmanuele I di Savoia (Carlos Manuel I de Saboya), parecía la mejor opción pues era un hombre seguro de sí mismo, hábil militar, abierto de carácter, galante y seductor, además su padre Manuel Filiberto de Saboya, siempre fue un fiel aliado de los Austrias, siendo finalmente el elegido. A pesar de sus reservas cuando Catalina lo conoció rápidamente olvidó sus reticencias y el matrimonio funcionó.
Catalina Micaela y Carlos Manuel, no solo se enamoraron profundamente sino que formaron un tándem perfecto, pues mientras el duque se ausentaba por culpa de sus campañas, Catalina participaba activamente en la vida política del ducado, dejando sentir su influencia española por Saboya.
A igual que su hermana, mantuvo una correspondencia casi diaria con su esposo a la par que con su padre, quien no para de aconsejarla, en dichas cartas la vida privada no pasa de la salud, más bien de la mala salud, consejos sobre los embarazos y partos, algo que al rey preocupaba constantemente, o la educación de los niños, pasando la política a ocupar un gran espacio en ellas, como cuando su yerno el duque intenta llegar a acuerdos con el cantón de Berna, en zona protestante y Felipe se muestra en descuerdo: “También me da mucho cuidado el trabajo y peligro en que se ha puesto el Duque con su ida a Saboya que, por entender que no servirá sino de remover humores, como lo ha hecho, fui siempre de otro parecer y no piense que con empeñarse con el suyo o por el de otros, que quizás no le querrán lo que yo, sin mi voluntad, he de quedar obligado a hacer lo que no puedo, porque no me lo permite el estado de las cosas. Y así tened la mano en esto muy de veras, para que se reporte, pues le podría costar muy caro lo contrario… Tratad de reducirle a ello, que es cierto lo que a todos conviene”. Cartas de Felipe II a sus hijas, n. LXXII, 7 de mayo de 1589.
Asimismo Carlos Manuel, tenía gran confianza en la capacidad política de Catalina, que le apoyó hasta el final no solo gobernando, sino también organizando tropas y víveres, recogiendo informaciones sobre otros príncipes italianos y ocupándose del sistema defensivo de la frontera occidental, así como de la recaudación de impuestos. Prueba de ello son las cartas entre la duquesa y los distintos gobernadores del ducado, como la que le dirige en septiembre de 1597 a Annibale Grimaldi, en la que le recrimina la falta de recaudación de la ciudad de Niza: “Magnifico nostro carissimo, non sappiamo donde procede tanta freddezza che dimostra quella città nostra di Nizza essendosi scusata di non poter pagar li due per cento del raccolto di quest’anno, che già sono stati accordati dal restante di questo paese, et negato hora di farci un donativo che gl’habbiamo domandato per servitio di S.A… et ci sarà charissimo che voi in questo gl’interponiate vostro buon mezzo per cavarne quella maggior somma che si potranno”. (Magnífico querido nuestro, no sabemos de dónde viene tanta frialdad lo que demuestra que nuestra ciudad de Niza se disculpó por no poder pagar el dos por ciento de la cosecha de este año, que ya nos ha sido acordado por el resto de este país, y ahora se han negado a hacernos una donación que pedimos en servicio de S.A… y nos será muy querido que pongas tus buenos medios para extraer la mayor suma posible.»

Catalina Micaela, Duquesa de Saboya.
Políticamente, la alianza permitió el afianzamiento del “Camino Español”, vía terrestre por la que transitaban las tropas de los famosos Tercios desde el norte de Italia hasta Flandes. Pero para Saboya, la protección de la monarquía hispánica fue decisiva, pues aumentó su prestigio equiparándola al resto de las monarquías europeas.
El matrimonio tuvo diez hijos: Filippo Emanuele, príncipe del Piamonte (1586-1605), Vittorio Amadeo, duque de Saboya (1587-1637), Filiberto Emanuele, virrey de Sicilia (1588-1624), Margherita, duquesa de Mantua y Monferrato, virreina de Portugal (1589-1655), Isabella, casada con Alfonso III de Este (1591-1626), Mauricio, príncipe de Saboya (1593- 1658), Maria Apollonia, monja (1594-1656), Francesca Caterina, monja (1595-1640), Tommaso Francesco, príncipe de Príncipe de Saboya-Carignano. (1596-1656) y Giovanna, fallecida al poco de nacer (1597) y causa de la muerte en el parto de Catalina Micaela.
