Al frente cabalga un capitán carismático, forjado por la intemperie, nacido en el corazón mismo de la tierra árida y endurecido por el viento y la sed. En él confían, a él siguen sin dudarlo, como si su sola presencia bastara para abrir camino más allá de lo conocido. Su nombre: Juan Bautista de Anza Becerra Nieto.

Aunque los españoles habían recorrido la costa californiana desde el siglo XVI, nunca mostraron un verdadero interés por asentarse allí. Todo cambió cuando los informes de inteligencia empezaron a llegar desde el norte: los rusos estaban levantando factorías de pieles en Alaska. Los promyshlenniki, cazadores duros y silenciosos, descendían por la costa en busca de nutrias marinas, y su avance despertó un temor muy real en el Virreinato de Nueva España: que Rusia terminara tomando puertos estratégicos en el Pacífico.

Ante aquellos avisos inquietantes, Carlos III comprendió que el viejo derecho de «descubrimiento» —reclamar tierras por el simple hecho de haber navegado junto a ellas— ya no bastaba en un siglo XVIII dominado por potencias como Rusia y Gran Bretaña. Había que aplicar el principio de uti possidetis: poseer lo que de hecho se ocupa. No era suficiente plantar una bandera; hacía falta presencia humana, presidios, misiones, familias, vida.

Por eso ordenó al visitador general José de Gálvez organizar una expedición para establecerse en la Alta California. No se trataba de riqueza inmediata —California era vista como una tierra pobre, áspera y difícil de mantener—, sino de pura geopolítica: impedir que Rusia o Gran Bretaña levantaran una base que amenazara las rutas del Galeón de Manila y, con ello, el corazón mismo del Virreinato de Nueva España.

La instrucción de Gálvez a Gaspar de Portolá capitán del Regimiento de Dragones de España y comandante en jefe de la «Expedición Sagrada», no era solo explorar, sino establecer una red que garantizara que España no se iría de allí, asentar la soberanía española mediante la ocupación física junto a fray Junípero Serra y sus franciscanos fundando las misiones y presidios de San Diego y Monterrey. Gálvez utilizó a los franciscanos como una herramienta de Estado. Las misiones no solo buscaban convertir al cristianismo, sino convertir a los indígenas en súbditos españoles que trabajaran la tierra. Si la población local era española, el territorio era indiscutiblemente de España.

Y es entonces cuando Anza propone al virrey Bucareli algo que hasta ese momento se consideraba imposible: abrir una ruta terrestre desde Sonora hasta la Alta California. 

Pero no nos adelantemos.

Juan Bautista de Anza había nacido en Nueva España, en Fronteras (Sonora), en 1736, dentro de una familia de tradición militar. Su padre, Juan Bautista de Anza «el Viejo», natural de Hernani (Guipúzcoa), era un militar de carrera que llegó a ser capitán del presidio de Fronteras. Murió en un enfrentamiento con los apaches en la Pimeria Alta, cuando su hijo apenas tenía tres años.

Anza inició su servicio a los quince o dieciséis años en el presidio de Fronteras, bajo el mando de su cuñado, el capitán Gabriel de Vildósola. Su ascenso fue rápido: en 1760, con solo veintitrés años, ya era capitán del presidio de Tubac. Aquel presidio tenía la misión de vigilar y defender la siempre comprometida línea fronteriza, enclavada en una zona especialmente conflictiva y rodeada por territorios de pueblos nómadas como pimas, seris y apaches. Ese entorno duro lo curtió desde muy joven y lo convirtió en un capitán experimentado, un veterano reconocido por su eficacia en los continuos enfrentamientos de la frontera.

Fue en esta etapa cuando Anza conoció a Hugo O’Conor, el «Capitán Rojo». Como Comandante Inspector de las Provincias Internas, O’Conor realizaba inspecciones regulares en los presidios de la frontera para supervisar las defensas contra los apaches y reorganizar las fuerzas militares. Ambos se reconocieron de inmediato y establecieron una relación de sólido entendimiento profesional y respeto mutuo, basada en la eficacia militar que no estuvo exenta de fricciones estratégicas, pero siempre dentro del marco del respeto jerárquico.

Anza reconoció sin reservas la autoridad de O’Conor, y este, a su vez, valoraba a Anza como uno de los pocos oficiales capaces de mantener la disciplina en el presidio de Tubac y de negociar con éxito con tribus como los quechanes (yumas).

Fue entonces cuando Anza se dirigió al virrey Bucareli para solicitar permiso para abrir una vía terrestre que uniera Sonora con la Alta California. Era la plasmación de una idea antigua: la ruta que el jesuita Eusebio Kino había imaginado y que el propio padre de Anza había intentado llevar a cabo sin éxito. Bucareli, presionado por la amenaza rusa e inglesa y por la fragilidad de los puestos avanzados, vio en la propuesta una posible solución.

Antes de la ruta terrestre de Anza, la supervivencia de los asentamientos californianos era extremadamente precaria por tres razones principales. Primero, el viaje por mar desde San Blas (Nayarit) hacia el norte era una auténtica pesadilla: las corrientes y los vientos dominantes soplaban hacia el sur, obligando a los barcos a internarse mar adentro y alargando el trayecto de forma desesperante. Segundo, la duración de esos viajes hacía estragos en las tripulaciones y los asentamientos, diezmados por el escorbuto; hubo momentos en que San Diego y Monterrey estuvieron a punto de ser abandonados porque los barcos de suministros no llegaban o lo hacían con la comida podrida. Y tercero, mantener barcos exclusivos para transportar grano, herramientas y soldados desde el centro de México hasta California suponía un gasto que la Real Hacienda apenas podía sostener.

