Mi nombre es Jeycob y estudio en quinto “A”. Esta historia ocurrió en mi salón y me hizo entender que algunas bromas pueden lastimar más de lo que imaginamos. Todo comenzó con Mateo, un compañero tranquilo que siempre estaba dibujando dragones en su cuaderno. Era delgado, callado y llevaba una pulsera que le había regalado su abuelita antes de fallecer. Aunque era amable, casi no hablaba con nadie porque muchos compañeros se burlaban de él.

En educación física le costaba correr rápido y no era bueno jugando fútbol. Algunos se reían cuando pateaba la pelota porque no llegaba lejos. Roberto, en cambio, era el más popular del salón. Era rápido, fuerte y siempre quería llamar la atención haciendo bromas sobre los demás. Todos se reían, no porque siempre fuera gracioso, sino porque tenían miedo de convertirse en el siguiente objetivo.

Un martes, Roberto creó un grupo de WhatsApp llamado “Los Pro del 5to A”. Agregó a casi todos los compañeros, excepto a Mateo. Al inicio parecía un grupo normal, lleno de memes y stickers, pero después las bromas empezaron a ser ofensivas.

El jueves, Roberto envió una foto de Mateo en educación física. En la imagen se veían sus medias rotas. Junto a la foto escribió un comentario burlándose de él y de la pulsera que usaba. En pocos minutos, el chat se llenó de mensajes riéndose. Yo también miré el celular y sonreí un poco, aunque en el fondo sabía que estaba mal. Tenía miedo de que, si no me reía, luego se burlaran de mí.

Mateo no estaba en el grupo, pero Camila, su mejor amiga, sí. Ella decidió mostrarle la captura de pantalla para que supiera lo que estaba pasando. Cuando Mateo leyó los mensajes, bajó la cabeza y se quedó en silencio. Sus ojos se llenaron de lágrimas y Camila lo abrazó para consolarlo.

Al día siguiente, Mateo no fue al colegio, todos sabíamos que la verdadera razón era la tristeza que sentía. Durante el recreo, Camila se cansó de guardar silencio y enfrentó a todos en el patio.

Con el celular en la mano preguntó:

—¿De verdad les parece gracioso?

Nadie respondió. Entonces dijo que Mateo no quería regresar al colegio porque sentía que todos se burlaban de él. Roberto contestó que solo era una broma, pero Camila le respondió con firmeza:

—Una broma deja de ser graciosa cuando alguien termina sufriendo.

Yo recordé que el año pasado algunos compañeros se burlaban de mi mochila vieja y recordé lo mal que me sentía. Saqué mi celular, miré el grupo y escribí: “Yo me salgo”. Mis manos temblaban, pero sabía que era lo correcto. Después de mí, varios compañeros también abandonaron el chat.

El lunes siguiente, Mateo regresó al colegio. Seguía callado y se sentó solo en el recreo para dibujar. Yo tomé mi pelota y me acerqué para invitarlo a jugar fútbol. Le dije que yo también había sido malo jugando antes y que podía ayudarlo. Mateo levantó la mirada y aceptó.

Ese mismo día, Roberto borró el grupo de WhatsApp, dejó unos colores y un lápiz nuevo sobre la carpeta de Mateo. Después, la profesora colocó un cartel en el aula que decía: “En esta clase nadie debe sentirse invisible”.

Desde entonces entendí que el acoso escolar puede empezar con una simple broma, pero termina causando mucho dolor. También aprendí que ser valiente no significa no tener miedo, sino hacer lo correcto, aunque la voz tiemble.

 

Alumno: Jeycob Kevin Rayo Guadalupe

Edad: 10 años

Colegio: Fe y Alegría N°67 “María Inmaculada”

País: Perú