La muerte de los hijos varones de Felipe II, los príncipes don Carlos, don Fernando y don Diego, situaron a Isabel Clara Eugenia en posición de previsible heredera de la monarquía, adquiriendo una importancia política sin precedentes que en contra de la costumbre de la época, hizo que el rey la mantuviera a su lado a pesar de los diversos proyectos de boda que llegaron a la corte, no consolidándose ninguno.
Por su parte, Isabel Clara Eugenia no solo se convirtió en la confidente de su padre sino que fue su secretaria particular asistiendo junto a él a todas las reuniones importantes, leyendo todos los documentos y aconsejando sobre los temas a tratar, pero cuando la enfermedad no dejaba a Felipe trabajar, era ella la que se ocupaba de recibir a los embajadores o a los secretarios organizando los asuntos del día. Durante doce años fue recibiendo un formación política en la práctica, que más tarde pondría en uso como gobernadora de Flandes.
El asesinato de Enrique III de Valois, dejó el Trono de San Luis vacante al morir sin descendencia, recayendo la corona francesa en el protestante Enrique «el Bearnés» (primer rey Borbón), rey de Navarra, quien ayudado por la minoría hugonote hizo frente a la “Liga Católica”, que se oponía a que un príncipe protestante subiera al trono, apoyados por el papa y por el monarca hispano. A pesar de esto Enrique avanzaba imparable hacia París.
Como se dice vulgarmente la ocasión la pintan calva y Felipe astutamente maniobrará para intentar colocar a su hija primogénita en el trono de Francia. Para ello obtiene del papa la excomunión de Enrique de Borbón, lo que implicaba la desobediencia de sus súbditos con la posible pérdida de sus dominios, a su vez presiona a la «Liga Católica» para que los Estados Generales de Francia aceptaran como su nueva reina a Isabel Clara Eugenia, al ser hija de Isabel de Valois, hermana mayor de los últimos reyes de Francia. Pero Isabel había renunciado a sus derechos sucesorios al casarse con Felipe II, por otro lado esto contradecía la ley sálica que no permitía gobernar a las mujeres en el reino galo y tuvo el efecto contrario en la corte francesa ante la injerencia de un rey extranjero, además Enrique en un golpe de mano adjuró del protestantismo, lo que nos habla de lo poco que le importaba la fe si iba en contra de sus intereses personales. Convertido al catolicismo fue coronado rey de Francia el 27 de febrero de 1594, en la catedral de Chartres, entrando pacíficamente en París el 25 de marzo, deshaciendo de esta manera los planes de Felipe.
Otro hecho curioso fue que la oposición católica inglesa postuló los derechos de la infanta española al trono inglés apoyados por varios tratadistas españoles, pero Felipe que había presionado mucho en el caso francés, no hizo lo mismo en el inglés. La subida al trono de Felipe III, tuvo en cuenta esta opción junto a un nuevo intento de invasión militar aprovechando a la rebelde Irlanda. El principal problema era que existía un sucesor legítimo al trono Jacobo Estuardo, rey de Escocia, aun así Felipe III designó a su hermana como sucesora al trono ingles aunque esto no supuso ningún problema para seguir acercando posturas con Jacobo, que desembocaron en la paz de Londres de 1604. La finalidad era que si se conseguía un trono para los archiduques, Flandes volvería a la Corona Hispana.
Finalmente la subida al trono de Jacobo I, tras la muerte de Isabel I de Inglaterra, terminó con toda la trama.
Tras la muerte de Catalina Micaela, Felipe II muy afectado, debió de pensar que ya era hora de buscar un marido para Isabel. Ya hemos comentado que candidatos no faltaron, pero no se sabe por qué nunca fueron tenidos en cuenta, quizá ninguno era oportuno o no estaban a la altura para la hija de tan poderoso monarca, o quizás el fallecimiento de uno tras otro de sus hijos varones hizo que Felipe la mantuviera a su lado como depositaria de los derechos de la Corona Hispana.
Finalmente el elegido fue el archiduque Alberto de Austria, hijo de la emperatriz María de Austria, por lo tanto primo de Isabel. Desde enero de 1571 Alberto había sido educado en Madrid, teniendo casa propia dirigida por Juan de Ayala, gobernador del Real Sitio de Aranjuez. Destinado a la carrera eclesiástica recibió órdenes menores siendo nombrado por el papa Clemente VIII, cardenal de la Santa Cruz de Jerusalén, pero Felipe cambió los planes que tenía para él nombrándolo virrey de Portugal e inquisidor general de dicho reino. Estos años de gobierno en el nuevo reino sirvieron para que Alberto tomara contacto con el poder adquiriendo una gran experiencia en el gobierno, lo que más tarde aplicaría en Flandes.