En ese contexto, una ruta terrestre no era solo una mejora logística: era la única forma de asegurar la presencia española en la Alta California.

Aunque O’Conor mantenía diferencias con Anza —consideraba que su proyecto podía debilitar las tropas presidiales encargadas de defender la frontera—, lo apoyó, coincidiendo en que era la única solución para vertebrar el territorio. Evaluó el plan y emitió un informe favorable, certificando que Anza era el oficial más capacitado para liderar aquella misión. Sin ese aval, el virrey difícilmente habría arriesgado fondos de la Corona.

Además, O’Conor ordenó a los capitanes de los presidios de Sonora, como Altar y Tubac, que dieran prioridad absoluta a las necesidades de Anza, garantizándole víveres y municiones antes de internarse en territorio desconocido. Al mismo tiempo, intensificó las campañas contra los apaches para despejar de ataques la zona de reunión y salida de la expedición. De este modo, mientras Anza miraba hacia el horizonte de California, O’Conor se aseguraba de que nadie lo atacara por la espalda en Sonora.

Pero todo se vino abajo antes de partir. El 2 de diciembre de 1773, apenas unas semanas antes de la fecha prevista para la salida, los apaches lanzaron un ataque devastador contra el presidio de Tubac. Fue un golpe preciso y demoledor: en cuestión de minutos lograron llevarse más de ciento treinta caballos destinados a la expedición. 

En la frontera, un soldado sin caballo era, en la práctica, un hombre inutilizado, y Anza se quedó de repente sin las monturas de refresco indispensables para cruzar el desierto.

Ante aquella situación límite, Anza tuvo que enviar correos urgentes pidiendo ayuda. Aquí el apoyo de O’Conor y del gobernador de Sonora, Francisco Antonio Crespo, resultó decisivo. En lugar de cancelar la misión por falta de seguridad, movilizaron recursos para reponer parte de los animales robados. Aun así, Anza no pudo recuperar la caballada de calidad que necesitaba. El 8 de enero de 1774 se vio obligado a partir con mulas de carga y caballos en condiciones muy inferiores a las previstas.

Aquello convirtió el tramo inicial por el desierto de Altar en una marcha mucho más lenta y penosa de lo planeado.

Al llegar al presidio de Altar, la última parada antes de internarse en el desierto, Anza comprobó que la caballada que le quedaba tras el ataque apache estaba en un estado lamentable. Si quería salvar la expedición, debía tomar decisiones drásticas. Redujo la carga al mínimo imprescindible, dejando atrás provisiones pesadas, herramientas y equipaje no vital. También tuvo que seleccionar a los hombres: no había monturas sanas para todos, así que solo continuaron los más aptos y quienes disponían de caballos en mejores condiciones. El resto quedó en Altar. Las mulas de carga, más lentas pero más resistentes, pasaron a ser el eje logístico de la marcha.

Con este contingente reducido, la expedición avanzó hacia el noroeste siguiendo la cuenca del río Gila por su vertiente sur para evitar las incursiones apaches. El desierto se abría ante ellos como un océano de dunas interminables, matorrales secos y un viento caliente que levantaba nubes de polvo que se pegaban a la piel. Cada jornada era una prueba de resistencia para hombres y animales.

Al internarse en las dunas del Gran Desierto de Altar, los animales empezaron a caer de sed y agotamiento. El calor reverberaba sobre la arena como un espejo, y cada paso parecía costar el doble. Anza comprendió que, si seguían así, no llegarían ni al Colorado. No tuvo más remedio que retroceder hasta territorio «quechán» para reorganizarse.

Fue en ese momento crítico cuando el padre Garcés y el guía Sebastián Tarabal —el indígena californiano huido de la misión de San Gabriel que había terminado en Sonora— le convencieron de que existía una ruta más al sur, bordeando las dunas más altas. Garcés conocía bien la región y Tarabal había recorrido aquel territorio en su huida; entre ambos trazaron un camino alternativo. Anza aceptó. Era eso o morir en el desierto.

La decisión cambió el destino del viaje. Siguiendo la nueva ruta, la expedición alcanzó de nuevo las tierras de los quechanes (yumas), un pueblo fuerte y bien asentado en la ribera del Colorado. Gracias a la mediación de Garcés, los encuentros fueron amistosos. Los yumas se acercaban sin armas, ofrecían semillas, calabazas y pescado del río, y escuchaban con atención los propósitos de la expedición. El jefe Palma recibió a Anza con solemnidad y ofreció su adhesión al rey de España, gesto que Anza interpretó como un compromiso de paz y cooperación. Sin esa alianza, cruzar el Colorado habría sido imposible.

El paso del río fue una escena que quedó grabada en los testimonios. Los yumas, expertos en sus aguas, ayudaron a la expedición a vadearlo. Algunos soldados cruzaron a caballo; otros, como el propio Garcés, fueron cargados por los indígenas para evitar los remolinos del cauce. El agua helada, el barro traicionero y la tensión de mantener juntas a las bestias de carga convirtieron el cruce en una maniobra lenta y agotadora.

Superado el río, quedaba aún un tramo duro de desierto y montaña. Garcés anotó días de marcha entre dunas, zonas pantanosas y montes abruptos, con la expedición dividida en dos grupos para avanzar más rápido. Las provisiones escaseaban y los animales estaban exhaustos.

