Cuando callamos en lugar de alzar nuestra voz, en un gran clamor popular frente a las inmensas injusticias, frente a los desmanes de los grandes grupos de poder, frente a las disparidades crecientes que llevan a vivir –y morir- a tantos seres humanos en medio de precariedades sin fin, en la pobreza extrema… estamos cometiendo un delito de silencio, siendo cómplices –“silencio cómplice”, como lo ha definido lúcidamente el Papa Francisco- de inhumanas vejaciones que atentan contra todos los valores éticos y, sobre todo, su fundamento: la igual dignidad.