Es sorprendente la cantidad de palabras que no usamos o desconocemos o hemos dejado de utilizar. Hoy, por ejemplo, cuando escribo este artículo, la palabra del día es “colédoco” que es el conducto principal de la evacuación de la bilis. Otro día me encontré con “pródromo” que significa malestar que precede a una enfermedad. A mí me resulta tremendamente divertido e interesante, a la par que amplío vocabulario.

También cada nuevo curso escolar les digo a mis alumnos que soy un apasionado lector del diccionario. Se sorprenden. Me preguntan si lo leo de principio a fin. Les contesto que cojo una página al azar y siempre descubro una palabra desconocida, una palabra que estaba agazapada esperándome para que yo la asimilara. Les digo que es divertido y que prueben a hacerlo. Me miran sorprendidos, los más audaces se atreven a hacer gestos o comentarios por lo bajo diciendo: “¡vaya rollo!” o “está pirado”. No se atreven a mofarse directamente de mí porque soy el profesor y aún, creo, conservo algo de respeto y autoridad.

Cuando van a hacer un examen tenemos la norma de que se pongan de uno en uno y por el número de orden que ocupan en la clase. En alguna ocasión les digo: “poneos por orden alfabético”, y preguntan: “¿eso es por orden de lista?”.

Es decir, la palabra del día, la lengua madre, la necesidad de comunicarnos a través de esa palabra y entendernos. Así, podemos hablar del orden alfabético y de las palabras que están vivas. Que nos han marcado una forma de ser o de pensar o de sentir. Palabras imprescindibles y palabras tontainas u obsoletas. Palabras con carácter y palabras pusilánimes. Palabras misteriosas y palabras familiares. Palabras que se pierden y palabras que se encuentran. Palabras que nos hacen imaginar y palabras que nos tienen constreñidos. Y de frases hechas. Y de la pérdida de comunicación porque la gente no conoce las palabras adecuadas. Y del orden alfabético que nunca nadie se ha atrevido a tocar pero sí son audaces con las faltas de ortografía o la supresión de las vocales, o la ausencia de los signos de puntuación, o la mediocridad de usar siempre los mismos términos.

Poder hablar de las más íntimas experiencias y emociones. Sufrir y divertirse con el lenguaje y apasionarse con la lengua. Saber desnudarse psicológicamente para no quedarnos cada vez más solos. Recordar de viva voz, o por escrito, para contar anécdotas y fracasos, historias verdaderas y argumentos ficticios, batallas y éxitos, aunque sean nimios, sentimientos a través de la poesía. Emocionarse, sonreír, abrir la mente a una realidad latente. Y para todo ello no hace falta ser academicista.

La palabra nos proporciona esa imagen de fantasía o irrealidad, de sueños, de sentirse vivos, de sentirse irónico o mordaz, agudo en las apreciaciones, dotando a las palabras de vida propia y haciéndonoslo ver, leer, escuchar, porque aún debemos creer que las palabras pueden ser mágicas y lacerantes, reales como la vida misma y ficticias como un personaje de novela de caballería, sensibles como un poema, crueles como una bofetada, huérfanas, adoptadas, vilipendiadas, vituperadas, pero también ensalzadas y enaltecidas, necesarias, personales, felices, desconocidas.

Al final, cada palabra, cada diálogo, cada lectura, las conferencias, las novelas, los poemas, los relatos se convertirán en un rincón recoleto, en un refugio, en una charla de café, en un soliloquio ante el espejo, en un recuerdo agridulce, en una nostalgia emotiva.

Amemos las palabras, no las perdamos de vista, y tampoco nos fiemos plenamente de ellas porque pueden traicionarnos o engrandecernos, quién sabe, cada palabra querrá decirnos una cosa.

Están vivas y son impredecibles.

Autor Alberto Morate