El 22 de marzo de 1774, tras semanas de penurias, la columna llegó a la misión de San Gabriel Arcángel. Los frailes los recibieron con repicar de campanas y un alivio palpable: nadie esperaba que un grupo tan reducido lograra abrir una ruta terrestre desde Sonora hasta la Alta California.

Pero la realidad que encontraron en California fue dura y cruel. Los monjes y soldados destinados allí estaban al borde de la inanición. Sobrevivían a base de raíces, hierbas silvestres y de lo poco que los indígenas locales podían compartir. Los frailes llevaban las sandalias destrozadas y la túnica hecha jirones; muchos soldados, aunque mejor vestidos y calzados, apenas podían mantenerse en pie por el hambre y el agotamiento. Anza y sus hombres, que venían de sobrevivir al desierto, tuvieron que entregar parte de sus propios víveres —ya escasos— para evitar que la misión se desmoronara delante de ellos.

Y aún quedaba un obstáculo mayor. Cuando Fernando de Rivera y Moncada, gobernador militar de California, recibió a Anza, lo hizo con recelo. Pensó que aquel recién llegado estaba invadiendo su jurisdicción y se negó a proporcionarle caballos frescos para continuar hasta Monterrey. La desconfianza humana —la del que teme perder su puesto incluso estando al borde de la inanición— resultó más difícil de franquear que el propio río Gila. Para Anza, que acababa de abrir una ruta terrestre inédita y vital para las misiones aisladas, aquella negativa fue un golpe inesperado.

La expedición atravesando el río Colorado.

Durante días, la tensión entre ambos fue evidente. Rivera defendía su autoridad con obstinación equivocada; Anza solo reclamaba las monturas necesarias para completar la misión. No había dramatismo, solo una fricción seca entre dos mandos que veían el territorio de forma distinta.

Aun así, Anza logró reunir los animales imprescindibles y reemprendió la marcha hacia el norte. El 19 de abril de 1774 llegó por fin al presidio de Monterrey, la capital. Allí lo esperaba fray Junípero Serra. Se abrazaron con alivio y una emoción contenida, la de quienes comprenden el alcance de lo que acaba de ocurrir.

Serra lo entendió al instante: la supervivencia de todas las misiones dependía de aquella ruta terrestre. Los barcos de San Blas seguían fallando, pero Anza acababa de demostrar que California ya no estaba aislada. La ruta no era solo un camino. Era la salvación.

Tras pasar unos días inspeccionando el terreno, Anza inició el viaje de regreso a Sonora. Su informe para el virrey Bucareli y para O’Conor fue claro y sin adornos: la ruta terrestre era viable, pero extremadamente dura. California en contra de lo que se pensaba era una tierra fértil y rica, sí, pero estaba condenada a morir sin colonos que la trabajaran. Las misiones apenas sobrevivían; sin familias que arraigaran allí, todo el esfuerzo español se perdería.

Además, Anza insistió en un punto estratégico que ya preocupaba a Bucareli y a O’Conor: era indispensable establecer una presencia permanente en la nueva bahía que los exploradores habían llamado Bahía de Bodega o zona de los Reyes, lo que más tarde sería la bahía de San Francisco. En ese momento recién descubierta y mal cartografiada, pero los informes de Portolá hablaban de un puerto natural excepcional. Si era tan bueno como parecía, el riesgo era evidente: los rusos, que bajaban desde Alaska, o los ingleses, que exploraban la costa del Pacífico, podían ocuparlo antes que España.

Ese era el temor compartido por todos: que otra potencia entrara por el norte y cortara el avance español en California.

El éxito de Anza en 1774 —haber demostrado que la ruta terrestre existía y podía recorrerse con seguridad— fue el argumento definitivo. Bucareli, O’Conor y fray Junípero Serra coincidieron en que había llegado el momento de actuar: California ya no estaba aislada y la Corona debía aprovecharlo antes de que rusos e ingleses avanzaran por la costa.

Convencido de que solo Anza podía llevar familias hasta la Alta California, el virrey Bucareli lo ascendió a teniente coronel y le confió una misión inédita: organizar una segunda expedición masiva, la de 1775–1776, destinada no solo a repetir la ruta, sino a poblarla. No era abrir un camino; era asegurar un territorio entero. 

La caravana partió de Tubac el 23 de octubre de 1775. No era solo una tropa militar, sino un pequeño pueblo ambulante: más de doscientas cuarenta personas, entre ellas mujeres embarazadas, niños, ancianos, soldados de cuera, arrieros, ganado y mulas. Familias enteras que avanzaban entre polvo, calor y cansancio, siguiendo la ruta que Anza había demostrado un año antes.

La dureza del viaje se manifestó desde el primer día. Manuela Piñuelas murió al dar a luz en el campamento de La Canoa, apenas iniciada la marcha. El niño sobrevivió, envuelto en mantas improvisadas, mientras la caravana enterraba a la madre en silencio. Aun así, siguieron adelante. En los meses siguientes, dos mujeres más dieron a luz en pleno desierto, una en la ribera del Gila y otra en el paraje conocido entonces como Cañón del Coyote (hoy Coyote Canyon). La vida y la muerte caminaban juntas, paso a paso, bajo un sol que no perdonaba. 

Atravesaron el desierto de Sonora y Arizona con un calor que hacía vibrar el horizonte. El polvo se metía en los ojos, en la ropa, en la comida. Los niños viajaban a lomos de mulas, protegidos con mantas contra el sol. Los soldados, cargados con sus cueras y armas, abrían camino entre matorrales espinosos. Aun así, la columna resistió. Llegaron a la misión de San Gabriel a comienzos de enero de 1776, exhaustos pero enteros.

