Esa carta me recordó a mi primer maestro, D. Teófilo, que me enseñó a leer y a escribir en una escuela unitaria de Peralveche, un pequeño pueblo castellano de la provincia de Guadalajara, a la luz del carburo cuando se iba frecuentemente la luz y al calor de una estufa, que él mismo encendía las mañanas de invierno.
Recuerdo como hacía pasar un viejo libro de El Quijote de mesa en mesa para que cada uno leyera en voz alta algunos párrafos durante unos minutos y luego, a raíz de lo leído, nos comentaba la vocación del personaje por la defensa de los más desvalidos, porque, nos decía, todas las personas tienen la misma dignidad, independientemente de donde habíamos nacido o quienes eran nuestros padres y por eso todos merecíamos el mismo respeto. De tal modo que lo peor que nos podía pasar era perder la dignidad, que era la gran virtud de El Quijote. Y así saliamos tan orgullosos de la escuela por ser hijos de la Castilla La Nueva de entonces.
Tal vez había leído a José Castillejo, uno de los referentes de la Institución Libre de Enseñanza cuando defendía que «el adiestramiento del carácter y la educación en valores éticos y cívicos son tareas esenciales en cualquier escuela. Y la honestidad debe grabarse en los niños, niñas y jóvenes».
Lo cierto es que, en mi adolescencia, leyendo la «Carta a una maestra» sobre la Escuela rural de Barbiana, me acordé de élcuando se despertaba en mi la vocación por la Educación, a la que felizmente he dedicado toda mi vida, gracias a esa Escuela que es capaz de llegar con sus maestros y maestras a los últimos rincones de la geografía española.
Autor Juan López Martínez. Inspector de Educación, hijo de Castilla-La Mancha
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