Dudo que la ciudadanía sepa con certeza qué ocurrió realmente. Podríamos especular con muchas teorías, desde un ciberataque hasta una sobrecarga por el exceso de energías renovables. Pero hay algo innegable: la indolencia de las compañías eléctricas. Con todos los beneficios que obtienen, siguen sin implementar sistemas eficaces de almacenamiento, prevención de ciberataques o mecanismos de protección para evitar colapsos como el que hemos sufrido.

Nada de invertir en soluciones; solo se preocupan por inflar unas facturas escandalosas, abusivas y dolorosas para los usuarios. Justo cuando la energía está a coste cero, los embalses llenos, la eólica funcionando a pleno rendimiento y las nucleares apenas operativas —y consumiendo energía solo para refrigerar sus núcleos—, es cuando ocurren estas crisis.

No quiero caer en la especulación ni alimentar teorías conspirativas. Prefiero una visión práctica: lo que prima, por desgracia, es el beneficio desmesurado, en todas las acepciones del diccionario.

Sin embargo, el objetivo de este artículo no es especular, sino advertir. Europa necesita controlar las fuentes de energía que inevitablemente provienen del exterior, pero también debe modernizar sus infraestructuras. Es urgente un sistema europeo de investigación energética y tecnológica independiente de los actuales proveedores. Necesitamos redes sociales, de comunicación e inteligencia artificial propias, soberanas y carismáticas.

De poco sirven las armas, los ejércitos o las inversiones en defensa si no estamos preparados para garantizar la paz. Ahora sabemos que un simple virus informático puede dejarnos sin comunicaciones, sin electricidad y sin capacidad de respuesta. Y poco importa si proviene de un autócrata del este, de un agitador del oeste o de un fanático sionista con poder y arsenal: la amenaza existe.

Ha llegado la hora de apostar por la independencia tecnológica, de abastecernos desde dentro, de operar en nuestras propias redes y comunicarnos a través de satélites verdaderamente europeos. Si no lo hacemos, cuando otros lo decidan, caerán los IRIS2 y los SpainSat NG I, que, aunque europeos en origen, siguen dependiendo de tecnología ajena.

Somos vulnerables, profundamente vulnerables. Tenemos el caballo de Troya dentro de nuestras propias murallas: empresas energéticas más interesadas en justificar su pasividad que en renovarse. El verdadero peligro viene de fuera, sí, pero también se alimenta de nuestra inacción.