Tras ayudar a sofocar una revuelta indígena en San Diego, Anza dejó a la mayor parte de las familias en Monterrey y avanzó hacia el norte con un pequeño grupo para inspeccionar la bahía recién descubierta. El invierno californiano los recibió con lluvias torrenciales, frío intenso y pasos de montaña cubiertos de nieve. El padre Pedro Font describe cómo los caballos resbalaban en el barro y cómo algunos tramos tuvieron que cruzarse a pie, con el agua helada hasta las rodillas.

El 28 de marzo de 1776, tras días de lluvia y niebla, Anza alcanzó la punta de la península de San Francisco. Allí, en el promontorio donde hoy se alza Fort Point, mandó plantar una cruz para señalar el lugar del futuro presidio. Desde ese punto, la vista del estrecho y de la bahía —inmensa, profunda, protegida— confirmó lo que Portolá había intuido años antes: aquel era el puerto natural más importante de toda la costa del Pacífico.

Al día siguiente, Anza descendió hacia el interior y encontró un valle más cálido y protegido, con agua abundante y tierra fértil. Lo llamó Laguna de los Dolores, porque era Viernes de Dolores. Ese sería el lugar del futuro  presidio de San Francisco de Asís, así como los emplazamientos para la misión de Santa Clara y ciudad de San José.

Con los sitios ya elegidos, Anza regresó a Monterrey, donde volvió a chocar con Rivera y Moncada. El gobernador militar se resistía a trasladar a los colonos, aferrado a una autoridad que creía amenazada. La disputa no duró mucho: una orden directa del virrey zanjó cualquier objeción y obligó a Rivera a cumplir.

En junio de 1776, el teniente José Joaquín Moraga —siguiendo las instrucciones de Anza— condujo a las familias hasta la bahía y fundó el presidio y la misión de San Francisco en el lugar exacto que Anza había señalado meses antes. La primera misa se celebró el 29 de junio de 1776, marcando el inicio oficial de la presencia española estable en aquel extremo remoto de la Alta California, acababa de nacer la actual ciudad de San Francisco.

Aquel grupo de dragones de cuera, frailes franciscanos y familias sonorenses había llegado hasta la bahía tras avanzar a caballo, en mula o a pie, sostenido únicamente por la determinación de llegar y asentarse en un lugar nuevo. Durante meses empujaron el mundo entero sobre sus espaldas: cruzaron desiertos que ardían bajo el sol, ríos traicioneros que casi se llevaban a las bestias y montañas donde la nieve les mordía los pies. Habían enterrado a una madre en el primer día de marcha y visto nacer a tres niños en pleno camino, como si la vida y la muerte caminaran con ellos, paso a paso, sin tregua.

Cuando por fin alcanzaron la entrada de la bahía, comprendieron que no habían llegado solo al final de una ruta, sino al comienzo de algo mayor. Habían vencido a la distancia, al clima y al miedo. De aquella travesía áspera y luminosa —nacida del polvo, del cansancio y de la fe en un futuro posible— surgió una nueva ciudad fundada por quienes se atrevieron a llegar hasta el fin del mundo.

Fundación, la mañana del 29 de Junio de 1776 de San Francisco.

Pero los problemas se multiplicaban al otro extremo de la frontera. En Nuevo México, una delegación de colonos estaba al borde del estallido por culpa de la solución ideada para frenar los ataques comanches: abandonar los ranchos dispersos y concentrarse en pueblos fortificados. Las reformas del comandante general Teodoro de Croix, inspiradas en la lógica militar de Hugo O’Conor, habían caído sobre los rancheros como una sentencia.

Para Croix —y para Anza, que compartía esa visión— era la única forma de sobrevivir a las incursiones. Para los rancheros, era una condena: significaba renunciar a sus tierras, a sus pastos y a la vida construida durante generaciones. Sentían que el gobierno no los protegía; los encerraba y, al mismo tiempo, los dejaba a su suerte.

La tensión era tan alta que aquella delegación llegó a advertir que, si se les obligaba a vivir «recluidos», abandonarían Nuevo México en masa. Preferían regresar a Chihuahua o incluso a España antes que someterse al nuevo modelo militar. La amenaza era real, y la provincia no podía permitirse perder a sus propios habitantes.

Teodoro de Croix tenía sus ideas y a sus hombres de confianza. Las quejas constantes de los colonos —y de algunos sectores religiosos— que tachaban a Anza de «autoritario» o «demasiado rígido» no tardaron en llegar a sus oídos. Croix empezó a dudar: no estaba seguro de que un militar tan «de campo», tan directo y acostumbrado a la frontera, fuese el diplomático que necesitaba una provincia inquieta y propensa al desorden.

Pero el virrey Bucareli no compartía esas reservas. Para él, Anza era el oficial que había logrado lo imposible: abrir por tierra el camino a California. Y, sobre todo, era el único con el prestigio militar suficiente para mirar a los comanches sin bajar la vista. Cortó por lo sano. Impuso su criterio y firmó el nombramiento de Anza como gobernador de Nuevo México en 1777. Anza tomaría posesión al año siguiente, en 1778.

Cuando Anza llegó a Santa Fe, recién nombrado gobernador, no encontró una provincia que gobernar, sino un territorio que se desmoronaba. Nuevo México vivía en un estado de angustia permanente. Las villas estaban medio vacías, los campos sin cultivar, los caminos desiertos. Las campanas de alarma sonaban con tanta frecuencia que ya nadie distinguía un ataque real de un rumor. Era una frontera exhausta.