Después de dejar Portugal, Alberto fue nombrado el 29 de noviembre de 1594 arzobispo de Toledo, pero entró otra vez en los planes del rey como asesor del príncipe Felipe cuando llego la noticia desde Flandes de la muerte de su hermano el archiduque Ernesto, quien en ese momento era el gobernador general. Felipe II solicitó entonces al papa la suspensión como arzobispo de Alberto, siendo nombrado nuevo gobernador de Flandes en marzo de 1595.
Felipe II, había ideado un plan para pacificar definitivamente Flandes, casar a su hija Isabel con el archiduque Ernesto, el rey renunciaría a su soberanía sobre Flandes, el Franco Condado de Borgoña y el Charolais, cediéndosela como dote a su hija y su yerno, con la salvedad de que en caso de no haber un descendiente que lo heredara volvería a la Corona Hispana. En la práctica esto significaba la formación de una nueva rama de Austria separada de la española, pero esta decisión causó problemas tanto en Flandes como en el resto de la Corona, pues los primeros se vieron desamparados por su señor y los segundos disgustados por la separación de un territorio que tanto esfuerzo, hombres y dinero estaba costando. Hay que decir que la independencia era nominal pues los Austria seguirían siendo los soberanos pero vinculados y dependientes de la Casa mayor, la hispana. La muerte de Ernesto solo fue un contratiempo, no se suspendió el plan pues fue sustituido por su hermano Alberto.
Enfermo, agotado y deprimido tras la muerte de Catalina Micaela, una de sus hijas más querida, Felipe II se fue apagando, nada de lo sucedido a lo largo de su vida le afectó tanto, después de hacer testamento ordenó ser trasladado al Monasterio del Escorial, donde en una lenta agonía que duró cincuenta y tres días, tras recibir la extremaunción pidió una vela de la virgen de Monserrat y el crucifijo que su padre tuvo en sus manos el día que expiró y sin querer descansar en toda la noche, el rey dejo este mundo: “se fue acabando poco a poco, de manera que con muy pequeño movimiento, dando dos o tres boqueadas como un niño, se le arrancó el alma”, Filipe Segundo, rey de España. IV, 321-322. Luis Cabrera de Córdoba.
La boda de Isabel con Alberto se había ido retrasando debido a la delicada salud del monarca ya que su hija no se separara de su lado hasta el final. Tras la muerte del soberano la boda se realizó en Valencia el 18 de abril de 1599, a la par que el matrimonio del nuevo rey de España, Felipe III con Margarita de Austria. Tras la boda la infanta y el archiduque se trasladan a Barcelona, acompañados por los reyes para embarcar rumbo a Génova, para atravesar Europa hasta Flandes.

Isabel Clara Eugenia, infante de España, archiduquesa de Austria, señora y gobernadora de Flandes.
En el palacio de Coudenberg en Bruselas, los archiduques no tenían una Casa para cada uno tal y como se hacía en el resto de cortes europeas, la excepción se debía a que ambos cónyuges compartían legalmente la soberanía de Flandes y por tanto tenían el mismo rango, aunque el servicio de cámara si se encontraba dividido en dos secciones: masculina y femenina.
Isabel aconsejó y apoyó a su marido en todas sus decisiones, lo que hizo de ellos un eficaz equipo de gobierno, aunque estuvo constantemente interferido por Felipe III, quien aunque respetó la voluntad de su padre siempre anheló recuperar el territorio. Ambos cónyuges fueron sorteando todos los escollos gracias a su larga preparación, una como gobernadora junto a Felipe II y como virrey de Portugal el otro.
Su acertada política de alianzas con todos sus vecinos, principalmente con Francia, fue de muy difícil aplicación por las interferencias dadas desde Madrid. Aun así consolidaron una Corte propia regulada por el ceremonial borgoñón, instituyeron un Consejo de Estado en Bruselas, que venía a reemplazar al disuelto Consejo de Flandes con sede en Madrid. En 1600 convocaron por única vez los Estados Generales. Reformaron el sistema monetario consagrando el “florín” como moneda e intervinieron en la regeneración de los campos y bosques muy deteriorados por la guerra. Tuvieron una política intervencionista tanto en el comercio como en la minería o la pesca, cosa que no fue del agrado de los naturales. Pero las decisiones tomadas desde la Corte de Felipe III primaban, ya que ni siquiera eran consultados para dar su criterio, algo que no beneficio precisamente a la población flamenca.
