Yo creo que Dios lo creó morado, pero nuestra visión lo percibe distinto. Tal vez por eso, este atardecer veraniego, ha tomado un tono purpúreo acorde con mi toga eclesiástica símbolo de fidelidad. No puedo evitar preguntarme: ¿Fiel a quién?

Ahora las alturas pintan un insólito paisaje violáceo y eso me fascina y me relaja. Me abrazo a ella como aquella primera vez que descubrimos nuestros cuerpos. Su tacto es cálido, acogedor. Es pronto para que la luna nos acune, resta tiempo para seguir amándonos; esta es nuestra última noche. Mañana se iniciará el conclave y desfilaré, junto con los otros cardenales, para escoger al nuevo Obispo de Roma. No quiero que llegue la madrugada y enfrentarme a la inevitable posibilidad de ser elegido. Mis manos buscan sosiego al acariciar sus muslos, ardientes y suaves. Ella sonríe. Su hábito yace sobre una silla guateada de terciopelo violeta, sabe que este verano será muy distinto para ambos. Habemus papam.