Estudia con detenimiento la situación. En aquel mosaico de pueblos y naciones de las praderas, solo una tribu permanecía como aliada firme de la Corona: los indios pueblo, integrados desde hacía generaciones en el sistema de misiones y presidios. El resto del panorama era muy distinto. Apaches, navajos y comanches seguían siendo potencias independientes, hostiles y decididas a rechazar cualquier forma de integración. Eran tres fuerzas que no aceptaban tutela alguna y que marcaban, cada una a su manera, los límites reales de la frontera española.

De todas ellas, los más peligrosos eran los comanches. No eran solo una nación guerrera: eran un imperio en expansión que acababa de estrellarse contra la frontera hispana. Su dominio a caballo se extendía por las llanuras, y sus incursiones habían llegado incluso a arrasar la misión de San Sabá, demostrando que la frontera ya no era una línea remota en los mapas, sino un frente vivo y vulnerable. Y con una particularidad inquietante: los españoles no vendían armas de fuego a los indios, pero los comanches ya las tenían, obtenidas a través de los franceses de la Luisiana. 

Dominaban las llanuras como si fueran un mar propio. Sus incursiones caían sobre los asentamientos españoles con una velocidad que parecía sobrenatural: aparecían al amanecer, incendiaban corrales, robaban caballos, mataban o capturaban a quienes encontraban, y desaparecían antes de que los presidiales pudieran siquiera poner las sillas a sus monturas. Los informes que llegaban a Santa Fe eran una letanía de desgracias: ranchos arrasados, caravanas deshechas, familias huyendo hacia el norte, soldados incapaces de seguir el ritmo del enemigo.

Al frente de aquella tormenta estaba Cuerno Verde, llamado así por el color de los cuernos de bisonte que lucía en su tocado de guerra, cuyo nombre real era Tabivo Naritgant, joven, implacable, temido incluso entre los suyos. Había heredado el nombre y el mando de su padre, muerto años atrás en un choque con tropas españolas. Desde entonces, su odio hacia los hispanos era personal, profundo, casi ritual. Para los colonos, Cuerno Verde no era solo un jefe enemigo: era una sombra que recorría las llanuras, un jinete que podía aparecer en cualquier momento, en cualquier dirección.

Anza comprendió de inmediato que no se enfrentaba a simples incursiones, sino a una guerra abierta, una guerra que los españoles estaban perdiendo. Las defensas presidiales eran lentas, dispersas, mal coordinadas. Los soldados estaban desmoralizados. Los aliados indígenas, divididos. Y el enemigo, en cambio, era rápido, disciplinado y conocía cada arroyo, cada cañada, cada paso de las llanuras.

Durante un año entero, el gobernador convirtió la frontera en su aula. Observó cada incursión comanche, cada retirada y cada rastro que quedaba en la llanura. Al alba revisaba informes de sus predecesores; al anochecer patrullaba el terreno para ver con sus propios ojos cómo se movían aquellos jinetes. No quería entender solo cómo luchaban, sino cómo pensaban, como se integraban en el paisaje, en una palabra los analizaba.

Mientras tanto, inculcaba a sus hombres una idea simple y dura: por temible que fuese aquel enemigo, podía ser derrotado si se aprendía a combatir como él.

Tomó entonces una decisión que cambiaría el destino de la provincia. Si quería derrotar a los comanches, debía combatirlos con sus propias armas. Y para ello lo apostó todo a los dragones de cuera. La milicia civil estaba agotada, dispersa y sin disciplina; no podía seguir el ritmo de una caballería que vivía a caballo desde la infancia. Los dragones, en cambio, eran soldados de carrera, endurecidos por años de frontera. Vestían la célebre cuera —siete capas de ante capaces de frenar flechas—, portaban escudo y lanza, y dominaban la carabina y la pistola.

Anza los sometió a un entrenamiento implacable. Les enseñó a cargar, disparar y maniobrar con una coordinación que exigía semanas de práctica. Los hacía repetir movimientos hasta que la lanza, el escudo y la carabina parecían extensiones naturales del cuerpo. Bajo su mando, aquel cuerpo presidial dejó de ser una simple guarnición: se convirtió en una caballería capaz de mirar de tú a tú a los comanches en campo abierto.

En silencio, sin proclamas, estaba forjando el cuerpo con el que pensaba cambiar el rumbo de la guerra.

En agosto de 1779, tras reunir dragones de todos los presidios cercanos, el gobernador lanzó por fin la expedición de castigo contra el grupo comanche que asolaba Taos una y otra vez. Era el inicio de una campaña sin cuartel que lo llevaría hasta el corazón mismo del imperio comanche. Con unos ochocientos hombres partió de Santa Fe, apenas habían avanzado unas jornadas cuando se unió a la columna un contingente inesperado: utes y apaches cabalgando juntos.

A primera vista, aquello parecía una contradicción. Los apaches habían sido enemigos tradicionales de los españoles. Pero la geopolítica de las llanuras era más compleja que cualquier mapa. Desde hacía años, algunos grupos —sobre todo los jicarillas— vivían cerca de los presidios de Taos y Santa Fe. Habían aceptado una paz precaria: raciones, protección y un lugar donde asentarse a cambio de servir como exploradores. Y, sobre todo, estaba la vieja ley de la frontera: El enemigo de mi enemigo.

Los comanches los habían expulsado de sus tierras de caza, los habían perseguido sin descanso y los estaban llevando al borde de la desaparición. Para los jicarillas, unirse a la expedición no era un gesto de lealtad a España, sino un acto de supervivencia frente a un enemigo común mucho más poderoso.