En cuestión de religión su política fue priorizar el catolicismo, para ello favorecieron la instalación de la Compañía de Jesús, con sede en Bruselas, así como otras órdenes como el Carmelo Descalzo, reconstruyeron las iglesias destruidas durante la guerra a la vez que fomentaban la vocación religiosa, pero también aislaron a las comunidades protestantes, aunque no actuaron contra ellos.
Tuvieron tres hijos Felipe, Alberto y Ana Mauricia, pero todos murieron en la infancia, por eso a la muerte del archiduque Alberto de Austria en 1621, Flandes, volvió a la Corona Hispana, tal y como había establecido Felipe II, de acuerdo con el Acta de Cesión de 1598.
Isabel continúo como gobernadora de los Países Bajos, pero ahora como representante del rey Felipe IV, lo que la recortaba en sus poderes dejándola maniatada a la hora de tomar decisiones.
Esto coincidió con el final de la “tregua de los doce años” y el comienzo de las hostilidades de la “guerra de los treinta años”. Isabel, partidaria de la paz no fue escuchada por su sobrino Felipe IV, quien aconsejado por Baltasar de Zúñiga primero y por el conde-duque de Olivares, más tarde, profundamente belicistas reiniciaron la guerra. Isabel negoció una nueva paz con los holandeses que de nada sirvió ante las condiciones abusivas impuestas por los rebeldes.
Lo que en principio fueron victorias, se tornó en fracaso debido a la fragilidad económica de la Corona, siendo aprovechado por sus enemigos para abrir frentes en todas partes. Isabel gran estratega estaba en contra de la guerra marítima que relegaba al ejército de tierra, “los Tercios”, a una mera acción defensiva, lo que provocó una merma industrial y comercial de sus productos al tener estos que ir a Dunkerque para evitar el contrabando y el fraude fiscal, solo la paz con Inglaterra en 1630, alivió las arcas de Flandes al favorecer la llegada de plata americana y que los ingleses dejaran de proporcionar ayuda económica y hombres a los rebeldes.
Isabel, viuda, consciente de sus limitaciones como mujer y gobernadora del rey tras la muerte de su marido, dio un giro hacia lo piadoso, proyectando una imagen de persona humilde, caritativa y casta, renunció a sus joyas y lujos, expresó su deseo de tomar los hábitos de terciaria franciscana, hábitos que ya no abandonaría hasta su muerte, consiguiendo el cariño de la sociedad flamenca que la hizo suya: “Notre sainte pricese”, su religiosidad constituyó el medio de intervenir en el mundo político y asentar su gobierno, aunque su política de conciliación, pacificación y reconstrucción de Flandes, no fue entendida ni por su hermano, ni por su sobrino quienes interfirieron en ella constantemente ante el deseo del primero de recuperar el territorio y la belicosidad del otro, lo que se tradujo en un fracaso tanto de sus políticas, así como de los esfuerzos de la infanta por la paz en Europa.
Isabel Clara Eugenia, infante de España, archiduquesa de Austria, señora y gobernadora de Flandes, sobresalió como una figura notable en la política europea del siglo XVI. Hija predilecta de Felipe II, fue reconocida por su profunda cultura e inteligencia que la hicieron destacar como una gobernante capaz en un tiempo difícil dominado por la guerra. Hábil en el campo militar, su astucia política la llevó a procurar la paz constantemente mediante la negociación, procurando equilibrar los intereses entre los flamencos y los hispanos, ganándose el afecto y el respeto de ambos pueblos.
Como gobernante con criterio propio constituyó una china en el zapato de su hermanastro Felipe III y su sobrino Felipe IV, así como en el de su valido el conde-duque de Olivares. Su matrimonio con su primo Alberto de Austria, no solo unió a las dos ramas familiares de la Casa de Austria, sino que fue la gran estrategia para pacificar Flandes, pues permitiría la deseada independencia por la que luchaban aquellos territorios, garantizando a la vez la continuidad del vínculo con la casa de Austria en la persona más querida para el segundo de los Felipe.
Ambas hijas de Felipe II, desempeñaron un papel crucial en la política europea, demostrando inteligencia, maestría y sagacidad al tomar decisiones clave que sosegaron sus territorios en una Europa convulsa.
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