El objetivo siempre ha sido la selección de rasgos deseados con ayuda de varias generaciones y en el caso de las últimas décadas estos métodos únicamente alcanzaron nuevos niveles biológicos de modificación.
La biotecnología es la rama más contemporánea y referente de los OGM, y es la que permite manipulación a nivel genético de microorganismos, cultivos y animales. Este nuevo alcance mantiene el debate público sobre los beneficios y desventajas que conllevan las modificaciones genéticas.
Por un lado, se tiene bajo la mira a los alimentos transgénicos, ya que se reconoce la posibilidad de la transferencia de genes modificados a organismos vegetales compatibles, que podrían llegar a degradar organismos benéficos para el ecosistema. Además, se evidencia que cuando se intensifican los monocultivos se atenta contra la diversidad genética y por lo tanto incrementa la vulnerabilidad y dependencia a fertilizantes y pesticidas que son agentes contribuidores al cambio climático por sus residuos gaseosos. Y aunque existen otros puntos a resaltar en contra de los OGM, nos centraremos en las que contribuyen o no en la lucha contra el cambio climático.
Por el otro lado de la balanza encontramos que la modificación genética evidentemente aumenta el rendimiento de cultivos como el maíz ya que son parte de los objetivos de la ingeniería genética la resistencia a plagas mortales y competencia con malas hierbas. Esto significa que, por la oportunidad de mejor aprovechamiento de cultivo, se podría requerir menor uso de tierra para la misma cantidad de producción que tendríamos con alimentos no OGM. Incluso significarían menores amenazas a ampliar la frontera agrícola a ecosistemas adyacentes; y por consecuencia menores tasas de emisión de gases de efecto invernadero (tanto por evitar liberar el carbono acumulado en los suelos, como los insumos de energía usados en producción agrícola y la contribución directa de los agentes químicos involucrados) y reducción de deforestación.
Adicionalmente está a favor la nueva opción a siembra de alimentos en lugares con condiciones extremas o sin viabilidad para siembra de alimentos comerciales, como es el caso de varios países de Europa que importan productos de Sudamérica, e involucran grandes gastos de energía, combustibles fósiles y emisión de carbono. Por lo que mejorar la adaptabilidad de alimentos como el maíz o soya genéticamente, se ha traducido en reducción de explotación y deforestación de ecosistemas con suelos más productivos.
Se puede en adición mencionar que existen proteínas diseñadas a manera de pesticidas por parte de las plantas modificadas, para evitar el reconocimiento y depredación de insectos específicos, lo cual permite el aprovechamiento natural de los insectos a las demás plantas que rodeen los cultivos. Y esto también significa cuidar las interacciones biológicas atentadas con los pesticidas de amplio espectro más comúnmente usado en cultivos OGM.
Este pesaje de pros y contras sobre el tema podría inclinarse hacia un beneficio para todos, en cuanto al contexto climático actual, con el uso de OGM como una herramienta en la lucha contra reducción de emisión gases de efecto invernadero, cambios de uso de suelo, y afecciones directas en la diversidad biológica. Claro que aún quedan otros ámbitos como el social y económico en los que la balanza se mantiene tambaleando, pero por el continuo avance científico y la ampliación de la cultura de investigación por todo el mundo aún mantienen la pelea por el propósito primordial de las modificaciones genéticas, la adaptación.
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