Anza, pragmático como pocos, supo aprovecharlo. Nadie conocía mejor que los apaches los pasos de montaña, las aguadas ocultas y los senderos que se perdían en la llanura. Integrarlos significaba sumar a la columna a los mejores rastreadores de la región. Y aún más difícil: logró que utes y apaches, enemigos entre sí, cabalgaran bajo un mismo mando. Su carisma, su prestigio militar y su fama de guerrero victorioso convencieron a los jefes indígenas de que aquella era la apuesta ganadora.

La expedición avanzaba ya como una sola fuerza, una alianza improbable forjada por necesidad, diplomacia y miedo a un enemigo común. Y al frente, Anza, decidido a llevar la guerra hasta donde los comanches jamás habían imaginado.

Su estrategia roza lo increíble. Guiado por los exploradores apaches, avanza por sendas que ni los propios indios usan ya, pasos olvidados que serpentean entre cañones y mesetas. Se mueve de noche, deslizándose por la llanura como si fuera una sombra más del desierto. Para no delatarse, ordena envolver los cascos de los caballos en trapos: cada pisada queda ahogada, sin rastro, como si la columna flotara sobre la arena.

Marchan bajo un cielo negro, sin hogueras, sin voces, sin un solo destello metálico. Descansan de día, ocultos entre matorrales y barrancas, mientras el sol abrasa la tierra. El silencio es tan espeso que parece un compañero más de la expedición, un aliado que los protege y los envuelve. En esas noches interminables, la columna avanza como una manada de espectros rumbo al corazón del territorio comanche.

Tras varios días de avance fantasma, la columna emergió por fin en las grandes llanuras de Colorado. Allí, en lo que hoy es Colorado Springs, sorprendieron un pequeño asentamiento comanche. El choque fue fulminante: un estallido breve, seco, como un latigazo en mitad del silencio. El campamento quedó arrasado y los guerreros huyeron en desbandada. Las mujeres que quedaron atrás, temblorosas, revelaron lo esencial: Cuerno Verde y la mayor parte de sus hombres marchaban hacia Taos para asaltarlo de nuevo.

Anza no perdió un latido. Giró hacia el sur y lanzó a sus hombres en una carrera feroz para interceptarlo, una cabalgada que parecía sacada de una balada de frontera.

A mitad de camino, en el paraje que hoy lleva el nombre de Greenhorn Creek —el Arroyo de Cuerno Verde—, apareció el propio jefe comanche, que regresaba de la razia contra Taos. Esta vez la sorpresa fue suya, pero no rehuyó el combate. Los comanches cargaron con la fiereza que les era propia y la llanura se convirtió en un torbellino de polvo, gritos y flechas.

En pleno fragor, viendo que la batalla se inclinaba del lado español, Cuerno Verde tomó su decisión final. Se lanzó de frente contra la línea de lanzas de los dragones, decidido a morir matando. La embestida fue brutal, casi suicida, pero inútil: cayó atravesado por las lanzas de los dragones. Con él cayeron también su hijo, su chamán y la mayor parte de sus guerreros.

Tras la batalla, Anza reclamó el tocado como trofeo de guerra, junto con la adarga y el carcaj del jefe caído. Consciente del valor simbólico de haber derrotado al «azote de la frontera», no se quedó con ellos: los envió al virrey Mayorga (sucesor de Bucareli) como prueba material de su victoria. El virrey, a su vez, remitió el conjunto a España para Carlos III. Se dice que el Rey, impresionado por la campaña y por la pacificación lograda en una frontera que llevaba décadas ardiendo, decidió convertir aquel trofeo en un gesto diplomático. Envió el tocado al Papa Pío VI en Roma como una ofrenda que simbolizaba la expansión de la fe y del orden en el Nuevo Mundo.

Enfrentamiento entre las tropas de Anza y los comanches de Cuerno Verde en Greenhorn Creek.

Cuando el tocado de Cuerno Verde llegó a Roma, no se recibió como un simple objeto etnográfico, sino como un trofeo de victoria sobre los enemigos que amenazaban las misiones. En los palacios vaticanos, cualquier presente enviado por la Corona Española —el principal sostén de la Iglesia en aquella época— era recibido con el ceremonial correspondiente, incluida la Guardia Suiza en formación de gala. El Papa quedó profundamente impresionado por la historia de Juan Bautista de Anza y por la derrota del jefe más temido de las llanuras. Vio en aquel tocado la prueba del éxito de la evangelización y del orden español, y ordenó que se guardara en las colecciones papales con un estatus especial. Gracias a ello ha sobrevivido hasta hoy.

Hoy se conserva en el Museo Etnológico Vaticano (Anima Mundi), dentro de la sección dedicada a la «América indígena», como una de las poquísimas piezas textiles y de cuero de la cultura comanche del siglo XVIII que existen. Resulta fascinante pensar que el casco de un jefe comanche —símbolo de resistencia absoluta al cristianismo y al imperio del otro lado del mundo— terminara en el corazón de la cristiandad, en la mismísima Roma. 

Tras la muerte de Cuerno Verde, la nación comanche se fracturó. Mientras muchos jefes —como Ecueracapa— buscaban la paz al comprender que los hispanos eran un enemigo formidable, un sector radical, encabezado por uno de los hijos del jefe caído, Toro Blanco, se negó a rendirse. Para él, la muerte de su padre y de su hermano en la batalla de San Carlos no era una derrota militar, sino una deuda de sangre que debía cobrarse con cabezas españolas. Reunió a los guerreros más jóvenes y belicosos, que veían en las negociaciones de paz una señal de debilidad, y continuó lanzando ataques rápidos contra los asentamientos de Nuevo México para sabotear los esfuerzos de tregua de Anza.

