A lo largo de la historia, siempre ha habido algo misterioso, novelesco y hasta conspiranoico en esas reuniones a puerta cerrada entre los purpurados. Numerosas novelas y películas han tratado de reflejar la atmósfera del cónclave y los supuestos entresijos en la búsqueda de un nuevo dueño para las sandalias del Pescador. Cada cónclave ha sido distinto, pero algunos, sin duda, se llevan la palma.

Por ejemplo, el más largo del que se tiene constancia es el que se inició tras la muerte de Clemente IV, prolongándose desde el 29 de noviembre de 1268 hasta el 1 de septiembre de 1271. Durante ese largo periplo, fallecieron tres de los veinte cardenales asistentes; no está claro si por edad, por cicuta o por el puñal. Finalmente, Gregorio X se hizo con el premio. Su sucesor, Celestino IV, murió a los diecisiete días de ser entronizado. Pero no ostenta el récord del pontificado más breve: ese lo tiene Urbano VII, que solo ocupó el trono durante trece días, del 15 al 27 de septiembre de 1590, antes de que la malaria lo llevase al Reino de los Cielos. Media docena de papas no llegaron ni al mes, y Juan Pablo I solo ocupó la silla de San Pedro durante 33 días, falleciendo súbitamente de un infarto el 28 de septiembre de 1978. Su repentina muerte dio lugar a numerosas especulaciones y teorías.

La corrupción, la lujuria, el escándalo, el abuso de poder, el asesinato o el incesto han sido prendas que muchos papas han lucido, y todo ello ha tenido repercusión en los cónclaves que los eligieron o en los que eligieron a sus sucesores.

Un ejemplo llamativo fue el llamado “Concilio Cadavérico” o Synodus Horrenda, un juicio eclesiástico póstumo al papa Formoso, promovido por Esteban VI. Este mandó exhumar el cadáver, sentarlo en el trono y acusarlo de perjurio y de haber amañado el cónclave en el que fue elegido. Como pueden imaginar, y a falta de abogado defensor de ultratumba, Formoso fue declarado culpable. Por fortuna, ya no se le podía condenar a la pena capital, pero fue despojado de sus vestiduras y ornamentos papales y arrojado al río Tíber.

Los cónclaves siempre han tenido un componente político, militar, económico e incluso mafioso. El poder de las grandes familias imponía su criterio, incluso con candidatos que, en el momento de su elección, no tenían relación alguna con las órdenes sagradas. La simonía era la invitada permanente en los cónclaves. Como botón de muestra, la elección del papa más joven de la historia: Juan XII, nacido Octaviano, hijo del duque de Roma, fue elegido en el año 955 con tan solo 18 años. Un joven de comportamiento escandaloso que murió mientras fornicaba con su amante. O el caso de la deliberación que dio lugar al papado de Julio II, el Papa Guerrero, más preocupado por ganar batallas, practicar el nepotismo clerical y atormentar a Miguel Ángel que por su labor pastoral.
Como pueden ver, nunca ha sido fácil, ni lo será, el próximo cónclave. Aunque la mayor parte de los electores fueron nombrados en su día por el papa Francisco, la lucha interna dentro de la curia romana es feroz y viene de lejos.

Comienza una nueva asamblea cardenalicia para elegir al sucesor de Pedro. Deberíamos confiar en los designios celestiales; pero el cielo está muy lejos, y las cosas de los hombres —aunque vistan de púrpura— están demasiado cerca.