Anza, en lugar de lanzar a todo su ejército tras Toro Blanco —lo que habría provocado una guerra interminable en las llanuras—, aplicó una estrategia de aislamiento. Presionó a los demás jefes comanches con un mensaje claro: «No habrá comercio, ni regalos, ni tratados mientras Toro Blanco siga atacando». La mayoría deseaba los beneficios de las ferias de Taos y no la guerra, así que la presión cayó sobre el líder de la facción más belicosa.

La diplomacia de Anza fue tan certera como su espada. Al aliarse con España, los comanches obtenían reconocimiento oficial de su dominio sobre la Comanchería y, al cooperar contra los apaches, podían seguir expandiéndose con apoyo logístico hispano. Mantener a Toro Blanco significaba renunciar a todo ello.

Tras la muerte de Cuerno Verde, su hijo se había convertido en el jefe de los «halcones», los que rechazaban cualquier trato con los españoles. Perseguirlo por las llanuras solo desgastaría a los dragones, así que Anza convirtió su figura en un problema interno para los propios comanches. Bastó una advertencia a Ecueracapa para fijar la línea: mientras Toro Blanco siguiera atacando, no habría comercio ni paz.

Con una sola decisión, Anza transformó al joven jefe en un obstáculo para la supervivencia de su pueblo. La mayoría de los comanches entendió que el camino hacia la estabilidad pasaba por apartarlo.

El desenlace fue inevitable. Durante una reunión de jefes —o quizá en un choque entre facciones—, Ecueracapa (o guerreros bajo su mando directo) ejecutó a Toro Blanco. No se interpretó como una traición, sino como un acto de justicia para salvar a la nación comanche de la hambruna y de una guerra total con los españoles. Con su muerte, el camino quedó despejado para firmar en Pecos pueblo, el Tratado de Pecos, que selló la paz entre España y la Comanchería.

El Tratado de Pecos (febrero de 1786) selló la alianza definitiva. Se llamó la Paz de Anza porque fue un logro estrictamente personal: rompió con la tradición de guerra a sangre y fuego de sus predecesores y estableció un modelo basado en la diplomacia y el comercio. Con él, los comanches podían entrar en Nuevo México para comerciar sin temor a ser atacados, institucionalizando ferias anuales donde intercambiaban pieles y carne por herramientas de hierro, ropa, alimentos y caballos. A cambio, se comprometían a perseguir a los apaches que hostigaran los presidios españoles.

Ecueracapa fue reconocido como interlocutor oficial de toda la nación comanche, lo que simplificó de golpe la política fronteriza. Y este jefe comanche hizo una petición que reveló hasta qué punto estaba comprometido con la paz: pidió que sus hijos fueran enviados a la Ciudad de México para ser educados por los españoles. Quería que aprendieran el idioma, las leyes y las costumbres de sus aliados para que, en el futuro, pudieran liderar a los comanches con un conocimiento profundo del mundo hispano. Su hijo, bautizado como José Carlos (en honor a Carlos III), fue enviado al corazón del virreinato. Era un gesto de confianza absoluta: entregar a su heredero como rehén de lujo y futuro diplomático.

La paz resultante fue tan sólida que sobrevivió a la muerte de Anza en 1788 y se mantuvo casi intacta durante más de medio siglo. España la sostuvo hasta 1821 y, tras la independencia, México la heredó y la mantuvo, preservando el mismo equilibrio de comercio, rutas seguras y cooperación militar contra los apaches. Gracias a ello, Nuevo México vivió su etapa más próspera y estable desde la conquista. 

Anza había empuñado la espada para abrir el camino, pero fue su pluma la que esculpió el mapa de la frontera.

Su final no llegó por desgaste interno, sino por un cambio externo que alteró todo el sistema. La anexión estadounidense de 1846 rompió la diplomacia que España y México habían construido: los nuevos colonos ocuparon pastos, bloquearon rutas y sustituyeron la negociación por presión militar. La paz de Anza no terminó porque fallara, sino porque el mundo que la sostenía dejó de existir.

Tras una década como gobernador de Nuevo México, la salud de Anza estaba quebrantada. Las campañas constantes, el clima extremo y las tensiones con Teodoro de Croix y con ciertos sectores eclesiásticos —que lo acusaban de ser demasiado autoritario— le pasaron factura. En 1787 pidió ser relevado del cargo. Regresó a Sonora, donde fue nombrado comandante del presidio de Tucson. Pero aquello no era un ascenso: terminar como capitán del presidio de Tucson —aunque se le maquillara el nombramiento con el título de Comandante de Armas de Sonora— era un paso atrás en su carrera.

Bucareli lo había apoyado, pero los nuevos mandos de las Provincias Internas, como Jacobo de Ugarte y Loyola, tenían otra visión. Anza era un hombre de carácter fuerte, acostumbrado a mandar con autonomía. Su éxito con la Paz de Anza y su prestigio personal despertaban recelos en la jerarquía militar de Chihuahua.

Tucson era entonces uno de los puestos más aislados, precarios y peligrosos de toda la Nueva España. Mientras en Nuevo México se había logrado la paz, en Tucson la guerra con los apaches era constante, sangrienta y sin salida diplomática clara. Enviar allí, en 1788, al coronel que había abierto la ruta a California y pacificado a los comanches no era un ascenso ni una recompensa: era destinarlo al punto más duro de la frontera, justo cuando su experiencia merecía un puesto de mayor rango y responsabilidad.

Murió el 19 de diciembre de 1788, apenas unos meses después de tomar posesión. Y es revelador que Anza muriera en Arizpe —la capital— en la casa de su amigo Manuel de Echeagaray, capitán del presidio de Santa Cruz, y no en su puesto de Tucson. Había viajado allí para resolver asuntos administrativos y, probablemente, para defender su gestión o pedir recursos que nunca llegaban. La muerte fue súbita y fulminante —posiblemente un infarto o una apoplejía—, sin tiempo para ser trasladado ni para que su esposa, doña Ana María, pudiera estar presente. Fue enterrado al día siguiente en la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Arizpe, bajo el suelo de la nave, cerca del altar. Con el tiempo, las losas se movieron o se cubrieron, y el lugar exacto quedó en el olvido hasta la excavación de 1963.

Su esposa, que no estaba con él en el momento del fallecimiento, se enteró semanas después. A pesar del alto rango de Anza, no heredó una fortuna: él había gastado gran parte de su dinero personal en mantener a sus tropas y financiar sus expediciones. Tuvo que luchar con la burocracia colonial para recibir la pensión del montepío militar. Finalmente se le concedió una renta modesta, basada en el último sueldo de Anza como Comandante de Armas. Se retiró a la Ciudad de México, donde vivió discretamente hasta su muerte en 1791, apenas tres años después que su esposo.

Durante siglos, el desinterés de España, México y Estados Unidos fue absoluto: los tres olvidaron a una de las figuras clave de la historia de la frontera. Para España, la pérdida del imperio supuso una ruptura total con su pasado americano, y la historiografía posterior se centró en los grandes conquistadores —Cortés, Pizarro—, figuras que el siglo XIX convirtió en símbolos del «guerrero medieval». Esa imagen simplificada ocultaba que sus campañas dependieron de alianzas indígenas y de una diplomacia compleja. En ese relato épico y belicista, los oficiales ilustrados que, como Anza, preferían la negociación, el comercio y la gestión científica del territorio quedaron fuera de foco.

Para el México central, Anza no era más que un oficial colonial lejano, ajeno a su narrativa nacional. 

Para los Estados Unidos del siglo XIX, era un extranjero cuya ruta había sido borrada por el «Destino Manifiesto»: un español católico que había abierto caminos y fundado ciudades en territorios que la joven república prefería imaginar como vírgenes antes de su llegada. Un personaje así no encajaba en sus anales históricos.

El interés por Anza resurgió primero en California. Historiadores de la Universidad de Berkeley —como Herbert E. Bolton— comenzaron a traducir sus diarios y comprendieron que San Francisco le debía su existencia. En 1963, el gobierno de Sonora y el de México autorizaron la búsqueda oficial en la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Se excavó en el lugar exacto que dictaba el protocolo para un coronel y gobernador: al pie del altar mayor, en el lado de la epístola. Allí apareció un ataúd de madera noble, muy deteriorado, pero propio de un entierro de prestigio.

Lo más impactante fue el hallazgo de restos de su uniforme de gala. Se recuperaron botones metálicos con el emblema de la caballería de los Dragones de Cuera y fragmentos de los galones de coronel. El análisis forense de los huesos fue concluyente: el esqueleto mostraba una curvatura y un desgaste en fémur y pelvis característicos de quienes pasan diez o doce horas diarias a caballo durante décadas. Las inserciones musculares revelaban una fuerza notable en las piernas. El cráneo correspondía a un hombre de mediana edad —52 años— con rasgos que coincidían con las descripciones de la época: rostro anguloso y estructura ósea robusta.

En 1966, tras los análisis forenses, se celebró una ceremonia de Estado en Arizpe. Sobre la fosa original se colocó una placa de cristal que permite ver el nivel del suelo donde el fundador de San Francisco descansa, rescatado del anonimato en el que permaneció durante 175 años. A partir de entonces, la figura de Anza comenzó a ser reconocida en los tres países vinculados a su trayectoria.

  • En México, como el máximo exponente del soldado presidial y uno de los ancestros directos de la identidad sonorense.                                                    
  • En Estados Unidos, como el fundador de San Francisco y explorador del Suroeste, integrado en la memoria pública a través del Juan Bautista de Anza National Historic Trail.
  • En España, desde los años 90 y 2000, gracias a instituciones como la Real Academia de la Historia y el Ministerio de Defensa, que recuperaron su figura como oficial ilustrado de frontera: un hombre capaz de unir la espada con la pluma y la diplomacia con la ciencia del territorio.

Cuando el septentrión hispano era todavía una frontera lejana y salvaje, un grupo de jinetes cabalgaba en busca del sol. Al frente de aquellos hombres iba uno que abrió la ruta hacia el oeste, fundó una ciudad y regresó para detener una guerra. Un hombre cuyo coraje, valor y fortaleza lograron estabilizar la frontera.Mucho antes de que por el horizonte apareciera el primer soldado estadounidense, rompiendo la paz conseguida, Juan Bautista de Anza y sus dragones de cuera ya cabalgaban por las praderas, avanzando día tras día sobre un territorio inmenso que otros solo conocían por rumores. Ellos fueron quienes pacificaron el norte, quienes negociaron con los jefes comanches, quienes sostuvieron presidios aislados y quienes mantuvieron en pie la frontera más dura del imperio.En aquellas llanuras donde después se hablaría de pioneros y colonos, Anza y sus dragones ya habían escrito la verdadera conquista del Oeste.